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Opinión | Editorial

El clima extremo ya pasa factura

El incendio de la Serra d’Espadà ha calcinado alrededor del 12 % de su Parc Natural y se ha convertido en el tercero más grave registrado en la Comunitat Valenciana. La magnitud de la superficie destruida ofrece una primera medida de la tragedia, pero no explica por sí sola la gravedad de lo ocurrido. Bajo las cenizas quedan ecosistemas dañados, explotaciones ganaderas sin pastos, instalaciones rurales destruidas y una economía vinculada al territorio que tardará años en recuperarse.

Cada gran incendio vuelve a abrir el mismo debate sobre la prevención y el estado de unos montes en los que se acumula vegetación durante años. El abandono de las actividades tradicionales, el retroceso de la ganadería extensiva y la escasa gestión de determinadas zonas forestales aumentan la cantidad de combustible disponible cuando aparecen las llamas. El pastoreo, además de ser una actividad económica, contribuye a mantener abiertos los caminos y a reducir la maleza. Prescindir de quienes viven y trabajan en el territorio debilita también su protección.

La conservación de un espacio natural no puede consistir únicamente en limitar sus usos y confiar después su defensa a los medios de extinción. La prevención exige actuar durante todo el año, especialmente en los meses de menor riesgo, con una planificación que incorpore a ayuntamientos, propietarios, agricultores, ganaderos y habitantes de las zonas rurales. Los incendios se combaten en verano, pero se evitan en invierno. Continuar reaccionando solamente cuando las llamas ya avanzan supone aceptar que el fuego marque la agenda.

El problema, sin embargo, va mucho más allá de la gestión forestal. El incendio de Espadà se produce en un contexto climático que multiplica la frecuencia y la intensidad de las situaciones extremas. La prolongación de las sequías, la pérdida de humedad del suelo y las temperaturas persistentemente elevadas crean unas condiciones cada vez más favorables para la propagación del fuego. El cambio climático ha dejado de ser una amenaza futura para convertirse en un factor que agrava emergencias presentes.

Sus consecuencias tampoco se limitan al paisaje. Las tres olas de calor sufridas durante julio, con doce jornadas de temperaturas extremas, han coincidido con el mes de julio más cálido de la serie histórica valenciana. La anomalía térmica ha alcanzado los 3,1 grados y las estadísticas atribuyen al calor 234 fallecimientos durante ese mes. A ellos se suman los 62 registrados en junio, también una cifra inédita para ese periodo.

No todas estas personas mueren directamente por un golpe de calor. Las temperaturas extremas agravan patologías cardiovasculares, respiratorias y renales, alteran la capacidad del organismo para regularse y elevan la mortalidad durante los días posteriores a cada episodio. El calor actúa como un multiplicador de riesgos, especialmente entre las personas mayores, quienes padecen enfermedades crónicas, quienes viven solas o quienes residen en viviendas mal acondicionadas.

La respuesta institucional de todas las administraciones implicadas no puede limitarse a difundir recomendaciones cuando se activa una alerta. Adaptarse al nuevo clima requiere revisar las condiciones de las viviendas, ampliar las zonas verdes y de sombra, adecuar los horarios laborales, climatizar centros educativos, sanitarios y residenciales, y garantizar refugios climáticos accesibles. También obliga a reforzar la atención primaria y los servicios sociales para detectar a las personas más vulnerables antes de que las temperaturas alcancen sus valores máximos.

El cambio climático empieza igualmente a modificar sectores económicos fundamentales. En València, el calor extremo está alterando los horarios de las visitas guiadas, desplazando actividades hacia espacios cubiertos y reduciendo el atractivo de determinadas propuestas al aire libre durante las horas centrales del día. Mientras algunos turistas internacionales continúan buscando el sol mediterráneo, parte del turismo nacional comienza a elegir destinos más frescos.

El turismo valenciano conserva una fortaleza indiscutible, pero sería imprudente interpretar los buenos datos actuales como una garantía permanente. Un destino sometido a temperaturas insoportables, incendios recurrentes, escasez de agua y espacios urbanos poco adaptados puede perder competitividad. La temporada alta podría desplazarse hacia la primavera y el otoño, las actividades nocturnas ganarían peso y los visitantes priorizarían establecimientos, playas y ciudades mejor preparados para protegerlos del calor.

La transformación puede convertirse en una oportunidad para desestacionalizar el turismo y ofrecer un modelo de mayor calidad. Pero ese cambio exige anticipación, inversión y coordinación entre administraciones y empresas. Negarse a adaptar el territorio no conservará el turismo tradicional, tan solo permitirá que los viajeros cambien antes de destino.

La Serra d’Espadà, las muertes provocadas por el calor y los nuevos comportamientos turísticos forman parte de una misma realidad. No son episodios aislados ni anomalías pasajeras. Son advertencias de un clima que ya está alterando el paisaje, la salud, la economía y nuestra forma de vivir. Atenderlas es una obligación de gobierno.

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