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Opinión | AL CONTRATAQUE

El mundo después del titular

Cada mañana los titulares se renuevan. Un conflicto sustituye a otro, un escándalo desplaza al anterior, una polémica se suma a las precedentes, una victoria deportiva ocupa el espacio que ayer pertenecía a una guerra. Los titulares cambian porque la actualidad cambia.asta hace bien poco hablaban de guerras: Ucrania, Gaza, Irán... Más recientemente, la victoria de la selección española en el Mundial y nuevos episodios de confrontación política y judicial han monopolizado tertulias y debates. Todo ello merece ser contado. El problema aparece cuando el relevo de unas noticias por otras acaba produciendo un efecto inesperado y aquello que deja de ocupar la portada parece dejar también de existir para nuestra conciencia.

Mientras nuestra atención salta de un titular a otro en los medios de comunicación, continúan guerras, como algunas en el África más profunda, olvidadas desde siempre; siguen muriendo personas por hambre, enfermedades evitables o durante el largo camino de una emigración forzada. Son problemas que no han dejado de existir, aunque hayan dejado de ser actualidad.

Hace casi dos siglos, el filósofo Arthur Schopenhauer sostuvo que la compasión constituye uno de los fundamentos más sólidos de la moral. No entendía la compasión como un sentimiento pasajero de lástima, sino como la capacidad de reconocer el dolor del otro como algo que también nos concierne a nosotros mismos.

Pero la rapidez con la que hoy se suceden las noticias dificulta precisamente ese ejercicio tan humano. Antes de que una tragedia haya sido comprendida o una injusticia haya despertado una reflexión profunda, nuevas polémicas reclaman nuestra atención, acostumbrándonos poco a poco a contemplar el sufrimiento ajeno como si fuera un ruido de fondo.

El verano acentúa todavía más esa tendencia en la que vivimos cada vez más integrados. Llegan momentos de descanso, el ritmo informativo se llena de acontecimientos más ligeros y las grandes tragedias parecen alejarse de nuestra conversación cotidiana, aunque para las guerras, el hambre o los desplazamientos forzosos no existan calendarios ni treguas estivales.

Todas las noticias, sean del tipo que sean, deben ocupar un lugar en los medios. Es una obligación de estos, como notarios del devenir, y una necesidad nuestra, como ciudadanos, saber por dónde va el mundo. Pero en esa sucesión de noticias, cuando el sufrimiento deja de ocupar las portadas, corre el riesgo de dejar de ocupar también nuestra conciencia.

Quizá el verdadero desafío ante el que nos enfrentamos no consiste en estar informados de todo, algo imposible, sino en conservar una jerarquía moral de aquello que merece nuestra preocupación. La actualidad cambia cada día, pero la conciencia no debería hacerlo al mismo ritmo. Porque hay situaciones trágicas que desaparecen de los periódicos mucho antes de desaparecer de la vida de quienes las padecen. Y una sociedad empieza a perder algo de su humanidad cuando confunde el final de una noticia con el final del sufrimiento que esa noticia contaba.

Es profesor de Filosofía

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