Opinión | VIVIR ES SER OTRO
Lesera (I)
Situémonos en el año 212. El emperador del imperio romano, Caracalla, se acababa de cargar, con la ayuda de un soldado de la guardia pretoriana, a su hermanito del alma, Geta, quien murió desangrado en brazos de la madre de ambos. Habían gobernado el vasto territorio romano junto a su padre, Septimio Severo. A la muerte de este ya empezaron las tiranteces entre los dos, que se llevaban apenas un año. La escena debió ser dramática, tremenda. Pero los emperadores romanos tenían un buen departamento de mercadotecnia. El instigador del asesinato promulgó una ley que devino importantísima al conceder la ciudadanía romana a todos los hombres libres del imperio y quedar con el mismo estatus jurídico que los de la misma capital, Roma. Por eso pasaría a la historia con letras más o menos grandes. También declaró una damnatio memoriae sobre su hermano Geta. Esto suponía borrar toda referencia a él y prohibir siquiera su mención. Esta columna, escrita en el 212, me supondría la condena a muerte. Menos mal que han pasado mil ochocientos y pico años…
A lo que iba es que el emperador Caracalla no se comportó exactamente como un buen hermano mayor. Aparte de matarlo y tacharlo de cualquier documento e incluso prohibir, supongo, hacer chistes de él en termas y tabernas, se vendió al mundo como superviviente de una conspiración promovida por su pariente más inmediato. Y como por entonces, igual que ahora y, supongo, dentro de otros dos mil años, el mundo, romano, hispano o checoslovaco, está repleto de pelotas, aduladores y lameculos, empezaron a alzarse pequeños altares conmemorativos de la tremenda gracia acontecida: su supervivencia ante el ataque del vil Geta. Menuda jeta la de Caracalla, la verdad. El caso es que en distintos lugares del imperio se esculpieron inscripciones para agradecer al dios correspondiente, en este caso Iupiter Conservator, la incolumitas, esto es la salvación, del señor emperador. Las hubo en la propia Roma, levantada en el campamento de los pretorianos, en la Germania Superior (es decir, la del norte), en Numidia (Argelia y Túnez, en África) o en Britania (donde los hijos de la Gran Bretaña actual).
También en un lugar de aquella Hispania romana esplendorosa, de Emerita Augusta, Tarraco, Hispalis… Tierra de algunos de los más insignes emperadores, como Trajano o Adriano. Exactamente en un sitio que este agosto cumple ciento cincuenta años desde su descubrimiento y es la única ciudad romana de la provincia. Hablamos de Lesera, en la Moleta dels Frares, al lado de Forcall, en Els Ports, localización que, durante casi un siglo, se pensó que era Bisgargis, hasta que un epigrafista alemán leyó una inscripción que se encontraba, y aún está, en una piedra en la fachada de una casa de Morella. Ahí está la inscripción que honra a Caracalla y de la que les he hablado antes. Los de Lesera fueron los únicos lisonjeros de toda Hispania. Y menos mal, si no a día de hoy no sabríamos el nombre de la, insisto, única población de época romana que había, hasta donde sabemos, en toda nuestra provincia.
Editor de La Pajarita Roja
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