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Opinión | A QUEMARROPA

La onda expansiva

Ayer celebramos en la villa una de esas paellas de verano familiares que tantas alegrías nos han dado, a propios y extraños, a lo largo de la vida. ¿Hizo calor? Qué les he de contar, queridos lectores, que ustedes no sepan. Hizo muchísimo calor. ¿Sopló la brisa? ¿Acaso un céfiro apenas perceptible? Pues no, la verdad. Hizo un día de bochorno de agosto de los que hacen afición.

El caso es que, antes de comer, para el aperitivo, tomamos algo de cava. Abrí una botella y el tapón sonó al salir del cuello de vidrio. Sonó bien. Sonó con profundidad, con redundancia, fue un descorche de manual. Y una copa de vino, a un metro de distancia, explotó. La onda expansiva de un simple descorche de cava hizo que una copa que ha pertenecido a mi familia durante décadas, una de esas que hay en cada chalé de esta bendita tierra, se rompiera.

No he visto nada igual en cincuenta y tres años. He visto un vaso estallar por la energía de un café con leche demasiado caliente. He visto deshacerse una jarra de cerveza por un ligerísimo golpe, para sorpresa de todos los presentes. Pero nunca había visto estallar una fina copa de vino por un sonido que, además, tampoco es que fuera el acabose. Fue seco, contundente, ya saben cómo puede llegar a sonar un descorche, pero de ahí a que provocara algo semejante va una larga distancia.

¿Ayudó el calor? ¿El tiempo húmedo de la costa castellonense? Quizá fue culpa del cambio climático. Ya que ahora se le achacan todos los males, pues digamos que también pudo ser por eso. ¿O no? O quizá, simple y llanamente, fue culpa de Pedro Sánchez.

Escritor

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