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Opinión

El futuro de Castellón

Hay provincias que viven pendientes de lo que ocurre fuera y otras que tienen capacidad para influir en su propio destino. Castellón pertenece históricamente al segundo grupo. Su problema nunca ha sido la falta de iniciativa, sino quizá la dificultad para reconocer su propio valor.

Castellón no es solo playas, naranjos y azulejos, sino una economía industrial abierta al mundo, una potencia exportadora, un territorio agrícola de alto valor añadido, un nodo logístico entre los grandes corredores mediterráneos y una provincia con un enorme potencial energético, turístico y tecnológico.

Pero las próximas dos décadas decidirán si Castellón sigue siendo una provincia competitiva en el mapa europeo o se queda atrapada en la nostalgia de un modelo que funcionó durante medio siglo.

Las economías no mueren de un día para otro. Primero dejan de crecer. Después pierden talento. Luego pierden población joven. Finalmente descubren que aquello que parecía permanente se ha vuelto pasado.

Castellón tiene todavía todas las herramientas para evitar ese camino.

La cerámica: más que un sector, una identidad económica

El mejor ejemplo es la industria cerámica. Pocas provincias españolas tienen una especialización industrial tan clara. El clúster cerámico castellonense constituye uno de los grandes motores manufactureros de España y uno de los principales centros europeos de producción cerámica.

La cerámica representa miles de empleos directos e indirectos y una parte esencial de las exportaciones provinciales. Empresas como Porcelanosa, Pamesa Cerámica o STN Cerámica han convertido una tradición local en una industria global presente en decenas de mercados internacionales.

Pero su futuro no puede basarse en producir más metros cuadrados de baldosa. La gran pregunta es qué tipo de cerámica fabricará Castellón. La respuesta pasa por una transformación industrial profunda: digitalización de fábricas, inteligencia artificial aplicada a procesos productivos, reducción de consumo energético, nuevos materiales, superficies inteligentes, cerámicas técnicas para sectores como la aeronáutica, la construcción sostenible o la industria sanitaria.

La crisis energética derivada de la guerra de Ucrania mostró una vulnerabilidad evidente: una industria intensiva en gas no puede competir indefinidamente con costes energéticos superiores a los de otros países productores.

Pero esa crisis también abrió una oportunidad. Castellón podría ser un laboratorio europeo de descarbonización industrial. La combinación de energía renovable, hidrógeno verde, innovación tecnológica y conocimiento acumulado puede transformar una amenaza en ventaja competitiva.

La alternativa sería aceptar que la cerámica pertenece al pasado.

Agricultura moderna

Otro de los grandes activos de Castellón es la agricultura. Durante generaciones el sector citrícola ha formado parte de la identidad económica y cultural de la provincia. Municipios enteros se han construido alrededor del cultivo de la naranja: la Marina Baixa puede tener Benidorm; Castellón tiene su paisaje agrícola como una seña propia.

Pero la agricultura tradicional atraviesa una crisis profunda. Los costes de producción, la competencia internacional, la falta de relevo generacional y los efectos del cambio climático están poniendo contra las cuerdas a muchos pequeños agricultores.

La cuestión es si la respuesta debe ser abandonar el campo o reinventarlo.

La agricultura del futuro será tecnológica, de precisión, con sensores de humedad, inteligencia artificial para optimizar riegos, drones para controlar cultivos y nuevas variedades adaptadas al clima mediterráneo.

Castellón tiene una ventaja: conocimiento acumulado durante siglos. El reto es unir ese conocimiento con la tecnología.

Y la provincia no debe limitarse a producir fruta; ha de capturar más valor añadido mediante transformación, comercialización, productos ecológicos, zumos, alimentación saludable y marcas propias.

Una naranja vendida como materia prima genera poco margen. Una marca internacional de productos mediterráneos genera riqueza, empleo y capacidad exportadora.

El turismo: de la cantidad a la calidad

Castellón posee algo cada vez más escaso en el Mediterráneo: espacio.

Mientras otros destinos han sufrido una urbanización intensiva y una masificación difícilmente reversible, nuestra provincia conserva una costa más equilibrada y un interior con enormes posibilidades.

Pero también el turismo se debe actualizar.

No basta ofrecer sol barato. Hoy la competencia global es mucho mayor. El visitante busca experiencias: gastronomía, naturaleza, cultura, bienestar, deporte, patrimonio.

Castellón tiene argumentos de sobra.

El Parque Natural de la Serra d'Espadà, el Desert de les Palmes, el Maestrazgo, Morella, Peñíscola, Vilafamés, las rutas de montaña, la gastronomía basada en productos locales o la creciente importancia del turismo deportivo son activos económicos que todavía tienen margen de crecimiento.

El reto no es llenar más apartamentos durante agosto, sino conseguir visitantes durante todo el año.

Un turismo desestacionalizado significa empleo más estable, más consumo local y mayor equilibrio territorial.

El puerto y la logística: una oportunidad estratégica

Uno de los grandes activos económicos de Castellón es el puerto.

PortCastelló tiene un papel fundamental para la industria provincial. La conexión entre puerto e industria es una de las grandes ventajas competitivas de Castellón frente a otros territorios.

El sector energético, la industria química, la cerámica y las empresas exportadoras generan un ecosistema logístico con enorme potencial.

En un mundo donde las cadenas globales de suministro están cambiando, contar con infraestructuras portuarias eficientes es una ventaja estratégica.

El futuro pasa por transformar PortCastelló en un nodo de referencia para energías limpias, economía circular, hidrógeno, almacenamiento energético y nuevas rutas comerciales mediterráneas.

La asignatura pendiente: el talento

Todos estos sectores necesitan personas preparadas.

En la economía del siglo XXI el conocimiento será más importante que las fábricas, las infraestructuras o los polígonos industriales.

Castellón cuenta con una institución fundamental: la Universitat Jaume I. Su papel debe ser todavía más relevante como puente entre investigación y empresa.

Las provincias que triunfan son aquellas donde una idea nacida en una universidad puede traducirse rápidamente en una empresa tecnológica, donde un joven investigador encuentra oportunidades sin tener que marcharse a Madrid, Barcelona o al extranjero.

El gran desafío demográfico de Castellón es evitar que nuestros jóvenes formados se vean obligados a marcharse para desarrollar su talento.

Una provincia que exporta cerámica y también ingenieros, científicos y emprendedores está dilapidando su futuro.

Una nueva economía castellonense

La economía castellonense del futuro debería conectar sus sectores tradicionales. La cerámica puede relacionarse con la arquitectura sostenible. La agricultura, conectarse con la biotecnología y la alimentación saludable. El turismo, integrarse con la cultura, la gastronomía y el medio ambiente. El puerto, impulsar la transición energética. Y la universidad, erigirse en motor transversal de todo lo anterior.

Ese es el concepto que muchas regiones europeas están aplicando: no competir por tener una única industria, sino crear ecosistemas económicos donde diferentes sectores colaboren.

Castellón tiene algo que muchas regiones intentan construir artificialmente: una base productiva real.

El peligro de conformarse

El mayor riesgo para Castellón no es una crisis concreta. Es la complacencia: pensar que si una industria funcionó durante cincuenta años, seguirá haciéndolo otros cincuenta, que las playas nos aseguran el turismo y la producción de naranjas no tiene fecha de caducidad.

La historia económica está llena de territorios que fueron líderes y dejaron de serlo por no adaptarse. Detroit fue la capital mundial del automóvil. La industria textil británica dominó el planeta durante la Revolución Industrial. Silicon Valley sustituyó a otros centros tecnológicos que parecían intocables. Ningún territorio tiene garantizado su futuro. Castellón tampoco.

Pero nuestra provincia reúne muchos de los valores que definirán la economía del siglo XXI: industria, conocimiento, energía renovable, calidad de vida, posición mediterránea y una sociedad acostumbrada al esfuerzo.

La pregunta no es si Castellón tiene futuro, sino si será capaz de construirlo.

Las provincias no avanzan por inercia: lo hacen cuando una generación decide que lo heredado no es un museo, sino una plataforma de lanzamiento.

Y Castellón tiene aún una plataforma extraordinaria.

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