Opinión
El herrero y la dama fugaz
En el corazón de un pueblo ruidoso vivía un herrero llamado Beltrán, conocido por su fuerza y la calidad de su acero, pero también por su alma dubitativa. Su fragua ardía día y noche, testimonio fiel de su dedicación; sin embargo,Beltrán esperaba demasiado. «Un instante más de calor», se decía, «y la pieza será perfecta». Pero en ese instante, el brillo anaranjado del hierro se desvanecía a un rojo opaco, y el metal, que antes era dócil y obediente, se volvía terco y quebradizo. La perfección se enfría en el yunque con la misma rapidez con la que se evapora la buena suerte.
Una tarde, mientras el sol se derramaba como miel fundida por la ventana de la fragua, Beltrán sacó del fuego una pieza de hierro que brillaba con la intensidad de una estrella recién encendida. Era el momento exacto, el instante supremo para golpear. Levantó su pesado martillo con los músculos en tensión.
Pero justo cuando iba a descargar el golpe, una extraña quietud cayó sobre la forja:el crepitar del fuego yel bullicio de la calle se apagaron a la vez. Y ante él, de pie sobre una rueda que giraba sin moverse del sitio, apareció una figura.
Era una mujer de una belleza inquietante. Una cascada de cabello espeso y brillante le cubría el rostro por completo, ocultando sus facciones como una cortina que oculta un cuadro extraordinario. Pero, por detrás, su nuca era tan lisa y calva como un huevo de mármol. En su mano derecha, un cuchillo afilado que destellaba con la luz de la fragua; de sus talones brotaban pequeñas alas que vibraban con una energía impaciente, como si el tiempo mismo estuviera a punto de salir corriendo.
Beltrán quedó paralizado con el martillo suspendido en el aire. La lógica le gritaba que golpeara el hierro, que no perdiera el calor, pero la visión era tan hipnótica que no pudo apartar la mirada: el cuchillo destellando, las alitas impacientes, la melena que se movía sin que ninguna corriente la moviera.
Algo en aquella figura le resultaba conocido, y el reconocimiento le llegó despacio, como quien recuerda un sueño ya entrado el día. La había visto antes, estaba seguro: en algún grabado antiguo, quizá, o en las páginas de un libro que hojeó de niño sin entender del todo lo que veía, una tarde de lluvia en que su padre, antes de cerrarlo, le dijo que algunas láminas no se olvidan, aunque no se entiendan. La mujer no dijo nada. La rueda bajo sus pies giraba sin pausa, recordatorio mudo de que el tiempo no concede prórrogas.
Dudó. Una parte de él —la que llevaba toda la vida forjando rejas y herraduras, midiendo el tiempo en golpes de martillo— le exigía que ninguna visión, por hermosa que fuera, justificara una pieza echada a perder. Otra parte, más antigua y menos razonable, solo quería mirarla un instante más. Bajó lentamente el martillo, pensando en preguntarle su nombre. Pero en algún lugar de su memoria, el nombre reapareció antes de que pudiera pronunciarlo: la Ocasión. En ese preciso instante, el hierro en el yunque exhaló un último suspiro de calor y se oscureció. El momento había pasado.
Con un gruñido de frustración, Beltrándio un paso al frente. Extendió la mano libre hacia aquella melena oscura que aún ondeaba a escasos centímetros de sus dedos. Pero la figura ya había girado, y lo que encontró su palma no fue cabello sino una nuca fría, pulida, indiferente. Sus dedos resbalaron sin encontrar asidero, como el agua sobre la piedra. Las alitas de sus talones se rieron de él y la figura se alejó sin prisa y sin mirarle, con la certeza de quien sabe que no será alcanzada.
El herrero se quedó inmóvil frente al yunque frío, con el martillo inútil en la mano y la pieza arruinada ante él. Tardó un momento en asimilar lo que acababa de ocurrir y, cuando lo hizo, no fue con la iluminación gradual del que aprende, sino con el golpe seco del que recuerda algo que siempre supo y nunca aplicó.
La había dejado pasar. Y ella, fiel a su naturaleza, no se había dignado siquiera volver la cabeza.
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