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Opinión | AL CONTRATAQUE

Mirar al cielo

A veces conviene levantar la mirada al cielo. No porque allí estén las respuestas a lo que nos preocupa aquí abajo, sino porque, al mirar hacia arriba, logramos tomar distancia y ver las cosas de otra manera, recordar que el mundo es mucho más grande que nuestras disputas y nuestras pequeñas certezas. Y esto es lo propio de esta semana. Durante unos minutos, la luz cambia, el día se convierte en noche y el Sol, que parece invencible, desaparece parcialmente detrás de la Luna.

Es algo que podemos predecir y explicar, pero que no por ello deja de maravillarnos. Hace veintiséis siglos, Tales de Mileto predijo un eclipse. Heródoto nos cuenta que ocurrió durante una batalla entre medos y lidios. La oscuridad inesperada hizo que los combatientes dejaran de luchar. Ni los soldados ni, probablemente, sus jefes entendían qué estaba ocurriendo en el cielo, pero aquel fenómeno consiguió lo que ellos no habían sido capaces de conseguir por sí mismos: detener una guerra.

Quizá sea demasiado pedirle a este eclipse un milagro semejante. Pero no estaría mal que quienes mantienen abiertas las guerras levantaran también la cabeza y contemplaran algo que no pueden comprar, ni ordenar, ni bombardear; algo que los supera y ante lo cual empequeñecen.

No estaría mal que algunos dirigentes mundiales que se creen soles, con licencia para montar guerras y ordenar el mundo a su antojo, fueran alguna vez eclipsados por las sombras que han sembrado. Ojalá comprendieran que también ellos acabarán siendo apenas un instante en una historia mucho más larga, en la que la humanidad podrá mirarlos cara a cara, sin filtros, cuando ya no sea necesario protegerse de su resplandor. Pero mientras, deciden guerras, ordenan el mundo y aquí continúan nuestras tragedias. Estos días hemos visto cómo siguen llegando menores que viajan solos, niños y adolescentes que han dejado atrás una familia, un país o una vida que ya no podían sostener.

Son sombras que ningún eclipse puede disipar, pero que quizá nosotros sí podamos hacer más breves. Tal vez por eso convenga levantar la mirada, contemplar durante unos minutos la inmensidad del cielo y recordar nuestra pequeñez.

La otra oscuridad

No para restar importancia a lo que está ocurriendo aquí abajo, sino para comprender que, precisamente porque somos seres minúsculos, deberíamos ser más prudentes y estar más atentos al sufrimiento de los demás. Tales explicó lo que otros no sabían. Nosotros sabemos más que los soldados que luchaban junto a aquel río. Pero quizá todavía tengamos que aprender después de mirar al cielo.

Aquí en la Tierra siguen las mismas sombras de quienes huyen de las guerras y las miserias, de quienes buscan una luz allí donde solo están encontrando la oscuridad. Quizá ese sea también el verdadero prodigio que podríamos pedirle al eclipse: que, después de mirar todos juntos al cielo, sepamos volver a mirar también todos juntos a la tierra. En conclusión, para mirar al Sol necesitamos gafas. Para mirar nuestras propias sombras, no.

Profesor de filosofía

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