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Opinión | Editorial

La cultura de la prevención

A la vista está que las temperaturas extremas han dejado de ser un episodio excepcional; es ya algo muy común cada verano. Lo que sucede estos días en la costa de Castellón no es únicamente una sucesión de jornadas sofocantes o de noches difíciles para conciliar el sueño. Es la constatación de que el mar acumula una cantidad de energía muy superior a la habitual y de que esa circunstancia obliga a mirar más allá del presente inmediato.

El aumento de la temperatura del Mediterráneo tiene una primera consecuencia evidente para la población: un calor persistente, con noches que apenas ofrecen descanso y que afectan especialmente a las personas más vulnerables. Sin embargo, el verdadero desafío no termina cuando finaliza el verano. Ese exceso de calor almacenado en el mar puede convertirse en un factor de enorme relevancia cuando llegue el cambio de estación y aparezcan situaciones de inestabilidad atmosférica.

Conviene evitar interpretaciones simplistas. Los expertos aseguran que un Mediterráneo más cálido no provoca por sí mismo una dana ni garantiza episodios de lluvias torrenciales. La formación de estos fenómenos depende de múltiples factores atmosféricos. Pero también parece claro que un mar excepcionalmente caliente aporta una mayor cantidad de energía al sistema y puede intensificar las precipitaciones cuando confluyen las condiciones meteorológicas adecuadas. Es una diferencia fundamental que debe servir para afrontar el debate con rigor científico y evitar cualquier atisbo de alarmismo.

Precisamente por ello, la prioridad no debe ser alimentar la preocupación, sino reforzar la preparación. La experiencia reciente ha demostrado que los fenómenos extremos forman ya parte de la nueva realidad climática del Mediterráneo. Esperar a que aparezcan las primeras alertas para reaccionar supone llegar tarde. La planificación debe comenzar mucho antes.

Castellón dispone hoy de más conocimiento, mejores sistemas de predicción y una experiencia acumulada que no existía hace apenas unas décadas. Esos valores deben traducirse en una revisión permanente de los protocolos de emergencia, en inversiones sostenidas para mejorar las infraestructuras hidráulicas, en un mantenimiento constante de barrancos y cauces, en una adecuada gestión del territorio y en una coordinación eficaz entre todas las administraciones responsables de la protección civil.

También resulta imprescindible que la ciudadanía incorpore una verdadera cultura de la prevención. Los avisos meteorológicos no pueden seguir interpretándose como simples recomendaciones. La sucesión de incendios, olas de calor, temporales y episodios de lluvias extremas demuestran que el cambio en los patrones climáticos exige modificar hábitos y asumir que la prevención constituye la mejor herramienta para reducir riesgos.

Ya no se trata solo de predecir catástrofes, sino de asumir que el contexto climático está cambiando y que la capacidad de respuesta será tan importante como la propia evolución del tiempo. Castellón no puede controlar la temperatura del mar ni la llegada de una dana, pero sí puede decidir hasta qué punto quiere estar preparada para afrontar sus consecuencias. Ese debería ser el verdadero objetivo antes de que el otoño vuelva a poner a prueba la resiliencia del territorio.

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