Opinión | AL CONTRATAQUE
El tiempo en el pueblo
El mes de agosto nos muestra una imagen diferente de los pueblos: casas que se abren, gente que vuelve, plazas llenas y calles que recuperan voces familiares. Tiempo de actividades y fiestas patronales, días en que el pueblo recupera lo que en realidad nunca perdió del todo.
Las fiestas nacieron ligadas a los ciclos agrícolas, a las creencias y a la necesidad de reunirse después de meses de trabajo. Procesiones, música, toros, bailes, comidas en la calle. Formas de reconocerse como comunidad, momentos en los que las diferencias quedan aparcadas. Ya no parece necesario vivir todo el año en el pueblo para sentirse parte de él. Muchos regresan después de haber construido su vida lejos, otros conservan allí los recuerdos de sus antepasados y también hay quien llega sin raíces familiares, pero termina incorporándose a esa comunidad que poco a poco siente como propia.
Quizá esa sea una de las grandes transformaciones de la ruralidad. Ser de pueblo también es regresar a él, recordar y saludar a sus vecinos, compartir una mesa. Aunque sería injusto verlo solo desde la imagen de quien regresa. Hay que pensar también en quienes permanecen, quienes abren el bar en invierno, mantienen la tienda, desarrollan sus oficios, cuidan las casas, llevan a los niños a la escuela y sostienen una vida cotidiana en el terruño. Son ellos quienes conocen el pueblo cuando las calles están vacías y las fiestas quedan lejos, quienes mantienen abiertas las puertas y encendidas las luces cuando los demás se van.
Y quizá sean ellos los que tengan mucho que enseñar. Porque cuando parece que todo se mide en minutos, en no llegar tarde y en ahorrar tiempo, en los pueblos todavía existen espacios donde el tiempo no tiene tanta prisa. Una conversación puede prolongarse al caer la tarde, una visita puede alargarse sin mirar el reloj y un niño puede jugar en la plaza mientras los mayores conversan sentados a pocos metros. Hay momentos en los que nadie parece tener demasiada prisa por marcharse.
No se trata de ninguna postal bucólica. También la vida en el pueblo tiene sus dificultades, su soledad y sus carencias. Eso es evidente. Pero sí debemos reconocer que conserva algo que en otros lugares se perdió: el tiempo compartido.
Tal vez por eso las fiestas tienen mayor sentido, porque durante unos días volvemos a encontrarnos. Los mayores recuerdan otras fiestas, los jóvenes inventan las suyas y los niños empiezan a construir recuerdos que ya nunca olvidarán.
Cuando la música cese y las plazas se vacíen, quedará el eco de las conversaciones, las risas, los encuentros y la memoria de haber estado juntos. Las luces se apagarán poco a poco, las mesas desaparecerán de las calles y cada cual volverá a su vida. Pero durante unos días habremos recordado algo que la prisa suele hacernos olvidar: que también necesitamos tiempo para estar unos con otros.
Tal vez el verdadero lujo del que disfrute un pueblo no sea que allí el tiempo pase más despacio que en otras partes, sino que todavía haya tiempo para compartirlo.
Josep Gisbert es profesor de filosofía
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