Opinión
Cosas que ocurren
Hay expresiones que explican una crisis mejor que una comparecencia. «Cosas que ocurren», dijo el ministro del Interior ante la tragedia migratoria de Ceuta. Tres palabras suficientes para rebajar lo extraordinario a accidente y aliviar de paso la incómoda carga de las responsabilidades. Pero hay cosas que ocurren y cosas que se dejan ocurrir. Las primeras pueden ser imprevisibles. Las segundas dejan de serlo cuando se repiten. Y pocas cosas hay menos imprevisibles que una crisis migratoria en una frontera cuya estabilidad depende, en buena medida, de la voluntad del vecino.
CEUTA NO PUEDE CON TODO. La llegada masiva de inmigrantes, el desbordamiento de la acogida y la presencia de miles de menores han colocado a una ciudad de 83.000 habitantes ante un problema que excede sus dimensiones. España sigue llamando crisis a lo que hace tiempo dejó de ser excepcional. No tenemos una política migratoria capaz de anticiparse, sino una política de reacción: primero llega la avalancha; después, los ministros; más tarde, las carpas, los traslados y el reparto de culpas.
TRES PROBLEMAS NO, UNO. Una cosa es proteger una frontera, obligación elemental del Estado. Otra, gestionar la inmigración irregular conforme a la ley. Y otra decidir qué hacer cuando quien la cruza es un menor. Una frontera puede protegerse con policías. El expediente de un menor, no. Su devolución exige identificación, filiación, conocimiento de su entorno familiar y decisión individualizada. Entretanto, el Estado debe protegerlo. Lo que no tiene sentido es convertir cada emergencia en una negociación para distribuir menores. Si el reparto es necesario, debe estar previsto, financiado y reglado antes de la próxima crisis.
LAS SEÑALES. Toda decisión migratoria produce consecuencias inmediatas, pero también señales. Trasladar menores desde Ceuta a la península puede ser jurídicamente obligado o materialmente inevitable; eso no exime al Gobierno de ponderar el posible efecto llamada. No necesita convertirse en dogma para ser tenido en cuenta como riesgo. Gobernar no consiste solo en resolver lo sucedido. Consiste también en calcular lo que nuestras propias decisiones pueden contribuir a que suceda después.
LA FRONTERA POR DELEGACIÓN. España tiene la competencia sobre sus fronteras, pero una parte decisiva de su control efectivo depende de la cooperación marroquí. Cuando esa cooperación funciona, la presión disminuye. Cuando se relaja, España descubre hasta qué punto ha delegado de hecho parte de su seguridad fronteriza. Si la presión migratoria puede convertirse en instrumento de negociación entre Estados, hablamos también de soberanía, seguridad y política exterior. Marruecos es un vecino inevitable y su cooperación, necesaria. Por eso España necesita una relación que no convierta cooperación en dependencia. Una política migratoria no puede quedar pendiente de que Rabat abra o cierre el grifo.
EUROPA TAMBIÉN RESPONDE. Ceuta es también una frontera exterior de la Unión Europea. Europa habla de solidaridad, responsabilidad compartida y protección de las fronteras exteriores. Pero las palabras cambian cuando aterrizan sobre unos pocos kilómetros cuadrados: solidaridad significa dinero, medios, acogida, procedimientos, redistribución y decisiones que los Estados no siempre quieren compartir. Ceuta pone a prueba la capacidad de Europa para convertir sus principios migratorios en política cuando la presión deja de ser una abstracción bruselense. La solución no consiste en hacer más grande la jaula, sino en conseguir que Ceuta deje de ser la jaula.
CUATRO RESPONSABILIDADES. Ceuta no puede administrar sola esta frontera. España no puede descargar sobre ella las consecuencias de una competencia propia. Europa no puede gestionar desde Bruselas una frontera exterior común como abstracción. Y Marruecos no debería convertir la presión migratoria en herramienta de negociación. No existe una solución que satisfaga por entero a los cuatro. Pero sí una en la que cada uno renuncie a algo para evitar que todos pierdan mucho más. La solución no nace siempre del acuerdo sobre lo deseable, sino del reconocimiento de lo insoportable.
DEJAN DE SER ACCIDENTES. Hay cosas que ocurren. Y otras que, de tanto ocurrir, dejan de ser accidentes. Las previsibles exigen prevención para actuar. Las evitables, explicación. Las consecuencias de una decisión, responsabilidad. Incluso lo que todavía no ha sucedido obliga a ponderar los riesgos cuando existen razones para anticiparlos. Ceuta no necesita más soluciones provisionales hasta la próxima emergencia. Necesita una política española, una responsabilidad europea y una relación con Marruecos que no dependa de la siguiente crisis. Porque gobernar consiste en conseguir que lo previsible no pueda despacharse después como una de esas «cosas que ocurren».
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