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Opinión | sin reservas

¡Pam, pam, pam!

Es muy probable que el feriante facha que nos visitó en Magdalena y premiaba a sus clientes más certeros en el tiro con bufandas con la cara de Franco, ande este agosto de feria en feria en las muchas localidades que celebran sus fiestas patronales. Es menos probable, pero no imposible, que en alguna de ellas coincida con el diputado de Vox conocido primero por ser el sobrino pijo de Rodrigo Rato y, tras unos años en el escaño, por sus constantes exabruptos y su viperina verborrea. Sin ir más lejos, la semana pasada el congresista Figaredo se paseó por Sada, en A Coruña, para llevar hasta Fisterra sus incendiarias soflamas xenófobas que han alcanzado sus mayores cotas de indignidad a propósito de la entrada ilegal en Ceuta de miles de personas. En Galicia, una tierra que vivió en las carnes de sus antepasados no tan lejanos el drama que significa dejar la casa en busca de una vida mejor, tuvo que bajar la cabeza y salir con el odio entre las piernas ante los vecinos que le cantaron las verdades del demócrata al recordarle su condición de racista de manual. Se lo dijeron a la cara porque no contaba con la protección de los escuadristas que arropan a su jefe Abascal y a sujetos de lengua larga y mente corta como el agitador Vito Zoppellari Quiles. Tal vez en Sada, que andaba esos días de sardiñada, Figaredo se acercó al recinto ferial para aliviar el mal trago y relajarse en alguna de las casetas que ofrecen la práctica del tiro con carabina de aire comprimido cargada con inocentes tapones de corcho. Qué sí, qué podría optar también por subirse al Tren de la Bruja o intentar ganar una muñeca chochona en la tómbola... pero Figaredo es así. A él le va más eso de disparar y, claro, los patriotas que no han hecho la mili no pudieron matar allí el gusanillo de darle al gatillo para salvar a España.

Y esa fue la receta que dio para solucionar el drama humano de Ceuta: «¡Pam, pam, pam! Cazarlos, pescarlos, pongan el verbo que quieran, pero eso es lo que hay que hacer». Así se expresó Figaredo quien, lejos de retractarse, mantiene su discurso de odio y ratifica su apología a la violencia contra el inmigrante con la absoluta impunidad de los mismos jueces que condenaron a nueve meses de prisión al rapero Pablo Hasel por injurias a la corona e incitación a la violencia. No puede ser que las palabras pidiendo la caza del moro se amparen bajo el manto de la libertad de expresión y que burradas parecidas, referidas al jefe del Estado o a las fuerzas y cuerpos de seguridad, se sustancien con penas de cárcel. Todas son reprochables porque en ningún caso se puede alentar al uso de la violencia contra nadie, y todas deben tener el mismo rechazo social e idéntico trato judicial. Pero no. Figaredo sigue a la suya, de barraca en barraca por los platós de las televisiones patrias justificando su ¡Pam, pam, pam¡ a la espera de toparse con el tertuliano facha que jalee sus disparos nada inocentes. Esos mismos voceros que aplauden a policías nostálgicos del «a por ellos» que agreden a menores ya inmovilizados por llevar una bandera legal que odian patológicamente y sin ningún disimulo. Vamos, la misma respuesta que con los aguiluchos que se exhiben en Ferraz.

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