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Opinión | AL CONTRATAQUE

Ruralidad distante

Nunca se fue ni se rindió. El mundo del que hablo sigue ahí, herido, pero en pie; presente en los discursos, relegado en la acción, pero latiendo todavía, negándose a desaparecer.

España vaciada y despoblación han sido conceptos con cierta fortuna, pero se han quedado cortos en las agendas. Tal vez sea más acertado hablar de ruralidad distante para referirnos a ese mundo que nunca fue una prioridad, que estaba ahí, pero que no parecía urgente; un mundo que, cuando empezamos a comprender que no podíamos permitir que muriera, quisimos recuperar. Lo hicimos con buena intención y con las herramientas que conocíamos: había que crear empleo, empresas, turismo, mejorar las comunicaciones… Las herramientas del mundo competitivo que tenemos como modelo. Y para ello creamos programas y ayudas. Estuvo bien, pero quizá fue insuficiente, porque partíamos de la idea de intentar colocar un mundo que tiene valor dentro de otro mundo que tiene precio. Y no son lo mismo.

No me refiero únicamente a los grandes proyectos que convierten el territorio rural en lugar donde producir energía para otros o en espacio disponible para aquello que nadie quiere tener cerca. También a algunas de nuestras políticas de revitalización que parten, sin pretenderlo, de la misma lógica: que cada pueblo encuentre una actividad capaz de competir en el mercado y demostrar así su utilidad.

Debemos celebrar que surjan negocios en nuestros pueblos. Y ponerlos como ejemplos. Pero también debemos ser conscientes de que existen limitaciones. No todos los pueblos tienen los recursos o las condiciones para generar suficientes iniciativas rentables, mientras solo nos movamos bajo las reglas del mercado. Quizá debamos ampliar la mirada. Pensar también estos territorios como lugares que conservan caminos, paisajes, bosques y memoria; conocimientos y formas de relación con la tierra que, cuando desaparecen, difícilmente pueden recuperarse. Lugares que benefician a quienes viven mucho más lejos. Y no hablo solo de evitar incendios, que también. Hablo, como he dicho, de valor y no solo de precio.

Cuando una sociedad decide conservar cosas que no son rentables, como restaurar edificios o proteger paisajes, ¿por qué no hacer lo mismo con ese mundo distante? No se trata de convertirlo en un museo, ni de renunciar a la actividad económica. De ninguna manera. Se trata de entender que quizá un territorio no tenga que demostrar constantemente su rentabilidad para justificar su existencia.

Tal vez debamos dejar de preguntarnos únicamente cómo hacer competitivos estos lugares y empezar a preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para que sigan vivos. Porque una sociedad también se define por aquello que decide conservar cuando sabe que no todo puede medirse en términos de rentabilidad.

Y quizá el verdadero desafío sea entender que esa ruralidad distante, puede ser más cercana, si no la vemos como un mundo que todavía no ha conseguido parecerse al modelo, sino un mundo diferente, con un valor propio. Porque conservar aquello que tiene valor, aunque no tenga precio, sí es una prioridad nacional.

Profesor de Filosofía

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