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Opinión | VIVIR ES SER OTRO

Sueño bifásico

Uno de los grandes males de este tecnológico y virtual siglo XXI es la problemática del sueño. Lo difícil que nos resulta quedarnos sobados en la cama por las noches. Las siestas las dejo para otra columna, que también tienen su miga. Somos legión aquellos a quienes nos cuesta abrazarnos a Morfeo. Vivimos en un mundo lleno de impulsos que requieren de nuestra atención sin cesar. Parece que desconectar por unas horas sea una especie de pecado, un perderse montones de cosas interesantes, divertidas e incluso útiles. Siga, siga dándole al dedo por la pantalla del móvil o de la tableta, que hay millones de vídeos esperándole que son perfectos para usted. Y quien dice vídeos dice también fotos de Instagram, estados de WhatsApp o textos de Facebook, X (¿por qué le cambiaron el nombre a Twitter con lo chulo que era?)… Por no hablar de la tele o las plataformas de streaming, siempre repletas de series y películas irresistibles. ¡A ver quién demonios duerme con tanto ruido, caramba!

Durante el invierno pasado y también la primavera, me pasó algo que intuía curioso y particular relativo al sueño. No lo compartí con nadie, excepto con mi mujer, pues ella se veía obligada a sufrirlo. El asunto era que me acostaba hacia las diez y, entre las cuatro y las cinco, me despertaba. Hasta aquí, aunque no lo parezca, todo normal. Esta viene siendo mi rutina desde hace ya unos cuantos años y con ella estoy a gusto y tranquilo. Una siesta de media hora después de comer y a funcionar sin problemas. Pero hace unos meses, alrededor de las seis, seis y media, incluso alguna vez hacia las siete, me entraba una modorra, un bajón, insoportable. Llevaba una hora, dos a lo sumo, despierto, y me daba la impresión de que llevaba un par de días sin pegar ojo. Tan fuerte resultaba la somnolencia que me iba a la cama y seguía durmiendo, por segunda vez esa noche, hasta las 7.40, hora de despertar al niño para ir al colegio.

Así durante meses. No todos los días me ocurría lo mismo, pero sí durante la mayoría. A este segundo sueño le llamaba «siesta mañanera». Entonces, un día, mi mujer, en su infinita sabiduría, me soltó que había leído en no sé dónde que antiguamente, hacia el medievo y la Edad Moderna, esto era lo normal, que la gente dormía en dos tandas. Yo, en mi inagotable escepticismo, me burlé de ella o hice algún comentario despectivo, que me conozco. Pero, como ya pueden imaginar, una vez más, andaba equivocado: hay testimonios de que, antes de la Revolución Industrial, era relativamente habitual despertarse hacia medianoche, permanecer despierto una o dos horas y volver después a la cama hasta el amanecer. Luego, con la llegada de la luz artificial y de los rígidos horarios de las fábricas, era más rentable (para los capitalistas, se entiende) que los trabajadores durmieran del tirón sin malgastar un par de horas nocturnas. A esto se le llamaba «sueño bifásico» y se ve que era algo bastante frecuente. Además, parece que es saludable y todo.

Así que estoy más tranquilo. Lo curioso es que, desde que sé que no es un problema, ha dejado de pasarme. Si es que…

Editor de La Pajarita Roja

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