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Opinión | LA RUEDA

No somos nada

Una antigua compañera de universidad solía decir con harta frecuencia y sincera modestia aquello de que «no somos nada y los pequeñitos, menos». Cierto, aunque nada tiene que ver con la cosa. En estos últimos tiempos, con la aparición de los eclipses, tanto el de sol como el de luna, la gente ha mirado para arriba, al cielo, para reconocer nuestra pequeñez y, al mismo tiempo, dar pábulo a ciertos catastrofismos sobre nuestro futuro, apocalíptico para algunos.

Si en otro tiempo el mundo parecía acabar con el diluvio del agua, suelen decir algunos, ahora lo hará con el fuego (esto propiciado por los numerosos incendios que estamos viendo). Pero también el agua y los movimientos sísmicos están liando la cuestión como la dana y las inundaciones en Nepal, pongamos por caso. La verdad es que la naturaleza sigue siendo un misterio y sorprende en cualquier momento ante la impotencia de los humanos y la precariedad de la prevención frente a lo desconocido. La interpretación de los fenómenos es libre, aunque hay que ser muy cautos para valorar su correcto sentido. El mundo, el cosmos en general, ha dado muestras a lo largo de la prehistoria y la historia de su evolución, de sus eras y de su específica disparidad. El calentamiento global y muchos de los fenómenos que estamos observando, obedecen a causas que ignoramos o a falta de sensibilidad que parece no preocuparnos demasiado sobre su peligrosa existencia: ni negacionismo, ni optimismo desmesurado.

De todo hay en la viña del Señor, como suele decirse. Se impone el realismo más sensato. Y en ello el ser humano, grande o pequeño, debe contribuir. A todos nos concierne.

Profesor y Valencià de l'Any 2025

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