Opinión
Canciones olvidadas de Castellón
Hubo un tiempo en que Castellón vivía cantando. Se cantaba para dormir a los niños, para cortejar, para celebrar la Pascua, para pedir lluvia, para acompañar una fiesta y para despedir a los muertos. Se cantaba en las eras mientras se trillaba, en los campos durante la siega, en las calles cuando los mozos salían de ronda y en las tabernas cuando la noche no tenía prisa por terminar.
Había canciones para el trabajo y para el ocio, para enamorarse o burlarse del enamorado. Canciones de quintos, de niños, de labradores, de taberna, de Navidad. Incluso romances que contaban crímenes y desgracias. No tenían compositor, partitura ni disco. Pasaban de boca en boca, transmitiendo en sus letras la memoria del pueblo. Y cuando desaparecieron las rondas nocturnas, el espíritu de las cuadrillas de jornaleros que celebraban sencillamente poder ganarse el jornal y las largas veladas en familia de los hogares, también perdimos la ocasión de reunirnos a cantar.
En Benassal, el Fondo de Música Tradicional del CSIC conserva una canción que se hace eco de la jornada campesina: «Al trill a fe caure», clasificada como canción de trabajo y canción de trilla, recogida por Perfecto Artola Prats, que comienza: «Allà abaix a la Ribera...». La letra nos traslada a la era. Se entonaba para animarse a trabajar. Mientras los animales daban vueltas y el grano se separaba de la paja, el canto colmaba las largas horas de una faena repetitiva y agotadora.
Hay viejas nanas que aún duermen en las palabras. También en Benassal aparece una «Cançó de brèssol», bella canción de cuna, recogida por Absalón Celades, cuyo primer verso consta en el archivo: «Asi quet Dominguet no hi vagis...». Es la frase de una escena doméstica que se repitió infinidad de veces: una madre, una abuela o una mujer de la casa meciendo a un niño y cantándole para que se durmiera. En Betxí el CSIC cuenta numerosas composiciones de este tipo, junto a canciones infantiles, narrativas y de Navidad. Una de las piezas lleva el título «La Nit de Nadal» y comienza: «La Nit de Nadal es nit d'alegria...».
Y qué decir de las célebres canciones de los quintos, reflejo de una época en que irse al servicio militar era uno de los grandes acontecimientos de la vida de un joven. El CSIC data en Benassal varias «Jotas de quintos». Una de ellas comienza con las palabras: «Somos los quintos navarros» y otra: «Ja se van los quintos». También existe una versión documentada en Vila-real que arranca: «Al sevici van els quintos que sap ù si tornaran».
Los niños tenían un repertorio enorme que hoy apenas conocemos. En Betxí quedó registrada, entre otras, «Un don din la carranxa», canción infantil y de juego. También «Allá dalt s'ha mort un poll», cuyo comienzo resulta casi surrealista: «Allá dalt s'ha mort un poll / en tomateta l'han dut al forn...». Esas canciones infantiles podían ser absurdas, crueles, disparatadas y maravillosas al mismo tiempo.
La Pascua tenía su propio repertorio, con letras asociadas a salidas al campo, meriendas, juegos y rondas. Eran canciones de primavera, de cuadrillas y de calle. Y había canciones para los santos. En Benassal hay documentado un «Goigs al gloriós Sant Cristòfol», que comienza: «Sou columna molt segura...». El archivo lo clasifica como canción religiosa y goig dedicado a san Cristóbal. Los goigs acompañaban las devociones locales y formaban parte de un patrimonio sonoro muy apreciado.
Eran canciones para ser cantadas y escuchadas en grupo, como la ronda bajo el balcón. Los mozos salían de ronda por las calles en las noches festivas. Las guitarras, bandurrias y voces se detenían bajo un balcón, y la canción servía para anunciar una presencia, declarar una intención y hacer que todo el pueblo supiera quién estaba enamorado de quién. La copla permitía desvelar en público lo que resultaba difícil decir en privado, y burlarse, envolviendo en la misma letra amor y humor. A una estrofa tierna podía seguirle una mordaz. El altivo enamorado pasaba a cornudo en cuatro versos. Una familia entera quedaba retratada en una canción que se aprendían todos los niños de la calle.
Las más sorprendentes eran los romances. El Institut Valencià de Cultura publicó en 2022 Fil de la memòria. El romancer tradicional a les comarques de Castelló, de Àlex Torres Tomás, después de más de diez años de investigación. El trabajo reúne más de 150 temas diferentes y 900 versiones procedentes de las comarcas del norte valenciano, además de 183 grabaciones de voz de informantes.
Los romances contaban historias: amores desgraciados, muertes, crímenes, guerras, separaciones, venganzas, desgracias familiares. La gente los aprendía y los transmitía. Una historia podía viajar de pueblo en pueblo transformada en versos. Antes de que la radio entrara en las casas, el pueblo tenía sus propias noticias cantadas. Y así las historias sobrevivían durante generaciones.
Hay una canción que probablemente cualquier castellonense reconoce aún: «La Panderola», que inmortalizó musicalmente al pequeño tren que durante décadas comunicó Castelló, Almassora, Vila-real, Betxí y Onda con el Grau y otros puntos de la Plana. Su comienzo sigue formando parte de la memoria colectiva: «De Castelló a Almassora / xispum tracatrac / va un tren que vola, leré...» Y después llegaba el estribillo, que los niños coreaban encantados: «La Panderola, leré...» La canción popularizó la imagen del tren y dejó constancia de su importancia económica para los habitantes del Grau: «Era de gran ajuda / per als graueros...». La Panderola dejó de circular en 1963, pero su canción sobrevivió. Es una excepción. Muchas otras no tuvieron tanta suerte.
El Fondo de Música Tradicional del CSIC conserva decenas de piezas relacionadas con localidades castellonenses. Solo en Benassal aparecen 83 registros, entre ellos canciones de trilla, de cuna, religiosas, de quintos y otras manifestaciones musicales. En Betxí aparecen 62 piezas: canciones infantiles, narrativas, navideñas y juegos. Cada ficha tiene una historia, un título, una melodía, un informante, un pueblo, y a veces una grabación y una voz, una persona que en algún momento de su vida se sentó delante de un investigador y cantó lo que había aprendido de otra persona.
En Betxí hay alguien que lleva años buscándolas. Jorge Gumbau, conocido como el Xiquet de Betxí, ha recorrido calles y casas preguntando a las personas mayores qué cantaban sus padres y sus abuelos. Parte de ese trabajo acabó en Barreja, su primer disco, publicado en 2025, donde recupera jotas, romances, cantos de batre, cuplets, malagueñas, albaes y canciones de cuna. Es significativo que para encontrar canciones haya que hacer algo tan sencillo como preguntar. «¿Qué cantabais antes?» A veces la respuesta es una melodía, a veces son cuatro versos, a veces es solo un comienzo. Pero esos cuatro versos pueden contener un pueblo entero, una provincia que cantaba.
Acaso la mejor manera de comprender de dónde venimos sea imaginar un día cualquiera de hace un siglo a través del canto. Alguien duerme a un niño con una canción de cuna. En la era se canta mientras se trilla. Los niños juegan en la calle y repiten una canción absurda que han aprendido de otros niños. Por la tarde llegan los mozos, y al caer la noche comienza la ronda. En la taberna se canta una copla, en una casa alguien recuerda un romance, en la iglesia se entona un goig.
Antes la vida no tenía una sola banda sonora: había diez para cada momento del día, y cada pueblo tenía las suyas. Algunas mudaban la letra al cruzar una sierra, otras cambiaban una palabra al llegar al pueblo vecino. Una misma melodía podía servir para una historia de amor, una burla, una despedida o una canción de trabajo. La música era flexible porque la memoria también lo era. Y quizá por eso muchas canciones han desaparecido sin dejar rastro. No murieron, simplemente nadie las cantó, y luego partieron quienes las recordaban.
Quizás ya no exista el Castellón de aquellas letras, que trabajaba cantando, se enamoraba cantando, despedía a sus quintos cantando, jugaba cantando, rezaba cantando y contaba sus desgracias cantando, pero mientras quede alguien que recuerde una sola de sus canciones, el alma de nuestros antepasados seguirá asomándose a un tiempo empeñado en olvidarlos.
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