Opinión | El Trasluz
Locura y salud

Cartas del tarot. / Pexels
Una lectora del periódico con la que coincido en una cafetería me cuenta que hace muchos años, el día que le vino la primera regla, se tragó sin querer una mosca que se había colado en su boca abierta por el asombro. En su casa le habían advertido con brutalidad que a partir de aquel día debía llevar cuidado porque, a poco que hiciese, se podía quedar embarazada. Durante meses creyó estar encinta de la mosca. Creció con esa idea racionalmente inviable, aunque psicológicamente posible. Así, ya de mayor, cuando tuvo su primera hija, creyó ver en ella rasgos de la mosca. La niña creció y ella la quiso, pero no podía dejar de sentir al mismo tiempo cierta aprensión hacia aquellos rasgos, por más que los juzgaba imaginarios. En la actualidad es abuela de dos niños, uno de ellos normal, pero el otro con maneras de insecto.
Le pregunté cuáles eran exactamente esas maneras. Me respondió que el niño se detenía durante horas a observar el vuelo de las moscas, como si entendiera un idioma del que los demás habíamos sido excluidos. Cuando una se golpeaba contra el cristal de la ventana, acudía enseguida a liberarla con una delicadeza impropia de su edad.
Lo extraordinario de las supersticiones no es que sobrevivan a la inteligencia, sino que se las arreglen para convivir con ella. La razón dice una cosa y la imaginación otra. Y ambas llevan existencias paralelas sin molestarse demasiado. Esa mujer sabe que ningún ser humano puede engendrar una mosca ni una mosca un ser humano. Pero hay conocimientos que residen en el cerebro y conocimientos que se instalan en las vísceras. Los primeros discuten; los segundos se someten a leyes anteriores al lenguaje.
No pasar por debajo de una escalera. Tocar madera. Evitar un número…
Quizá la diferencia entre la locura y la salud mental no consista en tener o no tener fantasías de esta clase, sino en el trato que establecemos con ellas. La señora jamás dejó que aquella mosca gobernara su vida, aunque tampoco consiguió expulsarla del todo. Sigue zumbando, muy de vez en cuando, en algún rincón de su memoria, como esos insectos que, una vez encerrados en una habitación, desaparecen durante horas hasta que el silencio vuelve a llenarse de su presencia.
Fuente: La Nueva España
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