La desbordante autoridad de Daniel Luque y un zalduendo de cara bravura
Rotunda tarde del sevillano, poderoso y contundente en su lote, especialmente frente al encastado quinto, ‘Ablativo’, un toro de vuelta al ruedo al que corta las dos orejas abriendo la puerta grande

Las imágenes del sábado taurino de la Magdalena 2026 /
Jorge Casals
Soberbio Daniel Luque en Castelló. En la corrida de ayer dio una dimensión de auténtica figura del toreo, un aviso de sus intenciones para lo que viene esta temporada, porque aquí hay torero para medirse con todo y con todos. Ojo al dulce momento del sevillano, que pisa los terrenos con una firmeza asombrosa y un poso sabroso que da gusto verlo. Lo mejor de la tarde llegó frente al encastado quinto de Zalduendo, un toro con trapío, de excelentes hechuras, guapo por donde se mirase, que se llevó una ovación de salida. Se enceló sobremanera con el varilarguero y allá que se iba cada vez que lo veía, en una demostración de bravura. ¿Qué es si no, acometer una y otra vez allá donde te castigan? Dos buenos puyazos se llevó y algún que otro encontronazo más, con el desgaste que eso supone.
Importante la labor de la cuadrilla, Juan Contreras y Antonio Manuel Punta, y del propio torero para mantener el orden, que no era fácil. Bien en banderillas Punta. Luque volvió a dar toda una lección de autoridad y capacidad. Naturalidad, cadencia y suavidad ante un toro que le costaba romper, había que sacárselo, buscar en su interior. Pero Luque acabó pudiéndole al zalduendo y sacó el fondo que se guardaba. Se rompió con el animal, explotó su tauromaquia variada, improvisada y de mucho gobierno, y el toro le acompañó. Hubo naturales muy embraguetados y sentidos antes de unas luquecinas que pusieron al público en pie. Se entregó el toro, a más, a la entrega de Luque, que lo acabó toreando a placer. Se fue a los medios a matarlo de un estoconazo, como merecen los bravos, hasta la bola. Vendió cara su muerte este Ablativo, de Zalduendo, aunque el público lo entendió y tuvo paciencia. Las dos orejas cayeron a plomo al igual que el pañuelo azul. Ablativo fue reconocido con la vuelta al ruedo póstuma, que dio entre un clamor general. Y Luque se ganaba el derecho a abrir una puerta grande que se había cerrado con la espada en su primero.

Tarde de toros y sonrisas en Castelló / Erik Pradas / Erik Pradas
Salió algo dormido el primero de Luque, segundo de la tarde. Comenzó por estatuarios justo en el mismo momento en el que comenzó a soplar el viento. No le importó al torero. Comenzó dando distancia para aprovechar la inercia de un animal nada fácil que se vencía por los adentros, pero el torero le obligó y lo sometió. En un cambio de mano que acabó siendo prácticamente un circular, rompió el público con el de Gerena. Seguridad aplastante. Las trincherillas y los cambios de mano, monumentales. Poderoso, como si estuviera en un tentadero, y con unos pases trenzados con el reverso de la muleta, levantó al público de sus asientos. Y entre tanto, algún kikirikí muy sevillano. Mató de media estocada y pinchazo, y se le esfumó el premio, siendo ovacionado. Era tarde de cuatro orejas pero más allá de los trofeos, queda la sensación de estar ante un torero gigante que pide guerra.
Castella y Rufo, oreja
Entró Tomás Rufo sustituyendo al lesionado Emilio de Justo, cortando una oreja de su primero, que tenía una embestida que decía bien poco, sin acabar de embestir por abajo. El de Pepino le puso la pasión que le faltó al animal, muy centrado, poderoso y atacando desde un primer momento. Al natural hubo pasajes contundentes. Faena a más, que epilogó con luquecinas antes de dejar una estocada entera perpendicular, y un descabello, cortando una oreja. Lo intentó por todos los medios frente al apagado sexto, pero no hubo manera. Lo mejor, la estocada con la que tumbó al animal.
Hubo oficio y solvencia en las dos faenas de Sebastián Castella, aunque se vivieron con cierta frialdad en la grada. Su primero tuvo muchas virtudes, sobre todo por el pitón izquierdo, por donde colocaba mejor la cara, con mayor clase, y por ahí dejó el torero algún natural, algo periférico. Mató de una estocada casi entera y paseó una oreja algo desangelada.
Con ritmo embistió el castaño que hizo cuarto al capote de Castella, que después quitó por altaneras vistosas. Le dio tiempo y celo al animal para afianzarlo, y acabó embistiendo bien, con alegría y sacó el fondo suficiente. Castella lo sometió con esa sobriedad que le caracteriza y ligó en un palmo girando sobre los talones. Faena de nuevo solvente y fácil, pero con poco eco. Con el toro ya más afligido, acortó distancias. Excesivo metraje. No estaba la tarde para él, el nombre propio era Luque.
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