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NEFROLOGÍA

Cómo proteger los riñones del calor: la guía de una nefróloga para este verano

La deshidratación y la pérdida de electrolitos durante las olas de calor pueden llevar a una disminución de la capacidad de filtración del riñón, según la nefróloga Vanessa Lopes

Cómo proteger los riñones del calor: la guía de una nefróloga para este verano

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Cada verano, las altas temperaturas obligan a extremar las precauciones para evitar golpes de calor, deshidratación o problemas cardiovasculares. Sin embargo, existe un órgano que también sufre especialmente frente al calor extremo y al que, en muchas ocasiones, apenas se presta atención: el riñón. Su papel es fundamental para regular el equilibrio de los líquidos, la presión arterial o la concentración de electrolitos del organismo, por lo que cualquier alteración provocada por el calor puede afectar a su funcionamiento.

La doctora Vanessa Lopes, nefróloga del H.U. Ramón y Cajal, advierte de que las temperaturas extremas pueden afectar tanto a personas sanas como a pacientes con enfermedades crónicas, aunque el riesgo no es el mismo en todos los casos.

El calor también pone a prueba a los riñones

Aunque el golpe de calor suele asociarse a síntomas como mareos, agotamiento o pérdida de conocimiento, los riñones también pueden verse seriamente afectados cuando las temperaturas se disparan. Según explica la especialista, "el calor extremo es peligroso para todos los órganos internos, ya que suelen sufrir una disminución de riego sanguíneo porque nuestro organismo lo redistribuye a la piel, que es nuestro refrigerador natural, para poder realizar la disipación de la temperatura corporal".

Los estudios científicos ya han observado esta relación. Tal y como señala Lopes, "existen diversos estudios que han relacionado un mayor número de casos de daño renal agudo durante las olas de calor en comparación a climas más suaves". Incluso recuerda que las temperaturas extremadamente bajas también se asocian a un incremento de lesiones renales, aunque en ese caso suelen deberse a otras enfermedades, como infecciones respiratorias graves o descompensaciones de patologías crónicas.

La exposición repetida al calor también puede tener consecuencias a largo plazo. La nefróloga explica que "también hay evidencia de que la exposición repetida al calor contribuye al desarrollo de enfermedad renal crónica". Además, añade que también se ha observado una ligera asociación entre determinadas profesiones, como camioneros, conductores de largas distancias o taxistas.

La deshidratación reduce la capacidad de filtración del riñón

El funcionamiento normal de los riñones depende de recibir un importante flujo de sangre de forma constante. Por eso, cuando el organismo intenta combatir el calor desviando parte de la circulación hacia la piel para refrigerarse, estos órganos empiezan a trabajar en condiciones menos favorables.

Como explica Vanessa Lopes, "los riñones son muy sensibles a los cambios de temperatura extremos porque son los encargados de la regulación de la presión arterial, el volumen de fluidos que circulan por nuestra sangre y de las concentraciones de electrolitos, y estos procesos se ven muy alterados por las condiciones climatológicas adversas".

Durante una exposición intensa y prolongada al calor, el organismo pone en marcha mecanismos de compensación para conservar agua y sal. Como consecuencia, "la orina se concentra, adquiere un color más oscuro y orinemos menos cantidad", una de las primeras señales de alarma que conviene tener en cuenta.

Además, la falta de hidratación favorece la aparición de otros problemas asociados. Según explica, también "favorece que baje la presión arterial y los pacientes se mareen y estén más cansados, aumenta la probabilidad de cálculos renales por la mayor concentración de la orina y también aumenta el riesgo de daño renal en personas que toman ciertos medicamentos como antiinflamatorios no esteroideos, diuréticos o algunos antihipertensivos".

Un golpe de calor también puede provocar una lesión renal grave

La doctora Vanessa Lopes insiste en que no es necesario padecer una enfermedad renal para que las altas temperaturas afecten al funcionamiento de los riñones. "Una persona sana puede sufrir un daño renal agudo si la exposición a elevadas temperaturas supera su capacidad de regulación térmica, especialmente si la exposición al calor se acompaña de alta humedad que dificulta la disipación de calor por la piel o si se está realizando ejercicio físico intenso o trabajo físico expuesto a estas condiciones sin medidas de protección adecuadas".

A ello se suman otros factores que incrementan el riesgo durante el verano. La especialista señala que el consumo de alcohol, determinados medicamentos o padecer procesos con fiebre, vómitos o diarrea pueden agravar la deshidratación y favorecer el daño renal.

¿Cuáles son los grupos más vulnerables?

Aunque cualquier persona debe extremar las precauciones durante una ola de calor, la especialista recuerda que existen colectivos especialmente sensibles.

  • Pacientes con enfermedad renal crónica, "tienen menos reserva funcional renal y menor capacidad para tolerar cambios bruscos del volumen circulante, la presión arterial y los electrolitos". Además, muchos de ellos reciben tratamientos con diuréticos o fármacos para controlar la tensión arterial, lo que obliga a vigilar todavía más su hidratación.
  • Bebés, personas mayores dependientes
  • Personas con enfermedades como insuficiencia cardíaca, cirrosis o diabetes mal controlada, ya que todos ellos presentan una menor capacidad para regular la temperatura corporal o un mayor riesgo de perder líquidos.

Beber más agua no siempre es la solución

Uno de los mensajes más repetidos durante el verano es la necesidad de beber mucha agua. Sin embargo, la nefróloga considera que esta recomendación debe matizarse y adaptarse a cada caso."La hidratación debe adaptarse a la intensidad de exposición al calor, al volumen de pérdidas de fluidos y el grado de actividad física, teniendo siempre en cuenta las enfermedades crónicas que se puedan padecer y los medicamentos que se toman", explica.

En personas sanas sometidas a un calor moderado, beber agua de forma regular suele ser suficiente. Sin embargo, "cuando existe sudoración prolongada e intensa acompañado de una elevada actividad física, no solo se pierde agua, sino también minerales como el sodio. Reponer exclusivamente grandes cantidades de agua puede diluir el sodio de la sangre y causar un trastorno llamado hiponatremia", explica.

En estos casos recomienda recurrir a soluciones isotónicas o sueros de rehidratación oral, evitando bebidas comerciales con exceso de azúcar o cafeína.

La prevención, recuerda, pasa por conocer las necesidades de cada persona, adaptar la hidratación a las circunstancias y prestar atención a las señales que envía el organismo antes de que aparezcan complicaciones. Una estrategia sencilla que puede marcar la diferencia para proteger uno de los órganos más sensibles durante los meses de calor.

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