Que los seguidores más ortodoxos de los Beatles perdonen nuestros pecados, pero Ringo Starr era el mejor del cuarteto de Liverpool. Al menos el más agradable, porque no se consideraba imprescindible. No hace ruido --excepto con la batería-- y asume con júbilo el cometido de reliquia. De Lennon y Harrison hay demasiado que decir: sus músicas, igual que plegarias, llegan del más allá, como si un fantasma te soplara en los pelillos del cogote. Lennon y Harrison siempre estremecen.

Repartidos los buenos papeles, el de antipático está reservado para McCartney, que envejece con rasgos femeninos, como Michael Douglas. Algunos hombres, cuando se hacen mayores, se parecen a sus madres.

McCartney se ha separado de Heather Mills y nadie lo lamentará, ni siquiera Keith Richards que, después de caerse de un cocotero como si estuviera maduro, tal vez tenga alterada la percepción de la realidad, aunque en él esa sensación no es novedosa.

Es chocante haber sobrevivido a todas las drogas y a Mick Jagger y que un coco te mate. Un lamentable y desconsolador epitafio.

La pareja McCartney-Mills parecía más falsa que una reconciliación de los Beatles. Al final ella será multimillonaria, tras una cruda y retorcida batalla judicial, y convertirá a Yoko Ono en una bendita.

Mis simpatías por Ringo Starr aumentaron la semana pasada en León después de conocer a una familiar suya de apellido Starkey, el original del exbeatle. La joven se llama Marina y su padre es primo hermano de Ringo Starr, Richard Starkey. Difícil imaginar que una parte de la historia de los Beatles pasa por Castilla y León.