Nunca hubiera deseado escribir estas líneas, lo hago con una profundísima tristeza, sin duda la más honda que he tenido en mi vida. Mi padre ya no está aquí conmigo, y la verdad es que desde su reciente ida, el dolor ha invadido mi existencia, convirtiéndola en un valle de lágrimas.

Siento miedo a no poder vivir sin su compañía, y añoro con un sentimiento que en ocasiones parece ahogarme su presencia a mi lado. Como cualquier relación padre-hijo, tuvimos momentos buenos, no tan buenos, y otros extraordinarios e inolvidables. Me encantaba subirme en el coche a su lado, e irnos a descubrir paraísos perdidos en esta nuestra provincia de Castellón; el mundo era nuestro. Nuestro fue también el Camino de Santiago del año 93, la niebla del Alto do Poyo; el espalda a espalda defendiéndonos con las baras de Peregrino de dos perros que nos atacaron; la carne que comimos, que como nos contestaron "que carne va ser, carne, carne"; la chopada en La Bacolla; y Santiago- la columna con la mano del Apóstol, en la que te confieso que uno de mis tres deseos fue por ti papá.

Siempre fuiste un médico vocacional, entregado a tu trabajo en cuerpo y alma. Te acuerdas de aquel niño al que subiste en aquel flamante 124; tú diagnóstico, una vez más, no falló, la peritonitis de aquel chaval no permitió que tu arriesgado viaje desde Artana a Castellón, fuera suficiente para salvarle la vida. Estuviste muchos días llorando por ese niño, siempre supiste conjugar a la perfección el lado humano y profesional en tu trabajo, representabas como nadie ese perfil de médico humanista que tanto bien hace- por eso, seguro que desde el cielo sabrás como nos sentimos sin tu presencia. La noche que va del domingo al lunes de Pascua, te fuiste. El débil hilo de vida con el que saliste de casa no fue suficiente para que los magníficos profesionales que te atendieron, a los que siempre les estaré agradecido por lo que hicieron, pudieran dejarte más tiempo entre nosotros.

Tras nueve meses de verme crecer, nos conocimos, en una ronda de Castellón que lleva el nombre de la Ermita que te apasionaba, la Magdalena, allí nací yo, y allí, cosas del destino, te despediste de mí, tras un beso que te dí, muy cerca de ese lugar, un beso que encontró un extraño frío, preludio de tu partida.

Sembraste el bien y no sabes el orgullo que me produce. Al hablar con pacientes tuyos, siempre se desprende de su mirada un enorme cariño hacia esa persona que fue su amigo y su médico.

La mamá y tú, construisteis para mí un milagro aquí en la tierra, Geno, Lis y Ramón es su nombre, seguro que desde el cielo, que como dicen Belén y María es donde está el abu, te encantará ver a tu familia, y ese milagro, esa familia, está tremendamente agradecida por el cariño que de verdad desde el corazón ha recibido estos días, y por ese sobrecogedor homenaje que recibiste el martes.

¡Gracias! No sabéis lo importante de saberse querido en esta terrenal existencia, porque si hay amor, siempre habrá vida. ¡Papá, nos vemos en el cielo!

Gonzalo Romero Casaña