La llamaron la cumbre del “bla bla”. A lo largo de tres días se ha hablado mucho pero, todo sigue igual. La Conferencia de la ONU sobre desarrollo sostenible, Río+20, debía concluir anoche, madrugada en España, con un evidente sabor rancio. El documento final, titulado El futuro que queremos, no solo recibió críticas por parte de oenegés de toda índole, sino que ni siquiera estaba garantizada una firma unánime ante las reticencias de algunos presidentes. “Fracaso de proporciones épicas”, lo definió Greenpeace por sus lagunas y ambigüedades. Quienes defendieron el texto solo atinaron a esgrimir que sus 49 páginas fueron lo mejor que pudieron obtener tras arduas negociaciones entre bambalinas.

“Es un atentado a los pueblos porque es un documento vacío, sin alma y sin compromisos concretos”, lo definió Amigos de la Tierra Internacional. El futuro que queremos, señalaron los impugnadores, no ofrece un horizonte esperanzador: falta un explícito compromiso de los países ricos con la financiación de las acciones del desarrollo sostenible. Está lleno de “sugerimos”, pero brillan por su ausencia las acciones concretas. Otras oenegés lamentaron no haber conseguido elevar a la categoría de agencia independiente el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma).

Río+20 puso otra vez en escena las divisiones entre EEUU, Canadá y la Unión Europea, de un lado, y el llamado G77+China, que reclamó crear un fondo anual de 30.000 millones de dólares para promover el desarrollo sostenible. La crisis global convirtió esa demanda en irrealizable.

El el ministro español de Agricultura y Medio Ambiente, Miguel Arias Cañete, destacó que el texto de Rio+20 marcaba “la senda para avanzar en el desarrollo sostenible”. H