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Los trastornos alimenticios y la obsesión por lo sano aumentan hasta un 50% durante la pandemia

El aislamiento y los cambios de hábitos fomentan problemas de salud mental que afectan más a los jóvenes - Pérdida de peso, exceso de ejercicio, mal humor o insomnio son algunos síntomas

La obsesión por la comida saludable puede ser un factor de los trastornos alimenticios.

Los desórdenes o trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y la obsesión por lo sano han aumentado hasta un 50% desde el inicio de la pandemia. El aislamiento y los cambios de hábitos han fomentado estos problemas de salud mental que afectan sobre todo a jóvenes. Los expertos apuntan a la pérdida de peso, exceso de ejercicio, mal humos o, incluso, insomnio como posibles síntomas que pueden alertar a las familias.

Los TCA son enfermedades que, en ocasiones, ponen en riesgo la vida de la persona que las sufren. Se caracterizan por anomalías en los hábitos alimentarios que pueden implicar tanto ingestas de alimentos insuficiente como excesiva y afecta a la salud física y emocional. Los jóvenes de entre 12 y 24 años son los que más las padecen y, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se trata de un problema de salud mental que afecta más a las mujeres.

Ser altamente perfeccionista y exigente, llegar a la pubertad con sobrepeso, las campañas publicitarias de infinidad de productos para adelgazar, las redes sociales o convivir con una familia preocupada por la imagen y la apariencia son factores que pueden predisponer este tipo de trastornos, pero si además sumamos, según apuntan los expertos, el aislamiento social por el coronavirus, la angustia y el miedo por no saber qué pasará, los cambios de hábitos alimenticios y la sobreexposición a las redes sociales, «nos encontramos ante un aumento significativo de casos».

La doctora en psicología Yolanda Quiles trabaja en el centro CREA, especializado en el tratamiento de los trastornos de la conducta alimentaria ubicado en Elche, detalla que desde noviembre de 2020 «empezamos a notar un repunte de llamadas para recibir asesoramiento y de atención de nuevos pacientes».

En su caso, es la primera que se reúne con los afectados y asegura que «sorprende que todos repiten la misma frase: ‘todo esto empezó en el confinamiento’». Durante los meses de aislamiento total los jóvenes fueron los que más cambiaron su forma de vida, los que más se encerraron en sí mismos y los que más se refugiaron en redes sociales, adoptando en muchos casos conductas que copiaban de influencers. Y fue después del verano de 2020 cuando «los signos de la enfermedad empezaron a hacerse evidentes para su entorno», apunta Quiles.

Pérdida de peso, incremento notable de la actividad física, aislamientos, mal humor, problemas de concentración, insomnio, pérdida de la menstruación..., la lista de síntomas es extensa, señala la doctora Herminia Hernaiz, especialista en psicología clínica. «Hay que separar lo emocional y conductual, como cambios en el comportamiento u obsesión por el peso o las dietas, con lo físico, bajan de tallas, desmayos, sensación de frío, trastornos del sueño...».

Pese a que se trata de un problema de salud mental que afecta sobre todo a jóvenes de entre 12 y 24 años, los expertos diferencian entre un primer grupo que iría de los 12 a los 17 y un segundo de los 18 a los 24. Según las estadísticas que baraja Hernaiz, desde el inicio de la pandemia «hay un tercio más» de casos en el primer grupo, mientras que el incremento en el segundo ronda el 35%.

Yolanda Quiles, en base a los datos de atenciones en el centro CREA, eleva al 50% el aumento de TCA y explica que en 2020 recibieron 70 peticiones de asesoramiento frente «a las 146 que llevamos en 2021». Otra cifra destacada es la edad del conocido como «debut», el inicio de la enfermedad, ya que «se situaba en los 14 años y nos estamos encontrando que está bajando hasta los 12 años».

Esta psicóloga insiste en que «en 8 años no nos habíamos encontrado un aumento de casos tan elevado» y asegura que «es generalizado», ya que «hemos contactados con otras unidades y recursos, tanto públicos como privados, y están igual que nosotros».

Las obsesiones por comer de forma saludable y hacer ejercicio también han aumentado, y en algunos casos se han convertido en un factor añadido para sufrir un trastorno alimenticio. «Es evidente que comer de forma saludable y la actividad física promueven la salud y el bienestar, pero cuando esos hábitos se convierten en una obsesión dejan de producir ese bienestar», insiste Herminia Hernaiz.

En los últimos tiempos se habla mucho de comer alimentos que no estén procesados, sin aditivos..., una «moda» que ha servido a los especialistas para detectar otro tipo de problemas, pero que, según Yolanda Quiles, también ha provocado que los TCA se «camuflen» y cuesten más de detectar. Un ejemplo es que «si tu hija te pide que en vez de un bocadillo le prepares fruta para desayunar puedes pensar que es un hábito saludable», pero al final detrás puede haber un problema grave, insiste Quiles.

La OMS destaca que los TCA siguen afectando en mayor proporción a las mujeres. En el centro CREA, según Yolanda Quiles, «de cada 10 pacientes 9 son chicas y 1 chico», y es que «en los hombres el ideal de belleza no es de tanta delgadez, ellos lo tienen más asociado a un cuerpo musculoso».

Pese a que la anorexia es el trastorno más conocido, Quiles asegura que «la bulimia es más frecuente» y, en ocasiones, se tarda más en diagnosticar porque «no existe ese cuerpo tan delgado». La psicóloga insiste en la gravedad de este trastorno, ya que las personas que lo padecen experimentan episodios de purga que conllevan problemas «gravísimos en el aparato digestivo».

Volviendo al confinamiento, fueron meses de incertidumbre y aislamiento en los que en gran parte de los hogares la gente ocupó parte del tiempo libre cocinando. Cocas, panes, tartas, pizzas y un largo etcétera, en su mayoría de dulces, que provocaron un aumento de peso generalizado. «Mi hija siempre ha practicado mucho ejercicio, pero últimamente no tenía tiempo», un factor que sumado al cambio físico de la adolescencia y al confinamiento «hizo que engordase un poco», detalla una madre que prefiere mantener el anonimato.

Tras finalizar el confinamiento «volvió a hacer deporte y perdió algo de peso, ¿y qué pasa?, que todo el mundo le decía lo ‘guapa que estaba’ y eso le estimulaba aún más». Pero además, al haber aprendido a cocinar mientras estuvo en casa, «ella ponía empeño en preparar la comida y así, sin yo saberlo, controlar su dieta», explica la mujer.

De 58 a 40 kilos. Así de drástico fue el cambio que la joven realizó en menos de un año. «En el fondo ella sabía que algo no estaba bien, porque vestía con ropa holgada para que no me diese cuenta de lo delgada que estaba», pero por mucho que las jóvenes intenten esconder el trastorno «al final se evidencia», porque «llegó un momento que yo veía que hacía ejercicio como si le fuera la vida en ello, que dormía mal...», pero el detonante fue que «dejo de tener la menstruación».

La joven llegó a reconocer a su madre que «no sabía que le pasaba, que no se encontraba bien y que le daba miedo comer» e inmediatamente «consulté al médico de cabecera, que me dijo que era anorexia o principio de anorexia». Esta madre lamenta que los trámites en la seguridad social sean «lentos», pese a ser fundamental iniciar el tratamiento cuanto antes. En su caso, se puso en manos de un psicólogo y, aunque de forma lenta, «está mejorando mucho».

Al conocer el problema de su hija, «empecé a conocer otros casos cercanos», de hecho en el mismo grupo de amigas habían dos más», pero también «supe de hijas de amigas o conocidas» y lo más impactante «es que todas empezaron a tener problemas en el confinamiento», concluye.

Las cifras

35%: Aumento en personas de entre 18 y 24 años de edad

Los expertos calculan que un 35% más de jóvenes entre 18 y 24 años sufren trastornos alimentarios desde el inicio de la pandemia, mientras que el aumento es de un tercio entre 12 y 17 años.

90%: Abrumadora mayoría de mujeres afectadas 

De cada 10 personas que acuden al centro especializado CREA por trastornos alimentarios, 9 son mujeres y 1 hombres.


Detectar la enfermedad en fases tempranas facilita la recuperación

Como en cualquier enfermedad, un diagnóstico precoz supone un mejor pronóstico. Los expertos insisten que ante la mínima sospecha hay que recurrir a profesionales, ya que es «muy importante» iniciar un tratamiento cuanto antes.

La doctora en psicología Yolanda Quiles explica que una persona con trastorno alimenticio necesita una media de dos años para recuperarse, un tiempo que, recalca, «depende mucho de cada caso» y de la fase en la que se detecte el problema. No obstante, Quiles recuerda que este tipo de trastornos «son problemas de salud mental graves» que requieren en la mayoría de casos de la ayuda de diferentes especialistas, como pueden ser psiquiatras, psicólogos y/o nutricionistas.

También la doctora Herminia Heraiz, especialista en psicología clínica, insiste en la importancia de «actual inmediatamente», ya que consultar con especialistas de forma prematura puede, incluso, «evitar el problema». El pediatra o el médico de familia, dependiendo de la edad, puede una primera opción. «Ellos tienen recursos para diagnosticar el trastorno y derivar a otros profesionales si lo consideran».

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