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El Periódico Mediterráneo

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Así pensaba y actuaba Igor Postolache, el acusado de matar a Erika Yunga

El presunto asesino de la menor de Vallobín, frío, solitario y escasamente empático, caía mejor a sus profesores que a sus compañeros

Así era Postolache.

Alto y delgado pero fibroso de gimnasio, sobre el metro ochenta. Mirada fría, de intensos ojos azules. Poco hablador y vestimenta neutra, en ocasiones un chándal negro. La cabeza, rapada al cero, era transparente por fuera; pero dentro de ella se antoja un laberinto que los forenses habrán de desentrañar. El perfil psicológico de Igor Postolache, el hombre de 32 años y origen moldavo acusado del cruel asesinato a cuchilladas de la adolescente de 14 años Erika Yunga el pasado martes en Oviedo, dibuja lo rasgos de una personalidad escasamente empática en el trato cercano que sin embargo se desataba en el contacto directo con chicas adolescentes y menores, a las que acosaba, perseguía y acorralaba en plena calle. Casi siempre sin un patrón firme, en ocasiones con palabras groseras, según el relato de las víctimas, en ocasiones con fingida zalamería: “Eres muy guapa, me gustas mucho, ¿te vienes conmigo?”, frase que aparece en una de las sentencias de los dos procesos judiciales que hasta hoy tienen a este presunto asesino como denunciado. De una salió indemne, porque su actitud no alcanzaba ni siquiera la consideración de un delito leve de amenazas –la palabra de ella, que aseguró que le propuso taparle la cabeza con una bolsa, contra la de él, que lo negó–. De la otra, tras acosar a una joven de Trubia, una vez en el autobús de la línea a Oviedo y otra en las fiestas de San Mateo, fue condenado a una multa de 480 euros. Su abogado recurrió y la sanción se quedó en la mitad: 240.

De la personalidad de Igor Postolache se sabe, por el relato de algunas víctimas y las sentencias judiciales, que era impulsivo y que sentía especial atracción por un tipo de cortejo que se aleja de los límites sociales. Uno tosco, obsesivo, molesto, que incordiaba a sus víctimas sabiendo, muy probablemente, que sus posibilidades de éxito eran más bien escasas. Eso era lo menos importante, lo relevante era el subidón de adrenalina de acercarse a una de las chicas y soltarle la frase que, muy probablemente, hubiera elaborado unas horas o incluso días, él solo en su casa. Seguramente para sus adentros o al estilo de Robert de Niro en “Taxi Driver”. Hasta que, un día de tanto jugar en ese límite lo traspasó, y al cruzar esa línea acabó también con la vida de Erika Yumba, su vecina de solo 14 años.

Volviendo a los casos de acoso que, sin demasiado éxito, llegaron a las mesas de los juzgados asturianos, de los testimonios que aparecen en las diligencias pueden sacarse algunas conclusiones. Vivía en Trubia, pero acosaba a sus víctimas en Oviedo, más concretamente en el centro. Se obtienen dos conclusiones de esa conducta: en primer lugar, que no quería dejar huella cerca de su casa (aunque ese plan se quebró con el caso de Erika). Sabía que lo que hacía estaba mal, pero no sentía arrepentimiento. Sí que sentía culpa, como evidencian los minutos tras el ataque a Erika. En segundo lugar, habría que destacar el lugar elegido por el acoso: el centro de la ciudad o el autobús Trubia-Oviedo, donde las posibilidades de éxito de un ataque como los que expresaba verbalmente tenían poco o nulo recorrido. Rodeado de gente por todas partes, es muy improbable conseguir el objetivo de una conducta que se sale de la norma. Por eso intentaba tirar de lo que consideraba persuasión, que a ojos de todos los demás no es más que acoso. Por eso y porque esa conducta le llevaba al subidón de adrenalina.

Otro de los rasgos evidentes de su conducta, de libro, es un exacerbado narcisismo, que se demuestra en el hecho de sentirse perseguido por la policía y en la forma en la que negaba los casos de acoso a sus víctimas. Es rasgo persistente entre los acosadores que suelen tender a sentirse especiales y únicos y a mostrarse absortos por ideas o fantasías de éxito y poder.

Antiguos compañeros de clase consultados por este periódico dicen que solía caer bien a los profesores y mal al resto de la clase. Otra pista sobre una personalidad que tiende hacia el narcisismo, hacia la manipulación de los demás. Orientando esa manipulación hacia aquellos de los que puede sacar algo, evidentemente y mostrando muy poco interés por aquellos de los que no podía sacar nada, aquellos que para él estaban yermos. Por eso mismo pasaba desapercibido en los diferentes barrios en los que había vivido, como un fantasma que no proyecta sombra ni deja poso. Tampoco le interesaba ser conocido. Esas buenas relaciones con los profesores le sirvieron para sacar adelante los estudios: un módulo relacionado con el metal y otro con la administración.

Los testimonios recabados señalan que el asesino aborrecía la compañía. Le costaba horrores relacionarse con los demás

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La mayoría de los casos están, además, concentrados en periodos muy concretos de tiempo, como el verano o las puertas de la Navidad. Lo que deja entrever que están desencadenados por algún hecho concreto, como la ausencia de un familiar cercano, un fracaso amoroso o incluso algo mucho más sutil. Paraba cuando comenzaba a sentirse amenazado y entendía que había excedido el límite.

Los testimonios recabados señalan que aborrecía la compañía, lo cual a ojos de una sociedad tan colectivista suele resultar bastante extraño. Pero no lo es tanto. Lo realmente significativo es que cuando estaba con otras personas le costaba horrores relacionarse, como si los demás no le interesan lo más mínimo. Dice uno de los abogados que lo asistió durante uno de los juicios que pasó dos horas con él a la espera de que comenzara la vista sin que mediaran palabra. Lo que demuestra una enorme falta de interés en los demás, salvo sacar de ellos algo positivo para su propio interés. También una vecina de Trubia con la que coincidía en el autobús hacia Oviedo declaró que había intentado sacarle varias veces las palabras de la boca, hasta tener más o menos una conversación. Una situación incómoda para él, porque suponía exponerse demasiado.

El ataque a Erika se sale de todos estos patrones, aunque no tanto. Teniendo más libertad, puesto que acababa de mudarse de Trubia a Oviedo, pudo pensar que era la oportunidad para materializar por fin todas sus fantasías. Con un resultado atroz para Erika Yumba. Las cuchilladas que se autoinfligió demuestran que una vez cometido el crimen le carcomió un sentimiento de culpa. Desechada la posibilidad de la psicopatía, su caso, según los expertos, parece el de una desviación de la personalidad que afecta a su conducta. Lo cual no resulta un eximente a la hora de calificar una suma de delitos que podrían conducir a una sentencia de prisión permanente revisable, a juicio de los juristas.

Aún quedan por resolver muchas incógnitas acerca de un suceso que estremeció esta semana no solo al barrio de Vallobín, escenario del crimen, sino también a Oviedo y a la región entera. ¿Qué había atraído al depredador, para ensañarse en ella, de una adolescente “sencilla y dulce”, según el relato de sus compañeros y profesores del instituto de La Ería? ¿Por qué cebarse en la hija menor de una familia de origen ecuatoriano de cinco miembros muy vinculada a la congregación religiosa de las Hijas de María Inmaculada, en cuyo centro social la madre de la víctima, Alba Alvarado, llevaba años trabajando como recepcionista? ¿Conocía los hábitos y horarios de Erika y había decidido aguardarla emboscado justo ese fatídico martes 5 de abril, a la hora del regreso de clase, en la escalera del edificio en el que ambos vivían, en el número 69 de la calle Vázquez de Mella? ¿La pretensión de Postolache era perpetrar una violación, la menor se defendió y el asesino decidió resolver la disputa a puñaladas? Solo él lo sabe y hasta ahora se ha negado a declarar ante la juez encargada de instruir las diligencias de un caso en el que concurren circunstancias que para el fiscal suponen la imputación de un delito de asesinato y otro de agresión sexual en grado de tentativa.

Un reguero de sangre condujo a la detención del presunto asesino, que intentó quitarse la vida tal vez con el arma blanca con el que minutos antes había asestado varias puñaladas mortales a su víctima, una menor a la que lloran padres y hermanos, una congregación religiosa cuya madre superiora había sido su madrina en la pila bautismal y un instituto de Secundaria en el que no le ponen un solo reparo a una niña ejemplar y cuya ausencia definitiva ha obligado a emplearse a fondo al orientador del centro, José Manuel García Argüello.

Un reguero de sangre delató al asesino, que se recupera en el hospital de las heridas que se produjo a sí mismo. El reguero de víctimas acosadas que se ha ido haciendo público a través de testimonios personales y de las redes sociales tras la violenta muerte de Erika Yunga confirma que cualquier prevención es poco ante conductas como las de Igor Postolache, el joven de mirada fría, tan gélida como el filo de un cuchillo.

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