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El Periódico Mediterráneo

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Guerra en el Este de Europa

Igor Chumak, del horror de la invasión rusa al remanso gallego

El ucraniano-vigués descansa con sus padres adoptivos antes de volver a Kiev con víveres | “Fuimos los primeros en entrar en Bucha, había muchísima gente muerta”, relata a FARO

El ucraniano-vigués vuelve a su tierra de adopción: "Sientes un miedo que no se puede explicar". Rafa López

FARO DE VIGO, diario perteneciente al grupo Prensa Ibérica al igual que este medio, descubrió para el mundo a Igor Chumak a los cinco días del comienzo de la invasión rusa, cuando soldaba barreras antitanque en Kiev. En marzo mostrábamos cómo ayudaba a mujeres, ancianos y niños a huir de Irpín. El 4 de abril publicábamos su relato como testigo de la masacre de Bucha, y dos semanas después aportó su testimonio tras el ataque ruso a Leópolis, capital de la Galicia ucraniana. Ahora el joven ucraniano-vigués está en la Galicia española, su tierra de adopción desde que tenía 7 años. Descansa unos días en la casa de Mos del matrimonio vigués que lo adoptó junto a su hermana Inna, los pedagogos Rosa Montenegro y Pedro Matas. Pero Igor solo piensa en ayudar y en acudir donde lo necesitan, y ya se plantea acudir con su furgoneta repleta de víveres a Zaporiyia, ciudad cercana a la ciudad mártir de Mariúpol.

“Estoy un poco cansado, pero bien”, dice a FARO Chumak, de 32 años, en la casa de Louredo (Mos) donde descansa hasta el jueves. Se ha metido 6.000 kilómetros en 8 días de viaje en solitario desde Ucrania, atravesando Polonia, Alemania, Suiza y Francia. Hizo escalas en Murcia, donde sus amigos donaron provisiones, y en Lisboa, donde también cargó su furgoneta. “Ha sido un poco duro, pero cuando quería dormir paraba el coche y dormía una hora o dos antes de continuar. Me gusta conducir”, dice, quitándole importancia a su esfuerzo.

Apenas ha dormido un par de horas, pero solo piensa en la misión que emprenderá a su regreso. “En la frontera ucraniana voy a ver si algún sitio necesita mucha comida, como Zaporiyia, que está cerca de Mariúpol. Si allí necesitan comida iré para allá directamente. Por eso llevo conmigo siempre en el coche el chaleco antibalas. Amigos de Rosa se unieron para comprarlo. No pesa mucho pero protege bien”, explica.

Su enorme vehículo está lleno de comida. Sus amigos de Portugal lo cargaron con casi 2.000 kilos tras recaudar casi 6.000 euros en la iglesia. “Si tuviera una furgoneta más grande también la podría llenar”, asegura, aunque reconoce que la gente ya no envía a Ucrania tanta comida y medicinas como al principio de la invasión: “Todos se cansan; nosotros también, pero no podemos parar”.

Ese “no parar” de auxilio al prójimo le ha ayudado a sobrellevar el terror de la guerra. “El primer día tenía miedo, pero cuando empecé a trabajar me dio mucha fuerza para olvidarme de lo que estaba pasando”, asegura.

También le ayudó el contacto continuo con sus padres adoptivos de Vigo, con los que ha pasado muchos veranos desde que era un crío. Aunque muchas veces ha sido él quien les ha tranquilizado a ellos: “Los primeros días me llamaban y les notaba muy tristes. Yo también lo estaba, pero le decía a Rosa: ‘Estoy en mi lugar, haciendo lo que tengo que hacer’”.

Ese miedo se hizo palpable cuando cayó un misil que mató a un hombre cerca del piso de Igor, a 2 kilómetros del límite de Kiev. En otra ocasión cayeron cuatro bombas cerca de su iglesia y de su oficina. “Un día estaba en mi casa recogiendo cosas y sonó una explosión grandísima que hizo temblar la casa. Fue tan fuerte que mi mano temblaba y no podía parar. Es un miedo que no se puede explicar”, relata. El vídeo grabado por Igor lo publicó FARO en su momento. “Cuando ayudas a la gente, no sé cómo, pero el miedo desaparece de tu cabeza. Toda tu atención se enfoca en los niños y en sus madres que están en zonas de peligro. Gracias a Dios estamos vivos y sacamos a miles de personas. Después de sacar a la gente de Irpín, a los dos días caían bombas en ese lugar. Murió mucha gente”, lamenta.

Tal vez el peor horror fue el de Bucha, donde Igor y sus compañeros cooperantes entraron antes que las tropas ucranianas con una furgoneta de un servicio bancario dotada de cristales a prueba de bala. “Cuando los rusos se retiraron a Bielorrusia nosotros fuimos los primeros que entramos en Bucha –relata el joven ucraniano–. Vimos coches de civiles que tenían grandes agujeros de disparos que no eran de pistolas... Había un coche con una señora dentro que no tenía cara porque un disparo le dio de lleno. Las vísceras de la barriga le salían por fuera. Llevaba un abrigo de plumas y estaban por todas partes mezcladas con sangre. Esa señora llevaba allí una semana, por el olor. Había coches con gente dentro aplastados por tanques. Tengo fotos de eso”.

Algunas de esas imágenes las publicó FARO y son ya historia de esta cruel guerra. “The New York Times” publicó hace unos días un vídeo que probaría un crimen de guerra en Bucha, ocho hombres conducidos por soldados rusos a la parte trasera de un edificio, donde fueron ejecutados. La foto la envió Igor a FARO. “Había mucha gente con las manos atadas atrás con cinta blanca y disparos en la cabeza. Muchos eran mayores. Algunos iban en bicicleta, les dispararon y quedaron allí, tapados”. Esto que relata Igor Chumak es idéntico al crimen de guerra que perpetró el soldado ruso Vadim Shishimarin, que disparó a un civil desarmado que iba empujando una bicicleta. Ayer fue condenado a cadena perpetua. “Poco a poco los irán encontrando. Los nuestros no van a hacer eso”, asegura Chumak, que cuenta también el saqueo de los soldados rusos: “No hay ninguna casa en Bucha en la que no entraran para llevarse todo”.

“Nunca había visto a Ucrania tan unida. Cuando Zelenski se quedó en Kiev todo el país decidió luchar”

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Dice el joven ucraniano que “nunca había visto a Ucrania tan unida”. “Cuando oí que mi presidente iba a quedarse en Kiev me alegré mucho. Si él se hubiera ido no sé cómo me hubiera comportado, pero al ver que se quedó en Kiev, a pesar de que mucha gente quería matarlo, toda Ucrania decidió luchar”, explica.

Lamenta que hayan muerto 27.000 soldados rusos, muchos de 17 o 18 años, “con toda la vida por delante”. “Ellos creen que con más armas son más fuertes, pero como dijo un ruso, la fuerza de un soldado no está en tener más armas. Lo más importante es estar dispuesto a morir por tu tierra, y eso es el 80% de tu fuerza. Los rusos no saben por qué hacen la guerra, y por eso van a perder. En la otra parte, los ucranianos tienen una motivación muy fuerte. Aunque no tengan armas pelearán duro por su casa”, asegura.

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