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El hotel de Zamora que han llenado de vida los refugiados ucranianos

Veintiséis ucranianos se refugian en un hostal abandonado de la localidad de Villaralbo, reabierto gracias a seis vecinas y la solidaridad de todo un pueblo

El hotel de Zamora que han llenado de vida los refugiados ucranianos

El hotel de Zamora que han llenado de vida los refugiados ucranianos ANA ARIAS

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El hotel de Zamora que han llenado de vida los refugiados ucranianos Ana Arias

En la localidad zamorana de Villaralbo se encuentra el Hotel Virgen del Viso, popularmente conocido como El Viso. Un antiguo hostal cerrado hace un par de años, cuya clientela principal se nutría de los vecinos que tomaban café cuando había velatorios. Ahora, las conversaciones de barra de bar en torno a la muerte han quedado atrás y por sus instalaciones se respira vida. Veintiséis ucranianos, entre ellos doce menores —nueve niños y tres jóvenes—, un perro y un gato, se refugian de la guerra en su país por la invasión de Rusia gracias al empeño de la asociación ‘Villaralbo con Ucrania’ fundada por seis mujeres.

Una camarera, una trabajadora, una desempleada, una frutera, una auxiliar de enfermería y una opositora decidieron no quedarse de brazos cruzados al ver las imágenes de horror del conflicto. Carolina, Lina, Celeste, Leti, Isa y Ana quedaron para tomar un café y de ahí nació la idea de reabrir el viejo hostal.

Un pueblo volcado

A contrarreloj, ante la inminente llegada de los primeros refugiados, se armaron con escobas y cubos de fregonas, hicieron las camas, llenaron la despensa, la nevera y el depósito de gasoil, recogieron ropa, juguetes y los bienes de primera necesidad. Presentaron el proyecto a los vecinos, pidieron ayuda, y el pueblo se volcó: yo pongo a punto los grifos, los baños y la calefacción, yo le regalo el pan todos los días, yo le hago la comida, yo le corto el pelo gratis, yo les enseño español. Y un larguísimo etcétera.

Todas las aportaciones son bienvenidas en la asociación sin ánimo de lucro 'Villaralbo con Ucrania' para costear gastos:

  • ES31 3085 0026 1426 2801 4611 (Caja Rural)
  • 0049 1233 59 2810065951 (Banco Santander).

A través de su página de Facebook, el colectivo sin ánimo de lucro informa de las necesidades. Un día, escribieron: “Necesitamos ropa de niño de 6 años, ya no tiene más para ir al cole”. En cuestión de media hora, medio pueblo se había movilizado y el pequeño ya tenía lleno el armario. Todo el mundo echa una mano y toda ayuda es bienvenida: desde servicios, aportaciones materiales o contribuciones económicas, que van desde un euro hasta los 1.000 euros donados por grandes empresas en los números de cuenta de la asociación: ES31 3085 0026 1426 2801 4611 (Caja Rural) y 0049 1233 59 2810065951 (Banco Santander).

Carolina y Lina tratan de comunicarse con varias ucranianas a través de traductores móviles.

Carolina y Lina tratan de comunicarse con varias ucranianas a través de traductores móviles. Emilio Fraile

“Tenemos cuarenta socios de diferentes cuotas y ahora lo que más necesitamos son fondos para afrontar el alquiler del hostal y poder comprar productos frescos y todo los que nos piden en la lista de compra semanal que nos hacen”, explica Lina Santos, su fundadora. El traductor de Google y el lenguaje universal de los gestos, como ella mismo dice, son los mejores aliados para la comunicación con ellos. Las artífices de la iniciativa se pasan el día pendientes de qué necesitarán, desde que se levantan hasta que se acuestan. Y, aseguran, merece la pena. “Compensa, es muy agradecido llegar y ver a los más pequeños jugar y reír o cómo las madres viven en comunidad”, además de ver a todo el pueblo volcado con una infinidad de muestras diarias de apoyo. “¿Que necesitamos bicis? Ya podéis ver, cincuenta bicis. ¿Que necesitamos ropa? A los cinco minutos tenemos ropa. Todo el mundo nos pregunta qué necesitan o qué pueden traer”.

"Son como una esponja"

Lo cierto es que acceder a la recepción del hotel, cuesta. Hay que entrar con cuidado para no pisar alguno de los cientos de juguetes donados. Allí nos reciben cuatro niños rubios de ojos azules. “¡Hola!”, les saludamos. “¡Hola!”, nos responden en perfecto español. La “culpa” de su aprendizaje en castellano se debe en gran parte a Pilar Álvarez, profesora de inglés de un instituto de Zamora capital donde están matriculados Kyryl y Sasha, dos de los jóvenes acogidos. Pilar, igual que Javier, otro docente del centro, se ofrecieron voluntarios para impartir clases de español.

Pilar Álvarez es una de las profesoras voluntarias que imparte clases de español en el comedor del hotel, transformado en un aula varios días a la semana

Pilar Álvarez es una de las profesoras voluntarias que imparte clases de español en el comedor del hotel, transformado en un aula varios días a la semana Emilio Fraile

Así, durante varias tardes a la semana, el comedor del hotel se transforma en un aula que desde hace días cuenta con un gran encerado, gracias a otro acto de generosidad. Los saludos, los días de la semana, las horas, los medios de transporte o los nombres de los alimentos y la ropa han centrado las primeras clases para obtener los primeros conocimientos básicos con los que poder defenderse en el día a día. “Estoy sorprendida porque no les ha costado nada aprender nuestro alfabeto”, destaca Pilar. “Yo intento escribir ucraniano y para mí es como escribir un jeroglífico”, reconoce en alusión a su alfabeto cirílico. “Son una esponja”, concluye.

Una decena de nuevos alumnos en el colegio

La misma expresión es utilizada por Pedro Nevado, director del colegio de Villaralbo Nuestra Señora de la Paz donde están matriculados nueve niños ucranianos: uno en 3 años, dos en 5 años, uno en Primero de Primaria, dos en Segundo, dos en Tercero y uno en Sexto. Carteles con los colores azul y amarillo de la bandera del país eslavo nos dan la bienvenida en la verja exterior del centro.

Boba y Názar, de apenas cinco años, ya han aprendido a contar hasta cien en español.

Boba y Názar, de apenas cinco años, ya han aprendido a contar hasta cien en español. Emilio Fraile

Unos minutos antes del recreo, nos colamos en una clase de Educación Infantil. Es la hora del almuerzo y todos salen escopetados en busca de sus fiambreras. En cuestión de semanas, Boba y Názar, de apenas cinco años, ya han aprendido a contar hasta cien, como demuestran ante las cámaras llevándose un gran aplauso de todos sus compañeros y un abrazo espontáneo de un niño que viste la camiseta del Zamora CF. Los dos nuevos alumnos nos enseñan sus juguetes preferidos: un Spiderman, un dinosaurio y una caja de gusanos de seda. “Les encantan, todos los días vamos a la morera del patio y le echan ellos de comer”, comenta su profesora, Silvia, quien destaca sus buenas aptitudes para matemáticas: “Son buenísimos”. Además, “sonríen siempre y están todo el día felices”.

Un niño vestido con la equipación del Zamora CF le da un abrazo a uno de los niños ucranianos durante la hora del almuerzo en el colegio Nuestra Señora de La Paz de Villaralbo.

Un niño vestido con la equipación del Zamora CF le da un abrazo a uno de los niños ucranianos durante la hora del almuerzo en el colegio Nuestra Señora de La Paz de Villaralbo. Emilio Fraile

Esa es la principal asignatura. Como explica Pedro Nevado, la prioridad en estos momentos es, por este orden, “darles un entorno tranquilo, amable, humano y afectivo”, luego, aprender castellano y, en tercer lugar “y a mucha distancia, ya está el tema de contenidos y evolución académica, que creemos que va a ser buena, pero necesita algo más de tiempo”.

"Quiero volver con mi familia"

El deporte también juega un papel esencial en la integración social. Kyryl quiere ser futbolista y abogado igual que su padre, quien resiste en Kiev junto a su madre y su hermano recién nacido. Durante once días, él viajó solo con su abuela, quien se levanta a las seis y media de la mañana para preparar el desayuno y acompañar a su nieto hasta la parada de autobús que le acerca hasta el instituto. Ella no quiere fotos ni revelar muchos datos personales por miedo, pero accede a conversar.

Mientras hablamos con ella, Liubov, de 72 años, la otra abuela del hotel, nos ofrece nalysnyky, una especie de crepe. Está riquísimo. “Abandonamos Kiev y nos fuimos a un pueblo para estar más seguros”, nos traduce el móvil. En Kiev “boom, boom, boom, uuuh, uuuh, uuuh”, relata imitando el sonido de los bombardeos y de las sirenas antiaéreas. Confiesa estar preocupada y habla con su hija todos los días. “Quiero volver con la familia”, reconoce.

Liubov, de 72 años, prepara nalysnyky, una especie de deliciosos crepes.

Liubov, de 72 años, prepara nalysnyky, una especie de deliciosos crepes. Emilio Fraile

¿Otro crepe? ¿Un té? Liubov nos vuelve a ofrecer sus deliciosos dulces recién hechos y su nieto, Andrii, de 12 años, nos enseña a su enorme gato gris de ojos amarillos con el que escaparon de Ucrania. Diana, de 8 años, también nos muestra a su perrita, Lucía, con quien también huyó de Ucrania. Rufus y Lucía son las dos mascotas que conviven con las 26 personas refugiadas y de las cuales cuatro viajaban solas, dos hombres y dos mujeres, una chica de 18 años y una mujer de 47, viuda. Todos proceden de distintos lugares, desde la capital hasta la devastada Járkov o Dnipro, Poltava y Dimitrov. Juntos han formado una gran familia en el ahora rebautizado como ‘Hotel Ucrania’.

Rufus, el enorme gato de ojos amarillos que también se refugia en el 'Hotel Ucrania'.

Rufus, el enorme gato de ojos amarillos que también se refugia en el 'Hotel Ucrania'. Emilio Fraile

Aprieta el calor y dos madres salen con sus hijos hasta el supermercado en busca de helados. Su tez clara, pelo rubio y ojos azules les delatan. “¡Ay, cuánto niño, cuánto niño, qué alegría, otro día me tocas al timbre y te doy yo un polo!”, le espeta una vecina a uno de ellos.

Los nuevos vecinos se pasean por el pueblo.

Los nuevos vecinos se pasean por el pueblo. EMILIO FRAILE

El deporte como instrumento de integración social

A la vuelta, Diego, un chico del pueblo, recoge a Kyryl para ir al estadio. El joven ucraniano se entrena con la plantilla del CD Villaralbo B y los jugadores tratan de explica le las dinámicas. Toca hacer un pentágono. “¿Y cómo se dice pentágono en inglés? Le decimos cinco esquinas o algo así: 'five square'..., 'five persons'...”, balbucea uno. “Tú sí que estás hecho 'one person'”, le suelta otro. “Es que se me da mejor el francés”, le responde con guasa.

La plantilla y los técnicos del Villaralbo B se esfuerza en traducir a Kyryl los entrenamientos.

La plantilla y los técnicos del Villaralbo B se esfuerza en traducir a Kyryl los entrenamientos. Emilio Fraile

En el campo Los Barreros, los más chiquitines también juegan al fútbol gracias a Alberto Hernández, quien todos los miércoles se acerca desde Madridanos a darle clases. Sus madres trabajan con él en una empresa cárnica que emplea a numerosos ucranianos, sobre todo en la parte de envasado. “Las conocí trabajando y pregunté cómo podía ayudar, la verdad es que se lo pasan pipa”, admite mientras uno de ellos corretea con la equipación española.

Un instante del entrenamiento de los chiquitines en el campo de fútbol Los Barreros.

Un instante del entrenamiento de los chiquitines en el campo de fútbol Los Barreros. Emilio Fraile

“Nos gusta mucho aquí, hay muchos vecinos, son como nuestros amigos”

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Aprender español con Enrique Iglesias

Quien sí se comunica perfectamente en español es Elina, una joven de 17 años que huyó con su madre Alina de 36 desde un pueblo cercano a Járkov. Le gustan los idiomas y, de forma autodidacta, hace un año empezó a aprender español con aplicaciones como Duolingo y canciones como ‘Bailando’ o ‘Súbeme la radio’ de Enrique Iglesias o ‘La cintura’ de Álvaro Soler. “Yo estoy aquí con mi mamá. Mi papá y abuelos están en Ucrania. Papá no podía venir aquí, pero me dice que no me preocupe, que todo está bien”, expresa. Siempre con una sonrisa en la cara, Elina agradece la acogida de todo el pueblo de Villaralbo: “Nos gusta mucho aquí, hay muchos vecinos, son como nuestros amigos”.

Elina sigue sus clases online de Ucrania a través del móvil en su habitación del hostal, su nueva casa.

Elina sigue sus clases online de Ucrania a través del móvil en su habitación del hostal, su nueva casa. Emilio Fraile

Ella no estudia en el colegio de Villaralbo, ni en el instituto de Zamora, sino que sigue las clases online de Ucrania. Eso sí, desde el móvil, a falta de un ordenador. “El próximo año, quiero estudiar Psicología porque me gusta observar y hablar con la gente para entender”. ¿Y a Putin? ¿Quién entiende a Putin? “Creo que nadie pensaba que iba a haber una guerra, pero un día escuchamos ‘ruidos’ y nos dimos cuenta de que no podíamos seguir allí”.

"Vivíamos en paz, éramos felices"

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Como apunta Liubov, “Ucrania es un país pacífico. Vivíamos en paz, éramos felices. Nunca pensé que Putin fuera un agresor. No creí que fueran a bombardear Kiev hasta que oí las sirenas. Putin debe rendir cuentas, él es el responsable. Gloria a Ucrania. Gloria a los héroes”.

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