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El Periódico Mediterráneo

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Salud mental

Las cicatrices invisibles de la salud mental

Los estigmas que existen alrededor de las autolesiones impiden a las personas, mayoritariamente adolescentes, hablar de ellas

Pancarta en una marcha contra la precarización de los medios destinados a la salud mental. / EP

El bienestar psicológico de los más jóvenes se encuentra, más que nunca, en el punto de mira. El nuevo plan de salud mental, como indicó recientemente el alto comisionado de la Generalitat para la salud mental, Rafael Tabares, pretende abordar los múltiples problemas a los que se enfrentan los adolescentes. Uno de ellos son las conductas autolesivas.

La psiquiatría define las autolesiones no suicidas como conductas en las que un individuo daña su propio cuerpo mediante prácticas diversas. La más común es el cutting o el empleo de objetos punzantes para realizar cortes. También pueden ser mediante golpes o quemaduras, entre otros. Suelen producirse en zonas del cuerpo poco visibles, fácilmente ocultables y accesibles, como los antebrazos, la cara anterior de los muslos o el abdomen. Todas ellas se realizan sin intención de causar la muerte. Pueden ser fruto de un trauma no superado, de problemas emocionales, de sentimientos de culpa o derivados de otros trastornos.

Se trata de un problema complejo de abordar alrededor del cual todavía existen muchas incógnitas. Las autolesiones constituyen un problema prácticamente invisible pero muy presente en la sociedad. Las Actas Españolas de la Psiquiatría emitieron en 2018 un informe que reflejaba que aproximadamente el 4% de la población general presentaba un historial autolesivo.

Sin embargo, el número de informes que recojan datos estadísticos es escaso. Muchas personas no buscan ayuda profesional y gran parte ni siquiera llegan a contarlo públicamente, por lo que no se pueden ofrecer cifras exactas y tampoco se conoce con certeza su alcance.

No obstante, pese a que se trata de un problema silente, las voces de aquellos que lo sufren piden ser escuchadas. Una de ellas es la de Luna García (nombre ficticio), de 24 años. Comenzó con conductas autolesivas con catorce. En aquella época, padecía anorexia, trastorno que le provocó ansiedad y depresión. La única vía de escape que encontró en su momento fueron las autolesiones: «Yo era dependiente emocionalmente de ellas», afirma. Fue un problema que arrastró durante cuatro años.

Su caso no es único. Marta Rodríguez y Julia Márquez (nombres ficticios) empezaron a autolesionarse con catorce y quince años, respectivamente. Ambas padecían bulimia. Marta estuvo más de cinco años atrapada en esta situación y requirió de ayuda psicológica. Superó la bulimia y, actualmente, hace más de tres años que no se autolesiona. Julia dejó a un lado estas conductas cuando comenzó sus estudios universitarios.

El uso de conductas autolesivas como una herramienta de gestión emocional puede ser difícil de comprender. Sin embargo, existen explicaciones psicológicas. Se emplean como una forma de reducir la tensión o los sentimiento negativos. El dolor físico es capaz de enmascarar por unos momentos el dolor emocional de la persona que se autolesiona. Julia expresa que el proceso de curación hacía que focalizara su atención en algo distinto a sus problemas.

Por otro lado, permiten al individuo expresar su malestar emocional y que este quede reflejado de de forma física y visible. Las tres jóvenes coinciden en que, para ellas, estas conductas constituían una liberación emocional.

Las autolesiones no están consideradas como un trastorno, sino como un síntoma de otras patologías. Enrique Font, neuropsicólogo del Hospital Aguas Vivas, en Carcaixent, expresa que los mayores trastornos ligados a las autolesiones no suicidas son los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), la depresión mayor, la ansiedad, el trastorno límite de la personalidad (TLP) y el trastorno bipolar.

Sara Bolo, psicóloga de la Clínica CTA de Valencia, centro que lleva más de veinte años tratando a personas con trastornos alimentarios, afirma que el porcentaje de los pacientes que han ingresado en la clínica y que se han autolesionado a lo largo de su vida es elevado: "Más de la mitad seguro", apunta

Una explicación es que las personas con alguna de estas patologías tienen con frecuencia dificultades para controlar las emociones negativas, déficits en la resolución de conflictos o baja tolerancia a la frustración, factores que aumentan la probabilidad de desarrollar una conducta autolesiva.

De igual modo, se ha observado que las experiencias traumáticas son un factor de riesgo. Este fue el caso de Andrés Gutiérrez (nombre ficticio). A sus cincuenta y siete años, recuerda con claridad el infierno que vivió de niño: sufría maltratos físicos por parte de un cura del colegio al que asistía: "Empezó siendo una colleja y acabó como una cosa muy seria", relata. Con doce años, empezó a autolesionarse en cualquier parte del cuerpo que no se viera. Aunque en ocasiones recurría a los golpes, normalmente se cortaba porque no quería que nadie le escuchara; no quería llamar la atención. Para él, era "una liberación": se sentía más relajado; paró cuando cambió de colegio y se sintió seguro; jamás habló con nadie de ello.

El entorno como condicionante

Si la persona se encuentra en un entorno donde no se siente validado y que no promueve la expresión emocional, quizá se recurra a las autolesiones. Marta sufrió acoso escolar durante años debido a su peso. Recuerda que, cuando llegaba a casa, lloraba constantemente. Pero el sufrimiento no acababa allí. Sus padres, relata, la llamaban "gorda" y la insultaban por su físico: "Sentía que no tenía a nadie, que estaba sola", expresa. A día de hoy, sus padres no hacen comentarios negativos sobre su cuerpo ya que Marta acudió a terapia con su madre; su padre jamás supo lo que vivió su hija.

En el caso de Luna, en su familia siempre ha habido una preocupación por el aspecto físico: "No ayuda que tu padre, cuando tienes quince años, te diga que empieces a hacer deporte porque, si no, acabarás como tu madre", apunta. Su padre, al igual que en el caso de Marta, nunca se enteró de que su hija tenía anorexia.

No obstante, el entorno también puede jugar un papel positivo y ayudar a que una persona que presente conductas autolesivas deje de realizarlas. Cuando Marta conoció a su mejor amiga decidió buscar ayuda psicológica profesional para tratar sus problemas: "Ella me hizo ver que no estaba sola", manifiesta.

Diferencias sociales

Las autolesiones suelen surgir en la pubertad. Las Actas Españolas de Psiquiatría apuntan que la edad de comienzo se encuentra entre los doce y dieciséis años. Gracia Vinagre, psicóloga de la Federación de Salud Mental de la Comunidad Valenciana, explica que la adolescencia es un periodo crítico, de crisis identitaria y de maduración, donde la inestabilidad emocional y la impulsividad es frecuente. Según Vinagre, se autolesionan más mujeres que hombres. No obstante, el número de varones que se autolesiona es mayor del que se creía. Marta Rodríguez opina que hablar de estos temas entre mujeres es más común que entre hombres y que las mujeres suelen buscar ayuda con más frecuencia. También se han visto diferencias entre el tipo de autolesión en función del género. Sara Bolo expresa que las mujeres se autolesionan más con cortes y los hombres con quemaduras o golpes.

En tercer lugar, la carencia de recursos económicos es un agravante. Por ejemplo, dificulta la asistencia a un especialista de salud mental privado, como un psicólogo. Sin embargo, las autolesiones pueden darse en personas de clase media o alta. "Mucha gente piensa que ocurre solo en entornos marginales y no es así", indica Sara Bolo.

Cómo tratarlas

Aunque las autolesiones sean utilizadas como una vía de escape, no son una buena estrategia para la gestión emocional debido a sus riesgos. En algún momento, lo que en un origen era una simple herida del grosor de un pelo puede derivar en un corte que requiera de ingreso hospitalario.

Luna relata el sufrimiento y el miedo que vivió tras realizarse en la bañera un corte profundo en la muñeca: "No podía parar la hemorragia y me asusté, me puse a llorar, pensaba que me moría", cuenta afligida. Con vendas y pañuelos, consiguió parar el sangrado.

Las autolesiones desaparecen cuando la persona aprende nuevas formas de afrontamiento. Existen diferentes estrategias para suprimirlas. La más conocida es la terapia cognitivo-conductual. Esta busca cambiar la conducta del paciente para, posterior o paralelamente, actuar en las cogniciones o pensamientos que le llevan a desarrollar estos comportamientos. Desde el punto de vista conductual, se emplea un método basado en las conductas incompatibles. Este trata de reemplazar una conducta negativa por otra positiva o neutra a través de un comportamiento que no puede suceder al mismo tiempo que el perjudicial.

Por ejemplo, Sara Bolo aconseja emplear un rotulador y realizar una raya en el lugar en el que se quiera autolesionar. De este modo, esos sentimientos negativos se hacen visibles a través de la tinta: "Da la sensación de que el dolor está aquí, lo llevas encima, pero cuando te sientas mejor lo puedes borrar", detalla.

Como apunta Gracia Vinagre, cada paciente necesita una terapia que se adapte a sus necesidades. Por ello, recomienda buscar un entorno seguro y pedir ayuda: "No se deben sentir avergonzados porque no tenían otra manera de hacerlo", expresa.

Romper los estigmas

Al igual que sucede con muchos problemas mentales, alrededor de las autolesiones existen estigmas y falsas creencias. Uno de esos mitos afirma que las personas que las realizan pretenden llamar la atención. La realidad, sin embargo, es totalmente contraria, pues tratan de esconderlas. "Sentía vergüenza de lo que hacía y de que los demás lo supieran", apunta Marta. Por su parte, Julia opina que este problema "está demasiado estigmatizado como para hablar de él".

Así pues, como detalla la psicóloga Gracia Vinagre, es muy importante "tratar de comprender, no juzgar y hacerles saber a estas personas que no están solas". Font explica que, cuando los individuos entienden sus emociones, comienzan a validarse y a afrontar de forma saludable sus problemas.

Romper los estigmas es el primer paso para visibilizar estas conductas y para ayudar a las personas que las realizan, pues se trata de un problema con un alcance mayor del que se piensa. Las autolesiones son, en definitiva, la manifestación física de heridas abiertas dentro de cada individuo. Las más difíciles de cerrar y las más importantes de curar son las cicatrices internas: las cicatrices invisibles.

"Internet es un arma de doble filo para las conductas autolesivas"

Internet es una herramienta que permite expresarse libremente. Muchas personas que presentan conductas autolesivas han encontrado en la web un lugar donde reflejar sus emociones. Para ello, existen incontables blogs y páginas donde se trata de ofrecer apoyo. Muchas contribuyen a visibilizar una realidad oculta de la que no se suele hablar.

Algunas redes sociales son lugares de encuentro para estas personas. Twitter es, quizá, la más destacada, seguida de Tumblr e Instagram. Normalmente, se crean perfiles falsos. El anonimato es fundamental para contar cómo se sienten.

Estos espacios forman una red de apoyo ya que permiten encontrar a personas con historias similares y que también se autolesionan. Marta Rodríguez (nombre ficticio) relata su experiencia: «Twitter era una vía de escape para hablar con gente que está pasando por lo mismo que tú sin que te juzguen, porque no te conocen». La psicóloga Sara Bolo indica que estas plataformas «hacen que la persona se sienta entendida en una sociedad en la que nadie le entiende».

Luna García (nombre ficticio) llegó a Twitter en 2014 y, durante cinco años, orbitó alrededor de ese pequeño espacio digital que le permitió sentirse libre. A través de los tuits, expresaba sus emociones y encontró a otras personas que sufrían como ella.

El peligro de las redes

Sin embargo, Internet esconde otra cara de una misma moneda. El psicólogo Enrique Font indica que «muchos usan las redes sociales para potenciar las autolesiones y ofrecen tips para ocultarlas». Ante el inmenso volumen de contenidos de este estilo y frente a la ausencia de regulación, plataformas como Instagram y Tumblr decidieron adoptar medidas.

En 2012, Tumblr emitió un comunicado donde hablaba sobre la regulación de sus contenidos. La red comenzó a mostrar anuncios de advertencia ante búsquedas de palabras clave, como «depresión», «suicidio» o «autolesión», y a facilitar teléfonos o páginas web que de ayuda. Pero una vez que se presiona el botón de «continuar», las publicaciones no parecen haber sido cribadas. Todavía se pueden observar imágenes con contenido muy explícito, gran parte acompañadas de frases depresivas.

Instagram también incluyó un mensaje de advertencia ante estas búsquedas. En esta plataforma se aprecia un filtrado de publicaciones, a diferencia de Tumblr. Pero todavía existen algunas bajo ‘hashtags’ que consiguen ocultarlas.

Ante esta situación, la pregunta que se plantea es si debería censurarse este tipo de publicaciones o llevar a cabo una política permisiva, donde se consienta este tipo de publicaciones y se ofrezcan herramientas de apoyo.


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