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Violencia machista

La violencia de género, la pesadilla que no cesa

Las actitudes violentas se perpetúan; solo cambia la forma de ejercerlas | Los expertos resaltan el papel de las supervivientes en la lucha contra el negacionismo

Una mujer con signos de maltrato. CRISTINA VILLAR MARTÍN

El número de denuncias por violencia de género subió un 12,33% en el segundo trimestre de 2022 al registrarse un total de 45.743, un aumento respecto a las presentadas en el primer trimestre de 2022, cuando sumaron 41.765. Y estos son solo los casos que llegan a los juzgados. Otros muchos no llegan a ver la luz nunca porque la víctima no denuncia.

Según Priscila Retamozo, politóloga y formadora en igualdad de género, estos datos tienen una parte de interpretación negativa y otra más positiva. La negativa es que, efectivamente, la violencia de género existe y destruye vidas, aunque haya quienes se empeñen en negar que existe. La positiva es que el aumento de casos responde también a una mayor visibilización del problema, al acceso a datos a los que antes no se tenía y a que ahora se reconocen como violencia de género actitudes que antes no estaban catalogadas como tal, como el control y la violencia sexual.

“Es normal que salgan más casos porque tenemos más capacidad para detectarlos. Hay un montón de actitudes que incluso las mujeres de mi generación –voy a cumplir 30 años– teníamos interiorizadas como románticas y que las niñas de hoy tienen claro que son violentas, como los celos y el conflicto como muestras de amor, aunque siguen estando muy presentes”, afirma Retamozo, miembro del Comando Igualdade. Precisamente hoy, este proyecto, fundado hace veinte años por la catedrática de Filosofía Chis Oliveira en el IES Alexandre Bóveda de Vigo, recibe uno de los Premios Meninas 2022 con los que la Delegación del Gobierno en Galicia reconoce la labor en la lucha contra la violencia de género.

Retamozo asegura que la música, el audiovisual, ciertas novelas y las redes sociales continúan haciendo esta asociación entre dominio y amor. “Todos estos productos hablan de los celos como un elemento romántico. Es normal que los jóvenes normalicen esas actitudes”, apunta.

Uno de los aspectos que más le preocupan es la violencia sexual. “Vivimos en una sociedad que hipersexualiza a las chicas y muchas veces entran en las primeras prácticas sexuales por coacción, porque todo el mundo lo ha hecho ya o porque su chico le insiste en que si no lo hace con él es porque no lo quiere”, comenta.

Explica que muchas de estas actitudes violentas persisten entre los jóvenes y que lo que cambian son las formas de ejercerlas. Hoy, el control se ejerce a través del móvil, accediendo al terminal, vigilando la conexión a las redes sociales y accediendo a estas e incluso instalando alguna aplicación con GPS para conocer la ubicación de la persona.

A la víctima le sigue costando reconocer que detrás de determinadas actitudes que consideraba románticas se esconda la violencia de género e intentará justificarlas, sobre todo si no ha habido maltrato físico. Para salir de este círculo, es fundamental que cuente con apoyo social y psicológico. “Si la primera vez que decide sincerarse con alguien, esa persona le resta importancia, retrocederá mil pasos Si, por el contrario, se siente respaldada, seguirá adelante”, expresa.

La buena noticia es que se puede sobrevivir a la violencia de género. “Muchas veces nos quedamos solo con los datos y nos olvidamos de las supervivientes. Hay que poner énfasis en ellas porque es más fácil que los jóvenes empaticen y se sientan identificados con sus testimonios que con un montón de cifras”, opina. Además, es el medio más eficaz, asegura, de luchar contra el negacionismo.

Pero la normalización de estas conductas de control no solo daña a las chicas. Ellos también son víctimas de estas actitudes de control, que ven en los productos que consumen y entre sus iguales. “Los chicos siguen sin saber manejar sus emociones, siguen sin hablar entre sus amigos de lo que sienten y les frustra. Si lo hablan es con su chica, con lo que esta deja de hacer esas cosas que le causan celos y a interiorizar patrones tóxicos que pueden no llegar a más o pueden ir escalando hasta generar una violencia de género”, apunta.

En su opinión, el problema está en que no existe una educación afectivo-emocional en las aulas más allá de los talleres y charlas puntuales que los centros puedan ofrecer a su alumnado. “Frenar un problema social de este calibre es imposible con talleres de dos horas y ya está. Tiene que ser algo sostenido y que forme parte de la cultura de los centros educativos y no algo que trabajemos en torno al 25N y el 8M”, reconoce.

Hay señales que pueden revelar que una joven está siendo víctima de violencia de género: cambios en el comportamiento –de repente, una joven que era muy sociable apenas se relaciona con su círculo de iguales, se vuelve menos comunicativa con sus padres y se cree una incomprendida–, cambios en la forma de vestir y la normalización actitudes de control. “Cuando se deciden a contar algo, suelen callar más de lo que cuentan. Hay que intentar que no se sientan juzgadas, pero a la vez no normalizar estos comportamientos, porque muchas veces tendemos a no dar importancia a determinadas comportamientos de control”, dice.

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