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Ciencia y sociedad

El Ártico ya no es intocable: el sol quema en la tierra del frío

Renos en las calles, hospitales sofocados y lagos invadidos por algas: el verano que hizo sudar al norte de Europa

Un reno descansa a la sombra durante la ola de calor en Tärnaby, Suecia.

Un reno descansa a la sombra durante la ola de calor en Tärnaby, Suecia. / Amanda Nilsson.

Redacción T21

Madrid

En una región diseñada para resistir inviernos eternos, dos semanas de calor implacable rompieron ritmos, pusieron a prueba infraestructuras y aceleraron una certeza incómoda: el verano puede golpear tan fuerte como el invierno.

Tras un junio relativamente fresco, Noruega, Suecia y Finlandia encadenaron en julio una ola de calor extraordinaria que duró más de dos semanas y dejó al descubierto una vulnerabilidad apenas reconocida en el norte de Europa: las infraestructuras, los servicios públicos y los ecosistemas de climas fríos no están preparados para un calor persistente y extremo.

En localidades noruegas como Namsskogan y Gartland, el termómetro superó los 30°C durante 13 días seguidos; en Ylitornio, Finlandia, las máximas se mantuvieron por encima de 25°C durante 26 días consecutivos, algo sin precedentes a latitudes tan septentrionales.

El impacto fue inmediato: hospitales saturados y sobrecalentados, dificultades para mantener edificios a temperaturas seguras y un aumento de incidentes asociados al ocio estival, con decenas de muertes por ahogamiento en Finlandia, Suecia y Noruega en un solo mes. La coincidencia con el pico de las vacaciones nórdicas agravó el problema: plantillas reducidas, redes de apoyo mermadas y una capacidad de respuesta limitada en servicios sanitarios, sociales y municipales.

Noches cálidas inéditas

La anomalía no se midió solo por los picos diurnos, sino por su persistencia y por las noches cálidas que interrumpieron el descanso y elevaron riesgos sanitarios para mayores y personas con patologías previas.

El análisis científico se centró precisamente en los 14 días (y noches) más calurosos del episodio a escala regional. En el clima actual —que ya se ha calentado aproximadamente 1.3°C respecto a la era preindustrial—, una racha de máximas como la de 2025 tiene un período de retorno de unos 50 años; las mínimas nocturnas, algo menos extremas estadísticamente, rondan un retorno de 20 años. En un mundo 1.3°C más frío, eventos así habrían sido extremadamente raros tanto de día como de noche.

Para estimar el papel del calentamiento antropogénico, el equipo internacional combinó observaciones con modelos climáticos y llegó a una conclusión contundente: el cambio climático hizo este episodio aproximadamente 2°C más caluroso.

El fantasma de 2018

La incertidumbre sobre cuánto ha cambiado su probabilidad es amplia porque, en muchos conjuntos de datos, un evento así habría sido virtualmente imposible en un clima 1.3°C más frío; aun así, las pruebas disponibles permiten afirmar que episodios comparables son, al menos, diez veces más probables hoy que en un clima preindustrial sin calentamiento humano, y esa cifra probablemente es conservadora.

El calor nocturno, especialmente crítico para la salud, también fue alrededor de 2°C más intenso y cerca de 33 veces más probable debido al calentamiento causado por las actividades humanas.

Este verano reavivó recuerdos de 2018, cuando Fennoscandia sufrió otra ola de calor prolongada; la diferencia es que, con el calentamiento global pasando de 1.1°C a 1.3°C en estos años, olas persistentes como la de 2025 ya son casi el doble de probables que entonces, una evidencia clara de cómo “décimas” adicionales de calentamiento multiplican las oportunidades del calor peligroso.

Futuro incierto

Mirando hacia adelante, el panorama inquieta: si el planeta suma otros 1.3°C —un escenario coherente con políticas actuales—, eventos de dos semanas como éste serían unos 5 veces más frecuentes de lo que ya son hoy y, además, otro 1.4°C más cálidos. En las noches, el calentamiento adicional proyectado ronda 1.7°C, con una recurrencia aún mayor de temperaturas como las registradas en 2025.

El calor dejó huella más allá de la salud humana. La fauna buscó refugio de maneras inusuales: se avistaron renos en núcleos urbanos en su intento por escapar del calor y de los insectos hematófagos, y se advirtieron peligros para la circulación en túneles noruegos por la presencia de estos animales.

En Finlandia, se registraron muertes de renos asociadas al episodio. El suelo y la vegetación se secaron, favoreciendo incendios en varias zonas, incluida Laponia; al mismo tiempo, las altas temperaturas alimentaron floraciones de algas en el Báltico y en lagos finlandeses, con implicaciones para los ecosistemas acuáticos, el recreo y, potencialmente, el agua potable.

Para los pueblos sámi, cuyo modo de vida está estrechamente ligado al pastoreo de renos, la combinación de calor, sequía y escasez de forraje supone riesgos crecientes que líderes indígenas enmarcan como una cuestión de derechos humanos, reclamando que la adaptación respete sus derechos y conocimientos tradicionales.

Edificios preparados para el frío

La otra cara de esta historia está en el ladrillo y la gestión. En los hogares nórdicos el acceso al enfriamiento activo aún es limitado, aunque está creciendo sobre todo mediante bombas de calor reversibles que enfrían en verano y calientan en invierno.

Pero la lección de 2018 sigue vigente: muchos edificios —incluidos centros de cuidados y escuelas infantiles— se diseñaron con el frío en mente y se sobrecalientan en verano, con poca o nula climatización y sombreado insuficiente. Con olas de calor más frecuentes, estas prácticas constructivas centradas en el invierno deberán ajustarse o complementarse con soluciones activas y pasivas de enfriamiento para reducir riesgos en interiores.

La gobernanza importa: desde 2018 han mejorado las evaluaciones de riesgo y se han clarificado responsabilidades institucionales, pero aún hay margen para coordinar mejor a municipios y actores privados e introducir cambios estructurales en entornos de cuidados.

Referencia

Intense two-week heatwave in Fennoscandia hotter and more likely due to climate change. Clair Barnes et al. DO:https://www.dx.doi.org/10.25560/122924

Cultura veraniega caducada

La cultura veraniega nórdica —cabañas poco aisladas, acampadas, consumo de alcohol, actividad física en entornos remotos— añade otra capa de riesgo en episodios de calor, al dificultar el descanso térmico y favorecer la deshidratación; el repunte de ahogamientos durante la ola ilustra cómo, al intentar refrescarse, afloran peligros adicionales. Es, en suma, un retrato de vulnerabilidades cruzadas: sanitarias, sociales, culturales y ecológicas, todas tensionadas por un calor que ya no puede considerarse excepcional en latitudes altas. 

Más allá del balance de daños, el diagnóstico científico es claro y operativo. Con aproximadamente 1.3°C de calentamiento global actual, las olas de dos semanas como la de julio en Fenoscandia forman parte del “nuevo riesgo”, y la señal humana se percibe tanto en su intensidad como en su probabilidad.

Cada fracción de grado de calentamiento adicional eleva esos riesgos: más calor, más a menudo, y con noches más cálidas que minan la recuperación del cuerpo.

La respuesta pasa por dos carriles complementarios: acelerar la reducción de emisiones para frenar el calentamiento futuro y, a la vez, adaptar sistemas de salud, cuidados y edificación —desde el sombreado y la ventilación nocturna hasta la climatización en infraestructuras sensibles— a un clima que ya ha cambiado.

Fenoscandia, paradigma del frío, ofrece hoy una señal inequívoca: ninguna región está a salvo del calor extremo prolongado cuando el planeta se calienta, y la preparación debe ser tan seria y sistemática como lo han sido durante décadas frente al invierno.

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