Geociencias
Falsa esperanza: un estudio advierte contra la geoingeniería en el Ártico y la Antártida
Todas las propuestas suponen enormes riesgos, cuestan miles de millones y distraen de la urgente necesidad de reducir las emisiones

Ideas como la inyección de aerosoles, las cortinas oceánicas y la fertilización oceánica están circulando para frenar el deshielo, pero representan una falsa esperanza. / Pixabay.
Un grupo de científicos ha analizado las propuestas de geoingeniería polar y ha concluido que ninguna es viable. Manipular los frágiles ecosistemas del Ártico y la Antártida es una apuesta de altísimo riesgo que nos desviaría del único camino seguro: dejar de calentar el planeta. No hay plan B.
El Ártico y la Antártida se están calentando a una velocidad dos o tres veces superior a la media mundial, desencadenando consecuencias que van desde la pérdida sin precedentes de hielo marino hasta el colapso de ecosistemas frágiles, así como a la aceleración del aumento del nivel del mar que amenaza a todo el globo.
Ante este panorama y la lentitud en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, ha surgido una corriente de pensamiento que aboga por soluciones tecnológicas conocidas como geoingeniería. Estas propuestas, a menudo presentadas como un "plan B" para la humanidad, sugieren que podríamos intervenir a gran escala en los sistemas naturales para contrarrestar los efectos del calentamiento.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista Frontiers in Science y firmado por más de cuarenta científicos polares destacados, advierte que estas ideas no solo son inviables, sino también extremadamente peligrosas.
Los expertos concluyen que ninguna de las principales propuestas de geoingeniería para las regiones polares resiste un escrutinio serio y que, lejos de ser una solución, representan una distracción peligrosa del único camino viable: la descarbonización rápida y profunda de nuestra economía.
Promesas rotas
El informe evalúa cinco de los conceptos de geoingeniería más discutidos para los polos, desmontando uno por uno sus supuestos beneficios y exponiendo sus enormes riesgos.
Una de las ideas más conocidas es la inyección de aerosoles estratosféricos (SAI), que busca imitar el efecto de enfriamiento de las grandes erupciones volcánicas. La propuesta consiste en dispersar partículas, como dióxido de azufre, en la alta atmósfera para crear una especie de velo o cortina que refleje la luz solar. Sin embargo, los científicos señalan que esta técnica sería ineficaz durante los inviernos polares y que podría dañar la capa de ozono, provocar lluvia ácida y alterar los patrones climáticos globales. Además, si alguna vez se detuviera la inyección continua de aerosoles (formados a partir de dióxido de azufre), se produciría un "choque de terminación": un calentamiento global abrupto y catastrófico.
Otra familia de propuestas se enfoca en intervenciones físicas directas sobre el hielo y el océano. Una de ellas es la construcción de gigantescas cortinas o muros submarinos anclados al lecho marino para impedir que las corrientes de agua cálida derritan la base de los glaciares de la Antártida y Groenlandia. El estudio califica esta idea de hazaña logística y de ingeniería prácticamente imposible. Requeriría operar en los mares más hostiles del planeta, con un coste que podría superar los cientos de miles de millones de dólares y con consecuencias impredecibles para la circulación oceánica y la vida marina, que vería sus rutas migratorias bloqueadas.
Otras ideas dudosas
En una línea similar se encuentran las ideas para la gestión del hielo marino, como esparcir miles de millones de microesferas de vidrio reflectantes sobre el hielo del Ártico para aumentar su albedo (su capacidad de reflejar la luz solar), o bombear agua de mar a la superficie para que se congele y engrose la capa de hielo. Los autores del informe advierten que estas técnicas son logísticamente inviables y ecológicamente peligrosas. Las microesferas podrían ser tóxicas para la fauna marina e incluso, paradójicamente, acelerar el deshielo al oscurecer la superficie. Por su parte, la idea de engrosar el hielo requeriría desplegar millones de bombas en un entorno extremo, con un coste astronómico y un impacto insignificante sobre el calentamiento global.
Quizás una de las propuestas más atractivas es la de ralentizar el flujo de los glaciares perforando kilómetros de hielo para llegar a su base y bombear el agua subglacial que actúa como lubricante. Los científicos explican que nuestro conocimiento de la hidrología bajo los glaciares es demasiado limitado para prever el resultado. La intervención podría desestabilizar otras zonas, contaminar ecosistemas subterráneos que han estado aislados durante milenios y requeriría una infraestructura energética y logística completamente irrealizable en las mesetas polares.
Finalmente, el informe analiza la fertilización oceánica, que propone añadir hierro a las aguas del Océano Austral para estimular el crecimiento de fitoplancton, que absorbería CO₂ de la atmósfera. Los experimentos realizados hasta la fecha no han demostrado que esta técnica logre secuestrar carbono de forma permanente en las profundidades marinas. Por el contrario, podría alterar toda la cadena alimentaria, agotar los nutrientes de otras regiones oceánicas —afectando a la pesca en los trópicos— y generar la producción de otros potentes gases de efecto invernadero, como el óxido nitroso.
El verdadero problema
Más allá de los fallos técnicos de cada propuesta, los científicos advierten que la geoingeniería ofrece una falsa esperanza y desvía la atención, los recursos y la voluntad política, de la única solución real y probada, que es reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero.
Argumentan que la narrativa de la geoingeniería puede generar lo que llaman un "riesgo moral", donde la promesa de un arreglo tecnológico futuro reduce la urgencia de actuar hoy. Peor aún, puede ser utilizado como una táctica de "retraso predatorio" por parte de intereses creados, como la industria de los combustibles fósiles, para justificar la inacción y prolongar un modelo de negocio insostenible.
El informe refuta los argumentos habituales de los defensores de la geoingeniería. A la afirmación de que "la mitigación no es lo suficientemente rápida", responden que las tecnologías limpias, como la solar y la eólica, están avanzando a un ritmo exponencial. A la idea de que "la geoingeniería nos comprará tiempo", replican que estas tecnologías están, en el mejor de los casos, a décadas de ser aplicables, por lo que no comprarán tiempo, sino que lo malgastan en especulaciones inciertas.
Referencia
Safeguarding the polar regions from dangerous geoengineering: a critical assessment of proposed concepts and future prospects. Martin Siegert et al. Frontiers in Science, 09 September 2025, Volume 3 – 2025. DOI:https://doi.org/10.3389/fsci.2025.1527393
El único camino: descarbonizar y proteger
El equipo internacional de científicos concluye que la única forma realista, ética y efectiva de salvar las regiones polares y, con ellas, la estabilidad del clima global, es abandonar los combustibles fósiles y alcanzar la neutralidad de carbono a mediados de siglo. La estabilización del clima que se conseguiría con cero emisiones netas reduciría drásticamente la velocidad del deshielo, la acidificación de los océanos y el colapso de los ecosistemas polares.
En lugar de invertir millas de millones en intervenciones arriesgadas y de dudosa eficacia, los recursos deben destinarse a acelerar la transición energética y fortalecer la protección de los ecosistemas existentes: la ampliación de las áreas marinas y terrestres protegidas en los polos puede ayudar a aumentar la resiliencia de la biodiversidad frente a los cambios que ya son inevitables.
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