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Cosmología

Una oleada de descubrimientos está redefiniendo la astronomía

La última generación de telescopios revela un universo más violento, dinámico y extraño de lo que imaginábamos

Ilustración de una estrella enana blanca fusionándose con una estrella gigante roja. Se abre un nuevo capítulo sobre la muerte de las estrellas.

Ilustración de una estrella enana blanca fusionándose con una estrella gigante roja. Se abre un nuevo capítulo sobre la muerte de las estrellas. / NASA, ESA, STScI, Ralf Crawford (STScI).

EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21

EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21

Madrid

De la confirmación de teorías icónicas a la perplejidad ante señales que no encajan en ningún modelo, la astrofísica vive una era dorada de descubrimientos que nos conecta con las preguntas fundamentales sobre el origen y el destino de todo lo que existe.

Quienes miran el cielo con instrumentos cada vez más sensibles están analizando pulsos que llegan y se apagan, destellos de radio que duran menos que un parpadeo (pero que deslumbran a galaxias enteras), y vibraciones del espacio-tiempo que confirman intuiciones de los grandes teóricos. En las últimas campañas de observación, varios hallazgos han puesto en jaque la estabilidad de algunos modelos cosmológicos y han recordado que el universo es, sobre todo, una fuente inagotable de sorpresas.

Coreografía turbulenta

Uno de los relatos más relevantes se centra en V Sagittae, un sistema binario que lleva más de un siglo intrigando a la comunidad científica. Un equipo internacional liderado por la Universidad de Turku ha utilizado el Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral para descubrir un gran anillo de gas que envuelve a ambas estrellas y, sobre todo, para seguir los movimientos caóticos del material que fluye entre ellas.

Esa coreografía sugiere que el sistema se encamina a un desenlace violento antes de que termine el siglo, un choque que podría culminar en una nova visible desde la Tierra y que encaja con predicciones previas sobre el destino de parejas estelares condenadas a fusionarse.

La novedad que aporta este trabajo es el mapa detallado de ese entorno gaseoso y la narrativa de cómo se está alimentando el potencial estallido, información que solo se obtiene cuando telescopios de clase mundial consiguen literalmente “congelar” el caos estelar y reconstruirlo fotograma a fotograma.

Muerte de estrellas

En paralelo, el Telescopio Espacial Hubble ha contribuido a revisar un capítulo que se creía bien entendido: la muerte de las estrellas. La identificación de una enana blanca ultra-masiva nacida de la colisión de dos estrellas —y no de la evolución solitaria de una sola—, publicada en Nature Astronomy, sugiere que estas fusiones podrían ser más frecuentes de lo que se asumía.

La diferencia no es menor: cuando dos restos estelares se funden, las reglas de densidad, composición y magnetismo cambian, y con ellas las pistas que los astrónomos utilizan para rastrear la historia de las poblaciones estelares en las galaxias.

Que Hubble haya encontrado un “hijo” de un choque, y no de un ocaso solitario, obliga a recalibrar modelos poblacionales y tasas de eventos cosmológicos extremos, con consecuencias directas para entender cuántas supernovas tipo Ia —las que se usan para medir la expansión cósmica— pueden tener orígenes más diversos de lo previsto.

Incomodidad cósmica

Pero si el comportamiento de las estrellas muertas ya guarda secretos, más aún lo hace la fauna exótica de objetos que encienden y apagan su emisión como si obedecieran a un metrónomo.

En Australia, el radiotelescopio ASKAP detectó una fuente, ASKAP J1832-0911, que emite radio y rayos X en sincronía perfecta cada 44 minutos. El detalle que convirtió la rareza en un caso de estudio fue que el Observatorio de Rayos X Chandra estaba observando esa misma región, permitiendo confirmar la coincidencia en dos bandas a la vez. Para instrumentos diseñados para rastrear lo efímero, es como encontrar una aguja en un pajar en el instante exacto en que brilla.

Las hipótesis apuntan a un magnetar —una estrella de neutrones con un campo magnético extremo— o a un sistema binario con una geometría y un mecanismo de emisión particularmente inusuales; pero, por ahora, ninguna explicación da cuenta de todos los rasgos a la vez: el periodo tan largo, la estabilidad del pulso y la emisión dual perfectamente acompasada. Esa incomodidad obliga a pensar en mecanismos híbridos, en estados magnéticos metastables y en entornos de plasma que moldean la señal como si fuera una lente dinámica.

Referencias

Una ráfaga de radio rápida, casi brillante y ultrabrillante, a unos 130 millones de años luz de la Tierra en la constelación de la Osa Mayor, intriga a los científicos.

Una ráfaga de radio rápida, casi brillante y ultrabrillante, a unos 130 millones de años luz de la Tierra en la constelación de la Osa Mayor, intriga a los científicos. / Danielle Futselaar/MIT

El destello más brillante

Por último, en marzo de 2025, la colaboración CHIME/FRB —apoyada por su nueva red de estaciones “Outrigger” repartidas por Norteamérica— detectó y localizó en tiempo récord un estallido milimétrico bautizado RBFLOAT: “el destello de radio más brillante de todos los tiempos”.

Denominado científicamente como FRB 20250316A, el pulso duró apenas milisegundos, pero su brillo fue tal que, por un instante, eclipsó la emisión radio de toda su galaxia anfitriona. La triangulación con los Outriggers permitió ubicar su origen con una precisión inusual —del orden de decenas de años luz— en el borde de una región de formación estelar, a unos 130 millones de años luz, en la dirección de la Osa Mayor.

Esa precisión es la llave que permite asociar el fenómeno a su vecindario, comparar con modelos de magnetares jóvenes en entornos polvorientos y empezar a separar qué parte del misterio se debe a la fuente y cuál al medio que atraviesa.

Aunque RBFLOAT no mostró repetición, reforzando la idea de que existen múltiples “familias” de FRB, su brillo extremo ofrece una plantilla para estudiar cómo nacen, se propagan y se apagan estos destellos que, desde 2007, han pasado de enigma exótico a herramienta prometedora para cartografiar el universo invisible.

Ondas gravitacionales

La partitura se completa con las notas más graves que puede producir el cosmos: las ondas gravitacionales. En enero de 2025, la red LIGO–Virgo–KAGRA registró una señal de claridad excepcional —designada por el consorcio como GW250114— procedente de la fusión de dos agujeros negros cuya masa combinada ronda las doscientas veces la del Sol, a una distancia del orden de mil millones de años luz.

La limpieza de las vibraciones finales del agujero negro recién nacido (ringdown) permitió poner a prueba con una precisión inédita el teorema del área de Stephen Hawking, que afirma que el área total de los horizontes de sucesos no disminuye en una fusión.

No se trata solo de un homenaje experimental a una idea relevante: confirmar ese principio en un régimen tan extremo acota desviaciones posibles de la relatividad general y, por ende, restringe la ventana para nuevas físicas en uno de los laboratorios más inaccesibles que existen.

Sorpresas, sorpresas…

Cada uno de estos resultados dibujan un patrón: los instrumentos de nueva generación —en tierra y en el espacio— están empujando la frontera de sensibilidad y resolución hasta regiones donde las “sorpresas” dejan de ser accidentes y se vuelven rutina.

Allí, los modelos no se derrumban, pero sí se dilatan: incorporan canales de formación alternativos para enanas blancas, admiten magnetosferas más caprichosas y aceptan que las FRB no son un monolito, sino un zoológico con especies emparentadas que requieren etiquetas distintas.

Al mismo tiempo, la astronomía de mensajeros múltiples se consolida como lenguaje común: cuando radio, rayos X y ondas gravitacionales cuentan la misma historia desde ángulos diferentes, la imagen deja de ser borrosa y pasa a ser un retrato en alta resolución que aumenta el asombro de los científicos.

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