Ciencia y sociedad
Edad subjetiva: por qué nos sentimos más jóvenes o mayores de lo que dice el DNI
La ciencia del envejecimiento muestra que no basta con la edad cronológica: la edad biológica y, sobre todo, la edad subjetiva influyen en cómo vivimos, decidimos y afrontamos el tiempo

Una señora, a sus 89 años de edad, entrenando la fuerza y resistencia en el gimnasio. / Archivo.
Carlos M. Alcover y Tomás Arrieta (*)
Envejecer suele entenderse como una consecuencia directa del paso del tiempo, casi como un proceso natural y automático. Sin embargo, esa interpretación es incompleta. La evidencia científica muestra que el envejecimiento no depende solo de los años que transcurren, sino también de la forma en que esos años se viven, se acumulan en el organismo y son interpretados por cada persona.
La edad cronológica marca el tiempo vivido. La edad biológica intenta aproximarse al estado del organismo. Pero entre ambas aparece una tercera dimensión que rara vez se incorpora al análisis y que condiciona de forma directa la experiencia de vivir: la edad subjetiva.
Si la edad cronológica mira hacia el calendario y la edad biológica intenta leer el estado del cuerpo, la edad subjetiva introduce una dimensión distinta: la forma en que cada persona se siente dentro de su propio tiempo. No dice simplemente cuántos años han pasado ni cómo está envejeciendo el organismo, sino cómo se vive desde dentro esa relación entre tiempo, cuerpo y conciencia de uno mismo.
Circula una frase, a menudo atribuida a Saramago, que resume con fuerza esta intuición: “¿Que cuántos años tengo? Tengo la edad que quiero y siento”. Más allá de la autoría, la frase toca una experiencia reconocible: no siempre vivimos por dentro la edad con la que se nos identifica desde fuera. A veces, esa distancia nos impulsa: el calendario nos envejece antes de que nuestra conciencia se sienta vieja. Otras veces, en cambio, nos limita: el cansancio, la enfermedad, la pérdida o la desilusión nos hacen sentir más mayores de lo que indica nuestro DNI.
(*) Tomás Arrieta es Ingeniero, Doctor en Economía. Carlos María Alcover es Catedrático de Psicología de los Grupos y las Organizaciones de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Ambos son patronos de la Fundación AGE (Activos de Gran Experiencia).

Una mujer mayor en silla de ruedas y su cuidadora / JESÚS HELLÍN / EUROPA PRESS
Claves del cuidado
Esta distancia entre la edad cronológica y la edad subjetiva no es un detalle menor. Puede influir en la forma en que una persona se cuida, se mueve, se relaciona, aprende, desea o se permite empezar algo nuevo. Quien se siente en retirada antes de tiempo puede cerrar posibilidades que aún estaban abiertas. Quien se siente con margen puede seguir buscando caminos y sentido incluso cuando el entorno espera de él más prudencia o, incluso, renuncia.
El estudio clásico de Rubin y Berntsen, publicado en 2006, observó que los adultos de más de cuarenta años se sentían, de media, alrededor de un 20% más jóvenes que su edad cronológica. Investigaciones posteriores han matizado y ampliado esta idea: la distancia entre edad subjetiva y edad cronológica tiende a aumentar en términos absolutos a medida que envejecemos, y las generaciones más recientes parecen sentirse subjetivamente más jóvenes que las anteriores.
También desde la psicología del trabajo se ha cuestionado la edad cronológica como criterio único para interpretar la capacidad, la motivación o la relación de una persona con su actividad. Desde esta perspectiva, importa atender no solo a los años cumplidos, sino también a la percepción que cada persona tiene de sus propios recursos, de su energía y de su margen de actuación. La cifra del DNI puede seguir siendo necesaria, pero ya no basta para comprender lo que alguien puede, desea o se atreve todavía a hacer.
Interpretando la edad
Ahora bien, esta idea necesita una matización importante. La edad subjetiva no autoriza a negar la realidad. Sentirse más joven no elimina los años vividos, ni borra el cuerpo, ni modifica por sí solo los límites o las responsabilidades asociadas al paso del tiempo. La edad sentida no sustituye a la edad real; la interpreta.
En 2018, el neerlandés Emile Ratelband pidió judicialmente que se modificara su fecha de nacimiento para figurar veinte años más joven. El tribunal rechazó la petición, pero el caso resulta interesante precisamente por su exceso. Muestra hasta qué punto puede abrirse una brecha entre la edad cronológica y la edad subjetiva. Pero también recuerda algo esencial: esa brecha no se resuelve negando la realidad, sino comprendiendo mejor cómo esa realidad se aborda y se vive.
La edad subjetiva, por tanto, no es un dato médico ni una simple etiqueta emocional. Es una interpretación personal significativa. Expresa la percepción que cada persona tiene de sus capacidades y, en consecuencia, puede influir en los objetivos que se propone, en la motivación que activa para alcanzarlos y en los límites que anticipa antes incluso de intentarlo.
En este sentido, la edad subjetiva actúa como una especie de piloto interior. Ayuda a identificar intereses, oportunidades y objetivos, pero también puede anticipar limitaciones que solo desde dentro se perciben, con independencia de la edad cronológica. Por eso no debería entenderse como una fantasía ajena a la realidad, sino como una dimensión más de la forma en que cada persona interpreta su propio margen vital.
Estas dimensiones no se excluyen. La edad cronológica, la edad biológica y la edad subjetiva se integran. De esa integración nace una pregunta decisiva: no solo cuántos años tenemos, ni siquiera cómo está envejeciendo nuestro cuerpo, sino cuánto margen real sentimos que conservamos para seguir orientando nuestra vida.
Porque quizá envejecer no consista únicamente en contar los años, sino en comprender desde qué edad interior seguimos viviendo el tiempo que todavía tenemos por delante.
Los autores de este artículo reconocen, además, que también ellos se sienten más jóvenes de lo que dicen sus respectivos DNI. Y, en ocasiones, no pueden evitar celebrarlo.
Fuente: Levante - EMV
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