Ante una decena de fotógrafos y cámaras en la azotea de la Aliance Française en Málaga, Julie Gayet se muestra azorada. Bromea, sonríe y mira disciplinada hacia donde le piden, pero no puede evitar la mueca de incomodidad. Desde que se descubrió su relación con el presidente de la República francesa, François Hollande, los focos escudriñan todos sus movimientos, y educadamente pero sin tregua, no cede ni un milímetro en bajar las defensas para hablar de su vida privada como primera dama no oficial de Francia, y prefiere centrarse en su vertiente como productora y activista.

Nacida en Suresnes en 1972, llegó a Málaga en viaje relámpago para la clausura de la vigésimo segunda edición del Festival de Cine Francés en la ciudad andaluza, inaugurado días antes con otra de las cintas que ha coproducido, La Taularde, con Sophie Marceau.

Una excusa estupenda para presentar el primero de los tres documentales en los que se ha embarcado junto al actor y director Mathieu Busson para reflexionar sobre la perspectiva de género en la gran pantalla. «El proyecto empezó hace cuatro años, cuando a raíz de un encargo de una televisión francesa empezamos a preguntar a directoras jóvenes y viejas sobre la posición de las mujeres en el cine», explica en un perfectísimo castellano. Un idioma que aprendió durante su matrimonio con el escritor y guionista argentino Santiago Amigorena, padre de sus dos hijos y del que se divorció en 2006.

COIXET / La productora de Cineasta(e)s aborda en la cinta el reducido papel que las mujeres ocupan en la dirección de largometrajes, primero con sus compatriotas, en una segunda película con directores varones y ya en una tercera edición del documental con cineastas extranjeros como la catalana Isabel Coixet, cuya participación grabó ayer en Málaga. «Nunca se le pregunta a un hombre si cuida a sus hijos, pero sí se le pregunta a una mujer por qué hace cine», lamenta, «se pone el foco en un cine de mujer pero no en un cine de hombre».

Gayet saca su vertiente más comprometida dando datos que confirman que las mujeres cineastas son una «peculiaridad» del cine francés, donde suponen un 27%. En EEUU solo representan un 10%, mientras que en Corea o Japón se cuentan con los dedos de una mano. «¿Por qué?, nos preguntamos». Coixet da su versión. «Hay cosas que pensamos las mujeres que a un hombre nunca se le ocurren, detalles de la vida cotidiana», explica, «en una película de hombre nunca se hace una cama». «Hay una visión más rica de la vida en el cine de mujer», concluye la catalana.

La intención de la francesa es que sus comparecencias ante la prensa giren en torno a su actividad profesional. Celosa de su vida privada, de la que apenas da pinceladas, con un simple giro de micro, da la palabra a sus compañeros de cinta cuando toca alguna pregunta que toque siquiera de refilón su vida íntima, a saber, si su biografía ha influido en su concepción o modo de hacer cine. «Yo no tomo la palabra en la película, soy productora e introduzco en la cinta a personas que tienen una mirada del mundo más rica, diferente», elude para quitarse protagonismo. En alguna entrevista en su país sí ha asegurado que no tiene prisa por casarse. Sus palabras han quedado en entredicho por su propia pareja, en cuyo libro Un presidente no debería decir eso, publicado hace unas semanas, reconoce que ella es quien insiste por oficializar la relación que dura ya dos años, pero que él no tiene intención de convertirla en primera dama, «una situación que a ella le hace sufrir».

Discreta y elegante, Gayet no ejerce de diva. Ni siquiera se cambió para posar en la alfombra roja del festival, a donde acudió en vaqueros tras un breve paseo por el centro de la ciudad, donde a mediodía dio cuenta de un buen plato de calamares con Coixet en una de las bodegas centenarias más típicas y conocidas de Málaga. Allí accedió a firmar en una de las barricas de vino, justo al lado de la de Lola Flores o la princesa de Arabia Saudi. Y dejó escrito de forma clara lo único que le interesa, de cara a los focos. «Gracias, y viva el cine». H