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El Periódico Mediterráneo

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BARRACA Y TANGANA

Algo se ha ido y ya no vuelve

El fútbol se aleja de esa sinfonía tribal y salvaje y se entrega a los brazos del milímetro del VAR, del individualismo y de los trajes

El partido de Liga Osasuna-Elche tuvo un gran inicio.

Algo estoy haciendo mal en la vida: hay días que estoy tan ocupado que olvido consultar mis ligas virtuales. Hay días que ni me acuerdo del Biwenger o de la NBA, y no hago la alineación o me quedo sin fichajes. Algo estoy haciendo mal, lo pienso a veces, que debería revisar las prioridades.

Algo hago mal seguro: hay semanas que tengo tanto lío que tecleo esta columna como ahora, de madrugada, sobre la bocina y sin saber qué escribiré en el párrafo siguiente. Hay futbolistas que juegan un poco así, según sienten. Ves que reciben la pelota y empiezan a conducir y a regatear hasta que la pierden, improvisando, avanzando en la jugada tal y como les viene. Suelen ser divertidos y bonitos, pero poco fiables. Otros en cambio saben cómo van a terminar la jugada antes de empezarla. Lo que ves en el césped lo han imaginado antes. Es una sutileza que diferencia a los buenos de los mejores, a los que hablan de los que saben y a los hijos de los padres.

Algo me hunde el ánimo: soy un partido aplazado que se juega de noche, en invierno, entre semana y a puerta cerrada. Una obligación inevitable. Lleno el calendario del teléfono con avisos amenazantes: recuerda enviar la columna el viernes; recuerda escribir la columna antes de dormirte el jueves; recuerda enviar las nuevas facturas que ya es diciembre; recuerda fabricar diez minutos para pensar antes de acostarte. El calendario del teléfono me manda notificaciones que son puñales. Hablo con él y le digo que lo recuerdo todo, que ese no es el problema, que me perdone por aplazarle. Porque claro que lo recuerdo todo, le digo, pero no me da la vida para cumplir esas órdenes.

Algo me ha pasado por encima: soy viejo de repente. Me contestan mensajes con emojis fronterizos que no sé muy bien qué significan y me quedo un rato observando la respuesta, calibrando todas las posibilidades, atrapado en las ambigüedades. No sé si me quieren o prefieren que me calle. Algo esencial se perdió en la pantalla anterior porque a veces no entiendo a los chavales. El lunes pasado gocé el arranque de partido de Osasuna: pierna fuerte, velocidad, determinación, centros y remates. Ahí estaba la verdad simple del fútbol para mí, aunque justo en ese momento el mundo estuviera mirando a otra parte. El fútbol hoy se aleja de esa sinfonía tribal y salvaje y se entrega a los brazos del milímetro del VAR, de la gala del Balón de Oro, de la alfombra roja, el individualismo, los trajes y los flashes. Lo que antes era accesorio es ahora la base, y estoy fuerísima, lo admito, soy un auténtico viejito sin fuerza ni ganas de actualizarse. Igual por eso, puede ser, pierdo tanto en las ligas virtuales.

Algo se ha ido y ya no vuelve: la última vez que salí me di cuenta de que ya no sé beber, y eso es importante. He perdido el hábito y soy lo peor, un dominguero de la noche sin intención de recuperarse. Se lo conté a un amigo y me dijo que es por la pandemia, que estuvimos mucho tiempo sin salir, que le pasa a mucha gente y que no me preocupase. Seguro que se lo inventó para consolarme. Al día siguiente desperté y bebí tres Actimel kids multifrutas en fila, uno detrás de otro, como si escondieran la pócima de la juventud infinita en cada envase. Hay resacas que llegan para quedarse. 

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