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El Periódico Mediterráneo

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Temporada estival

Roma para los turistas y para los romanos

Los extranjeros vuelven a la ciudad eterna pero no a los niveles de antes de la pandemia

Una turista se refugia del calor en la Fontana di Trevi. Reuters

El vendedor ambulante convierte su brazo en un perchero para bolsos de lujo falsificados, y procura no alejarse del bebedero que tiene al lado. El lugar es demasiado estratégico con el masificado Panteón de fondo. Un oasis de agua fresca al que vecinos turistas acuden como abejas de colmenas. Y hoy, para variar, hace muchísimo calor en el centro de Roma. La gente camina y camina, y se defiende del sol infernal y como puede. Los asiáticos avanzan con sus paraguas negros. Los estadounidenses posan con sus gorras de béisbol y gafas de rockeros. Los locales, apresurados, van vestidos de pies a cabeza con ropa de lino, y se desperdigan por la ciudad sin dejar de quejarse por las altas temperaturas

Pasa el día, y otros pueblan las calles. Son los ancianos del barrio, que aún no se han ido de vacaciones. Pero también están los funcionarios de las oficinas públicas, que se han pasado su jornada laboral con el aire acondicionado encendido. Y abundan también los turistas más jóvenes, menos enganchados ellos a los horarios matinales. Los barrios de Trastevere y Testaccio son el destino natural de estos últimos, los sitios a los que ir cuando cae el sol. Porque es allí donde se aglutina la movida nocturna, se hacen los botellones y la policía mira de reojo. Así era antes de que estallara la pandemia. Y así ha vuelto a ser ahora.

Es una vieja postal de la Ciudad Eterna, la que se impuso con el turismo de masas y la democratización de los viajes. Y no difiere mucho de la que se puede ver en cualquier ciudad grande de España. Archivado el susto inicial por el Sars-CoV-2, las instantáneas de la Roma desierta, apocalíptica y silenciosa parecen hoy un recuerdo lejano, difícil de revivir. Pero, aun así, todavía no se ha llegado en Roma por encima de los números de turistas del verano de 2019, el último antes de que el virus se propagara por el mundo. Al revés, el gremio de los trabajadores turísticos de Roma recientemente revisó a la baja sus previsiones de ocupación de camas en los albergues. “La ocupación hotelera es un 20, 30% inferior de lo que pensábamos”, han explicado desde la asociación hotelera Federalberghi. 

Veranos precovid

La razón, han dicho, remite a los temas de siempre, los de antes del estallido del virus: la basura que en Roma se acumula en las calles, las huelgas de los taxistas, el metro cerrado en las noches, y los incendios que se producen en las zonas periféricas. Son las trabas de siempre de la ciudad de la ciudad, un ciclo que se reproduce ahora con la aparente vuelta a la normalidad, a a las que que algunos corresponsales extranjeros -los anglosajones, con particular manía- han vuelto a dedicar ríos de tinta. “La decadencia de Roma es objeto de artículos en la prensa internacional y circula en las redes sociales”, se ha quejado finalmente Federalberghi. Como otros antes que él, el alcalde, Roberto Gualtieri, ha prometido que la solución llegará pronto. 

Por supuesto, hay más detrás de este cromo que circula con énfasis. La ciudad, su espesa humanidad, su vida popular, también se concentra en sitios como la plaza de San Cosimato, en Trastevere, que en las noches de julio ha congregado a decenas de miles de espectadores que se han sentado en el suelo, o se ha traído sus sillas de casa, para asistir a las proyecciones de películas al aire libre.

Esta es una tradición que ha cobrado fuerza con la pandemia. Tanto que en 2020 Giuseppe Conte, entonces primer ministro, quiso acudir a una de las primeras representaciones, y el modelo también se ha vuelto a exportar este año a otros barrios, como los periféricos Tor Sapienza y Monte de los Ciocci. Una virus que obligaba a distanciarse ha hecho aquí que la gente quiere estar cerca, no lejos. 

Atardeceres y tráfico

De hecho, el río Tíber, de caudal reducido por la época del año, también ha recobrado ahora un cierto atractivo. A la altura de la península Tiberina, en sus orillas, caminan en los atardeceres manadas de personas de decenas de nacionalidades distintas, en medio de puestos de comida italiana, venta de alhajas y prendas hippie importadas desde lugares recónditos. Abundan ahí los viajeros europeos, pero escasean los chinos, que todavía no pueden viajar al extranjero. 

Asunto aparte es que la llegada de agosto no ha supuesto este año el reemplazo demográfico de los romanos por los turistas. Los habitantes locales no han huido aún en masa de su ciudad. El tráfico lo refleja. Ha disminuido, pero poco. Lo mismo acontece con los restaurantes y bares cercanos al Parlamento y a las sedes de los principales partidos políticos. Siguen trabajando a ritmos elevados.

La caída hace días de Mario Draghi, el ahora primer ministro saliente de Italia, ha anulado las vacaciones de todos los colaboradores y asistentes de los políticos. Así continuarán hasta las elecciones del próximo 25 de septiembre, sin que la ciudad tenga otra opción que aceptarlo.

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