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La ventana de la UJI

30 años de UJI. Y parece que aún fue ayer…

Formar parte de la Universitat Jaume I, hay que ponerlo en valor, es una marca de calidad, de prestigio, unas señas de identidad

Ya 30 años de UJI. Y parece que aún fue ayer... No es nostalgia, es orgullo. Cada día que entramos por el campus lo pensamos. Cada día que damos clase --presencial-- lo pensamos, cada artículo y libro que terminamos lo reflejamos. También lo piensan quienes saben nuestra filiación universitaria. Hace 30 años empezamos a construir una universidad entre el escepticismo de los compañeros que se quedaron en la Universitat de València y la ilusión, no sabemos si heroica, de los que pasamos a la UJI. Era finales de julio del 1991. Aún conservamos, como buenos historiadores, el documento oficial que listaba aquellos poco más de un centenar de profesores y personal de administración y servicios del Colegio Universitario de Castellón que compusimos la primera plantilla.

No había nada. Hubo que, literalmente, fundar departamentos, facultades, planes de estudio, confeccionar asignaturas, una pluralidad de normativas y un largo etcétera que, progresivamente, vertebró a la Universidad. Y todo, absolutamente todo, mediante largas pero también productivas reuniones tanto del PDI como del PAS. Nunca nos pareció una pérdida de tiempo burocrática. Todo lo contrario. Y se alargó buena parte de la década de los 90. A la vez, por supuesto, había que cumplir con las obligaciones docentes, terminar tesis o publicar investigaciones, o las dos cosas. Y vivir…

Construimos, sin presunciones, una universidad. Y pública. Una universidad que nació mediante un decreto en un febrero del 1991 pero que se construyó, hasta la fecha, por las personas, especialmente las de dentro. Tarea ardua la de aquella generación UJI de los 90. Y ese sello, aquel marchamo identificador, ese orgullo de ser uji permaneció. Es más, de alguna forma se legó a las siguientes generaciones. Formar parte de la UJI, hay que ponerlo en valor, es una marca de prestigio, unas señas de identidad. Y estas se forjaron a pulmón. Por supuesto que también tuvimos la inestimable colaboración y apoyo de las instituciones de la ciudad, de la provincia y de la autonomía. A las que se unieron empresas y, especialmente, la Fundación Caixa-Castelló. Quizá, en esa simbiosis, estuvo la fórmula del triunfo, de su éxito. Aunque, también hay que decirlo, nadie nos regaló nada. Una universidad que quemó etapas, especialmente en la primera década, en muchos planos, desde las personales y profesionales promocionando y consolidando plazas de PDI y PAS, hasta la de su gobernanza acortando plazos para establecer procesos democráticos en todos sus órganos de gobierno, incluido el rectorado. Era 1995. Escasamente cuatro años desde su fundación. Fue, la de los noventa, una década de vértigo. Sin embargo, y a pesar de esta velocidad que le imprimimos a la institución, se tuvo sensatez y visión para programar un horizonte posibilista a la vez que exigente de calidad, excelencia y rigor. El resultado está a la vista. Y como nos dijo, en voz reflexiva, un insigne compañero: «Lo hicimos bien». Y, por supuesto, que en las siguientes décadas, se siguió construyendo UJI desde la sensatez y el buen hacer.

Unos meses antes de la inauguración de la UJI, el debate sobre qué modelo de universidad queríamos estaba sobre la mesa. Dos frases pronunciadas por sendos políticos nos alertaron: «la UJI será una universidad para la provincia de Castellón»; y «la UJI será el actual CUC y un 30% más». Desde el primer día trabajamos todos con un propósito muchísimo más ambicioso: la UJI debía ser una universidad arraigada en su territorio que compitiera sin complejos por desarrollar la mejor investigación y ofrecer la mejor calidad docente en un escenario internacional. En 1991 hacía apenas un lustro que España había ingresado en la Comunidad Económica Europea, solo dos años que el muro de Berlín ya no existía, faltaba muy poco tiempo para que en el continente se implantara el modelo universitario diseñado en Bolonia y una década para se produjera la unión monetaria…, el mundo estaba cambiando muy deprisa y aun iba a cambiar más. Nacíamos sin herencias y nada estaba escrito. Con la perspectiva de tres décadas podemos afirmar, sin falsa modestia, que jugamos bien la partida: cuando en 1995 las universidades españolas empezaron a implementar internet como herramienta habitual de trabajo, la UJI fue la primera; cuando solo hace cuatro años salió del campus la primera promoción de médicos de la nueva Facultad de Ciencias de la Salud, estos se clasificaron los primeros en los resultados del MIR superando a todas las universidades públicas y privadas del estado. Entre ambos hitos, una lista interminable de éxitos y reconocimientos, de internacionalización y no solo en Europa sino en el continente americano, a la vez que de arraigo en nuestras comarcas.

Ha habido, por supuesto, momentos difíciles. Cada crisis económica que ha sufrido el país ha repercutido dramáticamente en el sistema educativo español, en las universidades y por supuesto en la UJI. La crisis de 1993 nos llevó a una aminoración de plantilla al año siguiente; la crisis de 2010 frenó inversiones, proyectos y promociones; la de 2020 aun estamos luchando para superarla. Los problemas actuales de la UJI vienen determinados por el difícil contexto político y económico que atraviesan España y Europa, y todos los conocemos: la infrafinanciación de la Comunidad Valenciana, la hiper burocratización de la universidad española; el actual sistema de agencias de acreditación que ha empobrecido la carrera docente; los absurdos sistemas de evaluación de la calidad con sus miles de encuestas ineficaces; la falta de un diseño estatal de una enseñanza universitaria realmente competitiva, las carencias formativas de los alumnos en el bachillerato, etc. Es en este frente externo en el que los actuales gestores de la UJI, y los que vendrán los próximos años, tienen que librar la batalla decisiva para seguir manteniendo una concepción de equipo de gobierno proactivo que haga frente a ciertas indefiniciones de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas y a las desnortadas, en ocasiones, propuestas o aventuras en política universitaria de los equipos ministeriales de uno y otro signo.

Nosotros seguiremos sonriendo cada mañana al entrar en nuestro espléndido campus. Como nuestros compañeros/as actuales. Y nos acompañan en la memoria cada día aquellos que ya no están entre nosotros, pero que lucharon por la UJI durante el tiempo que pertenecieron en ella. Solo tenemos palabras de agradecimiento para nuestra Alma Mater.

*Profesores del Departamento de Historia, Geografía y Arte de la Universitat Jaume I de Castellón

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