Opinión | LA RUEDA

Felices sueños

El periodista Jon Sistiaga contó el otro día algo muy revelador. Durante su charla en un instituto, una alumna de la primera fila se pasó el rato durmiendo sin ningún disimulo, con la cabeza plácidamente apoyada en sus brazos. Al mostrar su extrañeza, le respondieron que era mejor dejarla así porque esa chica quería ser influencer y se pasaba las noches mirando vídeos en internet. La teoría dice que la escuela forma a los ciudadanos del mañana. Pero si eso es así, la práctica --o sea, la realidad-- presenta evidencias inquietantes de cara al futuro. Y no solo por el caso de la alumna trasnochadora. Nueve de cada diez profesores denuncian problemas de convivencia en sus clases, sobre todo en la ESO. Un estudio del sindicato CSIF describe un paisaje escolar donde las faltas de respeto, de civismo, las amenazas, los insultos, e incluso las agresiones, están a la orden del día.

Docentes agotados

Ánjel María Fernández es uno de los docentes que han agotado su capacidad de resistencia ante este panorama y después de diez años como profesor de Lengua y Literatura en institutos de Navarra, lo deja. Pero su regalo de despedida es un libro en el que narra con tremenda honestidad lo mejor y lo peor que ha vivido en las aulas. Se titula Había del verbo a ver, nació como un diario y de su lectura emerge un retrato crudo de lo que está ocurriendo: básicamente, que faltan recursos ante un mundo cada vez más complejo. El torbellino de móviles y redes sociales, sumado a la sacudida emocional por la pandemia del covid, ha agudizado el problema. Pero, además de todo eso, el maestro derrotado pone el dedo en la llaga cuando asegura que «los profesores de Secundaria estamos para impartir materias, no para educar a los chavales. No se puede dejar la responsabilidad en manos de los colegios; y hay padres que han desertado de esa función». Ánjel intuye que hay algo que se nos escapa para hacer un mejor diagnóstico, pero yo creo que acierta cuando pone también el foco en la responsabilidad familiar. Porque educar es una tarea compartida y si falla una de las patas, tenemos un problema. Y no solo de falta de sueño.

Periodista