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El Periódico Mediterráneo

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Crisis del coronavirus

Por qué la Covid-19 no es una gripe

Ambas comparten síntomas y vía de transmisión, pero el SARS-CoV-2 afecta a muchos más sistemas que el respiratorio

Una mujer con mascarilla frente a un hombre encamado con tos.

El plan del Gobierno para “gripalizar” la COVID se refiere a dejar de registrar todos los casos y crear una red de médicos centinela como el que existe para la gripe. Sin embargo, ha calado la idea de que la variante ómicron, que conlleva un menor riesgo de hospitalización y muerte, permite equiparar la COVID a la gripe estacional.

Ambas infecciones víricas comparten síntomas y vía de transmisión respiratoria, pero los científicos advierten que el SARS-CoV-2 afecta a muchos más órganos que los pulmones.

Es un virus multisistémico cuyo potencial para crear complicaciones a medio y largo plazo –aun cuando la infección cursó asintomática o con síntomas leves– aún se está estudiando. Esto es solo parte de lo que se sabe­:

Ómicron sigue siendo grave

Ómicron puede ser la mitad de letal que delta, pero delta era el doble de letal que el virus de 2020”. Así lo afirma en un artículo en el periódico australiano 'The Saturday Paper' la epidemióloga Raina MacIntyre, jefa del programa de bioseguridad del Kirby Institute y asesora de la OMS. La experta recuerda que la OMS evalúa el riesgo de ómicron como alto y reitera que aún no se dispone de datos adecuados sobre la gravedad de esta variante en personas no vacunadas. “El SARS-CoV-2 es mucho más transmisible y letal que gripe”, advierte en su perfil de Twitter Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra, que también recalca que este coronavirus “no es estacional, de momento”.

Un porcentaje pequeño de afectados no la hace menos severa

Un argumento común para restar importancia al COVID-19 es el alto porcentaje de asintomáticos y personas que lo pasan con síntomas banales. Sin embargo, esto ocurre también con la poliomielitis y el sarampión, dos enfermedades en las que más del 90% de los niños que se infectan no padecen cuadros clínicos serios, pero en un pequeño porcentaje sufren complicaciones graves y potencialmente mortales. El éxito de las vacunas para ambos virus, eliminados en casi todo el mundo desarrollado pero no erradicados, nos ha hecho olvidarlo. El SARS-CoV-2 es similar.

Riesgo de Covid persistente

“Promover el contagio ‘libre’ tiene el problema de que todavía no sabemos qué consecuencias tendrá el COVID persistente”, apunta López-Goñi. Una de las mayores expertas en COVID persistente, la neurocientífica gallega Sonia Villapol, apuntó en un reciente artículo en FARO que aún es muy pronto para saber si la variante ómicron puede causar distintas formas de esta afección post-COVID que perdura al menos tres meses después del contagio.

Un metaanálisis realizado por Villapol y otras científicas internacionales, adelantado por FARO y publicado en la revista “Scientific Reports”, identificó más de 50 síntomas o efectos del COVID persistente. Los más comunes son: fatiga, dolor de cabeza, trastorno de atención, caída de cabello, disnea, ageusia (pérdida del gusto), anosmia, dolor articular o tos, y una variedad de problemas neurológicos, reumáticos y enfermedades infecciosas.

Diabetes

Se sabe desde los inicios de la pandemia que las personas con diabetes tienen más riesgo de consecuencias graves si se contagian de coronavirus, pero también aumenta la evidencia científica que apunta a un mayor riesgo de desarrollar esta enfermedad metabólica tras la infección. Un reciente estudio de los Centros de Control de Enfermedades (CDC) de EE UU señala que hay hasta un 166% más de riesgo de diagnóstico de diabetes para los pacientes menores de 18 años 30 días después de contraer el virus.

Microcoágulos

El COVID-19 agudo no es solo una enfermedad pulmonar, sino que afecta significativamente los sistemas vasculares y de coagulación. La profesora Resia Pretorius, fisióloga de la Stellenbosch University (Sudáfrica), informó recientemente que ha hallado una formación significativa de microcoágulos en pacientes con COVID persistente. Otros laboratorios han reportado niveles muy altos de dímero D, indicador sanguíneo que se mide en personas con sospecha de trastornos trombóticos.

Efectos neurológicos

Ya en noviembre de 2020 Sonia Villapol apuntaba en una entrevista con FARO que “la COVID-19 puede aumentar el riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas”.

La investigación sigue indagando en los efectos neurológicos y cognitivos del virus, como la “niebla” y confusión mental –déficit de concentración–, la pérdida de memoria y otras disfunciones. El origen puede ser el neurotropismo o la entrada directa del SARS-CoV-2 en el cerebro, a través del nervio olfativo. Otra posibilidad apuntada por Villapol es una respuesta inflamatoria con un posible componente autoinmune o hiperinflamatorio.

Deterioro inmunológico

El inmunólogo estadounidense Anthony J. Leonardi (Universidad Johns Hopkins) advirtió en una entrevista publicada ayer por FARO que “las infecciones repetidas provocarán un envejecimiento prematuro de las células T”, lo que puede propiciar que infecciones posteriores, por ejemplo por hongos, sean más graves. Un estudio publicado el pasado jueves en “Nature Immunology” halló que la disfunción inmunológica persiste 8 meses después de la infección inicial leve a moderada por SARS-CoV-2.

Lo que todavía no se sabe

La reciente confirmación de que el virus de Epstein-Barr es un causante necesario de la esclerosis múltiple nos recuerda los efectos a largo plazo de algunos patógenos. “Es demasiado pronto para saber si el COVID-19 provocará demencia de inicio temprano o insuficiencia cardíaca dentro de una década, pero la evidencia justifica un enfoque de precaución –defiende la epidemióloga Raina MacIntyre–. Algunas infecciones tienen complicaciones a muy largo plazo; el sarampión, por ejemplo, puede causar una encefalitis poco común y mortal unos 10 años después de la infección inicial. Debemos hacer todo lo posible para prevenir la infección masiva de niños y adultos”, sentencia.

La miocarditis, otra posible secuela

La miocarditis sonó mucho meses atrás como efecto secundario muy raro de las vacunas contra el COVID-19. Sin embargo, el riesgo de padecer esta inflamación del miocardio, el músculo del corazón, es mucho mayor si se contrae el SARS-CoV-2. Un caso reciente es el del futbolista del Bayern de Múnich Alphonso Davies. El lateral, de 21 años, fue diagnosticado de miocarditis leve la semana pasada, tras haber pasado el COVID días antes. Otro famoso futbolista, Pierre-Emerick Aubameyang (32 años), del Arsenal, y dos de sus compañeros de la selección de Gabón fueron descartados para jugar tras diagnosticárseles problemas cardiacos. Todos acababan de superar el coronavirus. Los futbolistas de élite son sometidos a exámenes constantes. Es lógico pensar que este tipo de complicaciones se producen entre la población general sin ser detectadas.

La OMS prevé que la mitad de la población europea estará contagiada en menos de 8 semanas. Los expertos avisan de que no se trata de si nos vamos a contagiar o no con ómicron, sino de cuándo.

Los médicos especializados en COVID también subrayan que es crucial el “cuánto”, la dosis viral inicial con la que nos contagiamos. No es lo mismo infectarse mediante un contacto estrecho con un compañero de trabajo que en una discoteca abarrotada, sin ventilar y llena de gente infectada cantando y sin mascarillas. En la segunda situación la cantidad de partículas víricas que nos infectan es mucho mayor y las consecuencias clíncas serán más graves. La carga viral inicial es muy importante.

Así, los especialistas creen que los mayores que vivían en sus domicilios y se infectaron de COVID-19 tuvieron, en general, una mejor evolución de la enfermedad que los que estaban en ciertas residencias donde había condiciones de hacinamiento.

De la importancia de la dosis viral inicial se deduce que hay un término medio entre encerrarse en casa por medio al contagio, algo absurdo, y entregarse al contagio libre rechazando cualquier medida de precaución. La utilización de mascarillas de calidad, como las FFP2, la ventilación cruzada y la evitación de interiores abarrotados y mal ventilados son medidas que permitirán que, en caso de contagiarnos, tengamos una carga viral reducida y padezcamos un COVID-19 más leve.

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