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Mar

La otra vida naufragada del 'Pitanxo'

Gloria Salinas, madre de uno de los desaparecidos en el hundimiento, pide amparo: “Estoy abandonada” | “He venido por mi hijo; que bajen al barco e investiguen”

Gloria Salinas muestra una imagen de su hijo Edwin, este martes en Vigo. Ricardo Grobas

El dolor no tiene gamas cromáticas, pero la pena en los ojos de una madre brilla distinto. Diferente a cualquier otra, a la de los demás. La mirada de Gloria Salinas no ha dejado de llorar desde el 15 de febrero, cuando supo que el Atlántico se había tragado el barco en el que iba su hijo Edwin. “Hola, mamá. ¿Puedes mandarme miel de abeja, por favor?”. Este fue su último mensaje; el chico ya no leyó la respuesta. Su cuerpo es uno de los doce que no han aparecido de los 21 fallecidos del pesquero Villa de Pitanxo. Ha dejado un luto omnipresente e incompleto al mismo tiempo en esta mujer de 65 años, que viajó a Vigo desde la remotísima ciudad peruana de Jaén con la idea de pelear por la verdad del siniestro y conocer a dos de sus cuatro nietos, nacidos ya en Galicia. Ahora está sola. “Abandonada”. En conflicto con la familia de su nuera, pide amparo, trabajo y paz. “Para estar así aquí mejor me vuelvo. Pero quiero arreglar los papeles de mi hijo, ir a las manifestaciones”. Vive ahora en casa de una familia que la ha acogido temporalmente.

Edwin Córdova Salinas, de 29 años, llevaba más de cuatro embarcado. “El me decía te voy a traer, vamos a conocer España y, si se puede, hasta Roma. Mi hijo era todo para mí”. También buena parte de su sustento económico, con transferencias periódicas a través de Western Union, aunque Gloria trabajaba de manera eventual en el país andino. Su teléfono es testigo de una intensa correspondencia, con mensajes diarios que se apagaron pocas horas antes del naufragio. “Avisó a mis hijos”, dice, en referencia a la pareja de Edwin y madre de los cuatro niños. “Yo no sabía qué hacer, quería viajar pero no tenía dinero para el pasaje”. En ese momento se trasladó a Lima, donde estuvo dos meses –relata– esperando por un billete de avión. No llegó a Vigo hasta el 4 de mayo, cuando el juzgado ya había declarado formalmente el fallecimiento de todos los marineros desaparecidos.

“Creo que no quería que viniera. Yo decía que quiero estar en las protestas. No conozco a nadie, si no yo me movería. No tengo ninguna ayuda”. En la ciudad olívica reside buena parte de la familia política de Edwin, con quien estuvo viviendo Gloria durante unos meses. Aclara que nadie la echó del piso, pero la convivencia era negativa y que apenas salía de su cuarto. “Mi hijo también tiene familia. Yo soy su madre, yo le enseñé valores, cultura”. Quiere tranquilidad, pero considera que también tiene derecho a parte de la indemnización por la muerte del chico y a mantener contacto con los cuatro pequeños. “Tengo dos regalos de cumpleaños, los quiero ver. Edwin vivía pegado a sus hijos”. Ninguna de las administraciones a las que ha recurrido le ha prestado asistencia de ningún tipo; solo Stella Maris de Vigo (adscrito a la Diócesis Tui-Vigo), con 100 euros, le ha permitido comprarse medicinas. “El que nada debe, nada teme. No he hecho nada malo”, defiende la mujer, que lleva encima una foto plastificada del marinero. Respira con ella, “vive en mi corazón”.

Su visado temporal expiró ya y busca trabajo. “Me contactó una señora, pero después me dijo que ya tenía a otra persona. Mientras esté de pie y mi cuerpo aguante, quiero trabajar”. Tiene un grito apagado y cansado por las lágrimas, pero es igualmente una voz de socorro. Como todos los familiares de los fallecidos en el Villa de Pitanxo, y como el superviviente Samuel Kwesi Koufie, Gloria Salinas exige una investigación plena de las causas del naufragio, el más trágico desde 1978 (Marbel). “Quiero averiguar, que averigüen. Si dijeron que se podía bajar, que lo hagan”.

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