AGUSTÍN GONZÁLEZ AGUSTÍN GONZÁLEZ 13/10/2003

El pasado mes de agosto se nos dieron a conocer los resultados de una encuesta mundial sobre los valores. Lo más destacable de la misma era la distancia entre lo que pensaba la gente de la calle y lo que practicaban las instituciones.

Tuve la oportunidad de comentar la noticia en la radio y parecía que a nadie le sorprendía. Todos "lo sabíamos". Los conservadores, porque hace años que achacan gran parte de los males de nuestra sociedad a la pérdida de los valores tradicionales, que yo nunca he sabido quién de verdad los practicaba antes. Los progresistas, porque "siempre han sabido lo que quieren los ciudadanos", aunque que yo recuerde, cuando han estado en el poder, tampoco cambiaron mucho las cosas. Los ciudadanos de a pie, porque son los que respiran en la calle. Sea como fuere, lo cierto es que nadie se ha sorprendido.

Si por valores entendemos las pautas y principios que orientan nuestra conducta, es cierto que en el último medio siglo han variado profundamente. No puede ser de otra manera. Los valores los creamos y nos los imponemos los hombres y mujeres de cada sociedad en cada momento histórico. No proceden de ninguna trascendencia ni de nada ajeno a nosotros. Y por eso diferentes culturas tienen diferentes escalas de valores, y las mismas sociedades en diferentes épocas también tienen diferentes valores.

Cualquier persona puede comprobar el desplazamiento que se ha producido entre lo que le inculcaron sus padres y por lo que se guían sus hijos, o sus nietos. La desaparición de unos valores y la creación de otros es un proceso que la humanidad viene repitiendo generación tras generación. Lo novedoso es que en nuestra sociedad las transformaciones son mucho más rápidas que en las anteriores y la influencia de los medios de comunicación.

Las instituciones religiosas, políticas y sociales siempre han sido las encargadas de velar y fomentar los valores ad usum de sus respectivas comunidades. Es cierto. Pero no menos cierto es el que siempre han ido por detrás de las aspiraciones de una parte importante de los individuos de esas mismas comunidades. Como ejemplos de nuestro tiempo, baste citar que libertad de expresión, de residencia, de pensamiento, sexual y otros muchos valores que hoy consideramos fundamentales, costaron muchas vidas y sacrificios para que fueran reconocidos por las instituciones políticas, sociales y, no digamos, por las religiosas, cuando lo han hecho. La sociedad lleva una velocidad de crucero y las instituciones siguen caminado contando los pasos.

Nada extraño, pues, que, según la citada encuesta, una mayoría rechace la Iglesia y, sin embargo, una parte importante de esa misma población se confiese creyente. O la escasa confianza en la clase política. Hoy día, tanto la política como la Iglesia ya no hablan al individuo, se preocupan sólo de su epidermis, o lo que es peor, de cómo controlarle, de cómo guiarle. Por eso contemplamos la política como pura administración y sólo le exigimos que resuelva los problemas del día a día. Cada vez es más burocrática; en lugar de políticos genera técnicos. Y la legión de los indiferentes no deja de aumentar.

Estas son dos de las evidencias que, a mi entender, muestran esos datos y el que todos "ya sabíamos": que la distancia entre creyentes e Iglesia y entre gobernados y gobernantes cada vez es más grande. Por encima de las normas, leyes o, incluso, costumbres con las que convivimos, la razón, o el sentido común, encuentran principios desde los que juzgamos si, aquí y ahora, unas y otras son justas o injustas.

Este desequilibrio entre los valores que pensamos y los plasmados en normas y leyes no implica, en ningún caso, que estemos viviendo en una época nihilista, de crisis de valores. No, porque la verdadera moralidad es la que vamos creando a partir de nuestra autonomía moral, a partir de esos "principios" desde los que juzgamos.

La igualdad, la fraternidad, la libertad, las gritaron los individuos antes que las instituciones. La igualdad de derechos entre ambos sexos la reclamaron las mujeres, no se la regaló ningún gobierno. La solidaridad como valor sin fronteras y gratuita la vemos mejor reflejada en los individuos y sus propias organizaciones que en las políticas de los diferentes estados. La paz como valor universal la exigió la calle, no los gobiernos.

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