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OPINIÓN

Opinión de Enrique Ballester | El resguardo de la edad

Marco Asensio.

Durante un prolongado momento de mi vida, mi madre justificaba todas mis malas acciones con la excusa de la edad. Igual atropellaba a un viejo con la bici, siendo un niño en el pueblo, y mi madre se disculpaba por mí diciendo ‘es la edad’, y sin problema, no hacía falta añadir nada más. Pillabas tu primera borrachera y te despertabas pensando que se avecinaba la bronca del siglo, pero luego bajabas a comer y escuchabas a tu madre comentar a sus amigas que ‘es la edad’, y ni tan mal. El comodín de la edad parecía no tener límite, que ahora pienso que debería haberlo aprovechado más, qué sé yo, para repetir algún curso en el instituto, hacerme rapero o atracar una sucursal. Porque el resguardo de la edad, como todo lo bueno, un día se tenía que acabar.

Un día no hay edad que valga, porque estás atrapado en una franja fatal: demasiado viejo para eludir responsabilidades y demasiado joven para descansar. En el deporte se ve muy claro cuándo deja de ser un extra positivo el asunto de la edad. En mi cabeza, Luka Doncic pasó de tener 16 añitos a estar obligado a ganar la NBA, de repente, de un día para otro sin poderlo asimilar. En el fútbol solo se destaca la edad si eres muy joven o eres muy viejo. Ahora se habla de los 36 años de Luka Modric para juzgarlo con benevolencia, en plan ‘tiene 36 años pero aún corre’, con una sorpresa similar a la de ver a un bebé que aprende a caminar. Ahora se habla de la juventud de los novísimos de la selección o de los chavales del Barcelona para amortiguar veredictos: que disfruten mientras dure, les diría, porque la realidad empieza cuando termina la novedad.

Si escribes columnas con 23 años y te flipas un poco, la gente piensa como tu madre, que es normal, porque ‘es la edad’. Si ya tienes 75 y escribes alguna burrada te disculpan igual, porque ‘es la edad’ y a veces se te va. El riesgo lo corres en la fase intermedia: si escribes algo que no toca descubrirán que eres un imbécil integral. Por lo general, eso que llaman trayectoria profesional no es más que una carrera desesperada por ocultar esa verdad.

En el fútbol, de hecho, es un poco igual, o peor: los plazos se aceleran porque todo funciona a la máxima velocidad. Antes que nada: a mí de Modric no me impacta tanto que corra sino que desprenda aún cierto entusiasmo vital. Pero en otras edades el entusiasmo se presupone. Si ves a Marco Asensio, a sus 25 años, firmar una exhibición contra el Mallorca, piensas que eso debería ser lo habitual y no lo extraordinario. Te produce hasta rabia verlo brillar, por lo fugaz. Vinculas a Asensio a la teoría del petisuis --o como se llame ahora el petisuis-, que me acabo de inventar: está bien, pero por qué no más. Por qué esa dosis ridícula de cantidad, por qué no hacen petisuises de un kilo, por qué tanta mezquindad. Por qué terminan tan pronto esos fogonazos de Asensio si no está debutando ni se va a retirar, si no es cosa de la edad.

Es el peor este ‘momento Asensio’, cuando ya nadie te pregunta qué quieres ser de mayor. Ahí estás jodido porque no existe margen para la coartada con la edad. Ahí estás solo, ahí no te tienen paciencia y ahí no vendrá a salvarte tu mamá. También ahí decanta el fútbol al jugador de verdad, sin perdón ni piedad: difuminarte o espabilar. 

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