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El Periódico Mediterráneo

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Vidas en riesgo

No hay futuro para los pacientes de cáncer en el Líbano

La debacle económica aboca a las familias de los enfermos a la pobreza y la incertidumbre por la escasez de medicamentos y tratamientos en el país

La doctora Roula Farah, presidenta de CHANCE, trata a una paciente de cáncer.

Jonathan tenía apenas un año cuando sus padres encontraron algo raro en su orinal. Lo llevaron al hospital y allí, tras varias pruebas, les dieron la noticia. El bebé tenía un tumor de 12 centímetros. Jonathan sufre un cáncer de próstata, una enfermedad curable en cualquier país. Pero Jonathan es libanés. “En un mes, trabajando en tres empleos distintos, solo soy capaz de pagar una sesión de quimio”, lamenta su padre, Joe Karam. En este pequeño país mediterráneo, la escasez de medicamentos, la falta de tratamientos y la pobreza causan más muertes que el propio cáncer.

“Soy su padre, ¿qué se supone que tengo que hacer?”, se pregunta con desesperación Joe. Después de siete meses de tratamiento, el cáncer no abandona el cuerpo del pequeño mientras el drama ocupa su casa. Los Karam se han gastado miles de dólares en intentar curar a Jonathan. “Día tras día, la situación no deja de empeorar y hemos tenido que comprar la quimioterapia en Turquía o Francia y traerla aquí”, explica desde el coche de camino a su siguiente empleo. “Trabajo desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche y traigo a casa 100 dólares”.

<p>La fundadora de Medonations, Marina el Khawand, posa frente a algunos de los medicamentos donados para paliar la escasez.</p> Andrea López-Tomàs

El Líbano sufre una de las peores crisis económicas que el mundo haya visto en los últimos 150 años, según el Banco Mundial. Y no hay aspecto de la vida cotidiana que no se haya teñido de miseria. “Nuestro gobierno nos está matando”, decía una pancarta de una paciente de cáncer durante una manifestación. A finales de agosto, frente a las principales oficinas de la ONU en Beirut, los enfermos exigían ayuda internacional para detener el “genocidio” perpetrado por la clase política. “Nos negamos a tener una cuenta regresiva de vida”, defendían.

Maletas llenas de fármacos

“Si la situación continúa de esta manera, vamos a perder vidas a un ritmo que nos será imposible seguir salvándolas”, recuerda Marina el Khawand, fundadora de Medonations. Mientras habla, su teléfono móvil no para de iluminarse con imágenes de recetas médicas y signos de interrogación ocupando la pantalla. Desde hace un año, esta joven de 20 años y sus amigos coordinan la llegada de donaciones de medicamentos desde el extranjero. También buscan fondos para financiar los tratamientos en el Líbano

Tras atender a una anciana que viene a buscar paracetamol, explica que los pacientes de cáncer son los “casos más difíciles" porque las medicinas y las curas son muy caras. “Mucha gente se salva gracias a cajas de medicamentos de antiguos enfermos de cáncer que ya se han curado”, apunta el Khawand mientras insiste en la importancia de no tirar nada. “Mandad los restos al Líbano”, sugiere.

<p>Estanterías repletas de medicamentos donados en el almacén de Medonations en Beirut.</p> Andrea López-Tomàs

Desesperación en los hospitales

Muy lejos parecen los días en que el país de los cedros era el centro médico de referencia de la región. Pero ahora, la devaluación de la libra libanesa en un 90% y el agotamiento de las reservas de divisas del banco central dificultan la importación de fármacos y tratamientos. “La pesadilla de todo médico es estar frente a un paciente sabiendo que hay un tratamiento, que hay algo que puede hacer, y no poder hacerlo debido a factores externos, de tipo político o económico”, reconoce la doctora Roula Farah, fundadora y presidenta de la asociación CHANCE para niños con cáncer.

“Aunque no somos responsables de proporcionar medicamentos a los pacientes, como médicos nos encontramos en medio de esta crisis humanitaria y sanitaria y no podemos dejar de actuar”, admite. En los hospitales, los doctores se ven forzados a priorizar pacientes para dar tratamiento a aquellos con mayores posibilidades de sobrevivir. A menudo, buscan fármacos sustitutivos. “Pero algunos no tienen sustituto y tenemos que conseguirlos cueste lo que cueste”, defiende la doctora Farah. La diáspora libanesa actúa de válvula de oxígeno para mantener con vida a los enfermos de su país.

"Resilientes y hartos"

Pero a la dureza de la enfermedad, se le añaden las adversidades económicas. “Antes, la fórmula para bebés solía costar unas 20.000 libras libanesas; ahora son 110.000”, critica Joe Karam. El salario mínimo se mantiene, entretanto, en 675.000 libras. “No vivimos, trabajamos todo el día para asegurar el tratamiento de Jonathan y eso sin contar nuestros gastos básicos de alimentación”, confiesa. Las familias de los enfermos de cáncer se ven abocadas a un activismo impuesto, a una lucha que detestan. “Este país no hace más que retroceder y aquellos, como nosotros, que nos quedamos fuera nos vemos obligados a hacer ruido”.

<p>En el almacén de Medonations, se acumulan maletas que han llegado a Beirut con fármacos para paliar la escasez de medicamentos</p> Andrea López-Tomàs

“El pueblo libanés es tremendamente resiliente pero eso no significa que no esté cansado y enfadado, que no esté harto de ser testigo de la injusticia”, denuncia la presidenta de CHANCE. El artículo 25 de la Declaración Universal de Derechos Humanos recoge que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado para la salud y el bienestar de sí mismo y de su familia”, incluida “la atención médica y los servicios sociales necesarios, así como el derecho a la seguridad en caso de desempleo o enfermedad en circunstancias fuera de su control”. Pero en el Líbano, hace tiempo que eso suena a papel mojado. 

Mientras la clase política se enfrasca en discusiones sobre planes y reformas, la sociedad libanesa pasa a la acción. No hay otra alternativa. “La salud no puede esperar”, insiste el Khawand. Aunque el final del verano y la ausencia de turistas entrando en el país ponen en riesgo la sostenibilidad de Medonations, la organización no se plantea detener su trabajo. El futuro es una gran incógnita. “Esto no ocurre en ningún otro lugar del mundo”, lamenta Joe, "pero al mismo tiempo, somos fuertes. Tenemos que estar ahí para Jonathan”.

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