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El Periódico Mediterráneo

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Guerra en Ucrania

Saltivka, la zona cero de la guerra en Járkov

En los barrios del norte de Járkov solo quedan pensionistas malviviendo entre las ruinas de los edificios

Desolación en una calle de la ciudad de Járkov, tras los ataques del Ejército ruso. Marc Marginedas

Las ventanas reventadas, las carcasas de los coches carbonizados, los enormes socavones abiertos en el asfalto por los impactos de artillería, las ventanas y balcones horadados por proyectiles, las fachadas ennegrecidas por los incendios que en muchos casos se consumieron por sí mismos y nadie pudo apagar, los patios de recreo con columpios y balancines desiertos y repletos de vidrios caídos desde los edificios adyacentes. Pero sobre todo, las fantasmagóricas siluetas de los escasos habitantes que aún permanecen aquí y que en su día, con los primeros bombardeos, prefirieron no emprender las de villadiego; figuras pertenecientes, todas ellas y sin excepción, a ese estamento social tan exsoviético formado por jubilados con pensiones de miseria y sin lugar a donde ir.

Esto es Saltivka Masiv, un barrio de la periferia de Járkov -en el oeste de Ucrania- que se empezó a construir allá por los años 60 y así bautizado porque la carretera que une la segunda urbe ucraniana con las poblaciones de Staryi Saltiv y Verknii Satliv constituye uno de sus lindes fronterizos. Al tratarse de un distrito eminentemente residencial, no parece que los obuses de las Fuerzas Armadas rusas, que cayeron con prolijidad durante todo el mes de marzo hasta fecha bien reciente, hayan buscado destruir objetivos militares regentados por el Estado ucraniano. El elevado nivel de destrucción que presenta el distrito se debe, según deducen sus moradores, a su posición geográfica, situado en el extremo norte de la ciudad, es decir, más cerca de la frontera rusa, a unos 40 kilómetros, y de una línea de frente que en las últimas jornadas se ha ido alejando poco a poco del casco urbano para regocijo de defensores y habitantes de Járkov.

Zhenia, en una calle de Járkov, ciudad que se ha negado a abandonar pese a los ataques de las tropas rusas. Marc Marginedas

Con la cabeza cubierta por una gorra marrón y una fina gabardina azul que apenas le protege del fuerte viento reinante, Zhenia, un hombre prematuramente envejecido de 68 años que prefiere ocultar su apellido, acude cada día al subterráneo de la cercana estación de metro Heroi Pratsi con el único objetivo de llenar un táper de sopa caliente. "De 46 apartamentos, solo siguen habitados seis", destaca, mientras señala dónde cayeron las bombas más destructivas durante los días álgidos de la ofensiva militar. Aunque muchos de los lugareños ya no habitan sus hogares, en su caso ha preferido continuar en su apartamento contra viento y marea, pese a que las ventanas están rotas y pasa las jornadas literalmente a la intemperie y expuesto a las corrientes de aire. "Hace mucho frío cuando oscurece, cinco o seis grados", comenta, antes de aclarar que cada noche debe abrigarse con esmero antes de meterse en la cama. Su respuesta es tajante cuando se le inquiere acerca de su negativa a ser evacuado. "Pero si no tengo adónde ir", exclama.

Andenes, pasillos y salas

Es precisamente bajo el subsuelo, concretamente en los andenes, los pasillos y las salas con máquinas expendedoras de la mencionada estación suburbana, donde el drama humano que uno intuye en las calles desiertas de Saltivka Masiv se hace carne. Porque cientos y cientos de vecinos se han instalado allí, literalmente amontonándose los unos sobre los otros, de forma insalubre, con colchonetas, sillas, mantas, utensilios de cocina y hasta hornos microondas. Valentina Osina, de 65 años, y su hijo Ruslán, de 45, llevan más de dos meses refugiados en este lugar, adonde llegaron en los primeros días de la ofensiva después de que un bombardeo destruyera los pisos inferiores del edificio en el que vivían, sito a unos dos kilómetros. "No sabemos si aún tenemos casa; el Ejército no nos deja ir hasta allí, nos dicen que aún es peligroso", cuenta Valentina. Ambos se hallan enfermos, en particular la madre, que padece bronquitis. Y pese a saber que estas largas estancias, durmiendo a ras de un suelo literalmente cubierto de mugre no harán más que empeorar su condición. Pese a todo, prefiere no quejarse. "Nos dan buena comida, y entre los que estamos aquí nos llevamos bien aquí", subraya.

Valentina Osina y su hijo, Ruslán, refugiados desde hace dos meses en el metro de Járkov. Marc Marginedas

La parte más destruida de Saltivka se halla, sin duda, después de franquear mediante un puente un pequeño riachuelo devenido, metros más abajo, en bucólico estanque. El silencio aquí es inquietante, perturbador, de los que hiela la sangre, máxime si cada cierto tiempo, éste es interrumpido por un intenso estruendo seco procedente de las líneas de frente. "Eso no es nada; en marzo, nuestro edificio vibraba y se movía como si se tratara de un terremoto", relata Irina NIkolaenko, de 73 años. Admite, eso sí, haber sentido miedo en una ocasión, cuando un proyectil incendió el garaje y un coche aparcado empezó a arder. "Pensamos que el fuego se extendería al edificio", explica.

A su lado, Ludmila Kiskina insiste en que no abandonarán sus casas pese a la guerra, al tiempo que agradece al cielo y a su suerte que su piso sea de los que todavía permanezca casi intacto. "Solo ha resultado afectada una ventana", explica. "Los pisos que dan a esta fachada, los más expuestos, son los de tres habitaciones; los nuestros son más pequeños", interrumpe Irina. Además de la determinación de no abandonar su casa al Ejército ocupante, existe una poderosa razón para que esta mujer, pese a todo, siga en Saltivka: Los 36 gatos que alimenta cada día, pase lo que pase, incluso bajo los más terribles bombardeos.

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