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El Periódico Mediterráneo

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Entrevista

"Mi desahucio debe avergonzar a las administraciones, no a mí"

Roser Amills va a ser desahuciada de la casa donde nació, no encuentra vivienda en alquiler y las instituciones empeoran su situación, ha recurrido a las ayudas para productos de primera necesidad

Roser Amills. MANU MIELNIEZUK

Roser Amills (Algaida, 1974) ha sido noticia frecuente, también en esta página, por su veintena de libros publicados. Ahora va a ser desahuciada de la casa donde nació, no encuentra vivienda en alquiler y las instituciones empeoran su situación, ha recurrido a las ayudas para productos de primera necesidad.

Para que se haga cargo del tipo de entrevista: "¿Se ha quedado en la calle?"

Todavía no, me quedo oficialmente en la calle el día 28. Me han desahuciado de la casa de Algaida donde nací, he llamado a todas las puertas y estoy desesperada.

Nunca imaginamos que le ocurra a una mallorquina.

Tenemos la idea de que le sucede a gente de fuera, sin recursos familiares o económicos, pero puede pasarle a cualquiera. Nunca me lo hubiera imaginado.

De hecho, no debería pasarle a ningún mallorquín.

Claro, porque tener un techo es una necesidad básica reconocida en la Ley de Vivienda de Balears de 2017. Allí se establece que ningún mallorquín se quede sin una solución habitacional, y que puede denunciar al Govern por no hacer bien las cosas.

No le avergüenza confesar su situación.

Exacto. Mi desahucio debe avergonzar a las administraciones, no a mí. Dejan a una persona con un menor a su cargo en la calle, y soy víctima de violencia de género.

¿Cómo lo ha encajado?

Es un infierno, te pasan las ideas más tristes por la cabeza, piensas que has hecho algo mal, te das cuenta de la falta de comprensión. Entiendes que haya quien llegue a la desesperación y al suicidio.

¿Y el trabajo?

No me caen los anillos por ningún tipo de trabajo. He aceptado propaganda de audífonos, peón de limpieza, ahora me he sacado el título de monitora de tiempo libre. Mi currículum tiene 47 páginas de certificados, pero solo te ofrecen contratos precarios y entonces no te alquilan. La pescadilla que se muerde la cola.

Ha llamado a la puerta de las instituciones.

A todas las puertas. Lo que no perdono al IBDona o al Ibavi es que no te dan solución, ni un plan temporal. Te dicen que no y te envían a la casilla de salida. Todo es burocracia, ni siquiera te preguntan qué necesitas.

Pues presumen bastante.

Ves los titulares y todo son primeras piedras y proyectos. No están del lado de los afectados, que soy yo. Son una fuente inagotable de decepción y padecimiento. Cuando te dicen que no, estoy desesperada y me desespero todavía más.

Quieren separarla de su hijo.

Las opciones son o siete días en un hostal del ayuntamiento, o un mes en el convento como violencia de género, pero entonces no puedo compartir la habitación con mi hijo y se abre la perspectiva más terrible para una madre.

No faltará quien le culpe de su suerte.

Sí, duele cuando las instituciones te dicen «pero tú ya lo sabías, que tendrías el desahucio». Te culpan, cuando llevo un año sin dormir, haciendo todo lo que estaba en mi mano.

Ha solicitado las ayudas de comida.

Fue lo primero de todo. Es una tema muy tabú, ir a recoger productos de primera necesidad una vez al mes, hacer cola, que te vea la gente del pueblo.

Algunos receptores de ayudas se esconden.

Le da vergüenza a muchos, no a mí. No quieren hacer cola para que no les vean, piden por favor que se lo lleven a casa. Es un problema invisible, pero en todos los pueblos ha aumentado por el desplazamiento del nivel adquisitivo. Quienes estaban muy bien ya solo están bien, y estos han pasado a estar fatal.

Todo esto le ocurre en su pueblo, en Algaida.

Y todavía te haces más cruces. No es una gran ciudad, cuesta aceptar que le suceda a alguien normal y corriente. No crees que sea verdad, piensas que no será para tanto. Por la culpabilidad, molesta verlo, como la señora mayor que está en la Intermodal y a la que nadie le pregunta qué le pasa.

Nos tendremos que acostumbrar a que nadie está exento.

Exacto, porque los precios no volverán a bajar, gastas tus ahorros sin darte cuenta y agotas tus recursos. El paro es simbólico, enseguida se reduce a 460 euros de pobreza extrema.

Mientras tanto, se venden casas mallorquinas a millones de euros.

Y escuchas que «te vale la pena invertir en Algaida, porque está subiendo mucho». Especulamos con nuestra posibilidad de vivir donde nacimos. Se tienen que compartir habitaciones o marcharse a otro sitio, todo esto empeora la sociedad mallorquina.

¿Seguirá luchando tras haber cruzado ‘El ecuador de Ulises’ de su Errol Flynn?

Jajaja. En el libro quise entender cómo Errol Flynn afrontó la decadencia de sus últimos años en Mallorca. Soy una mujer luchadora como todas. Somos unas leonas, unas heroínas porque, cuando hemos agotado las fuerzas, luchamos cinco minutos más.

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