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El Periódico Mediterráneo

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Movilidad

¿Conducimos mal por autopista?: La culpa siempre es del otro

Adelantamientos por la derecha, frenar bruscamente, atrincherarse en el carril del medio a 80 kilómetros por hora. Camiones y turismos estallan ante las infracciones de tráfico que, casualmente, siempre cometen los demás: "Conducimos mal por puro egoísmo", admite un veterano conductor

¿Conducimos mal por autopista?: La culpa siempre es del otro. Ricard Cugat

"Siempre queremos ser los primeros, queremos pasar delante del otro, somos egoístas". Esta frase no la pronuncia un experto en terapia personal. Es Lluís Codina, transportista a punto de la jubilación, al responder a la pregunta de si conducimos bien, mal o regular por la autopista. Su teoría es que a todos nos gusta llegar a nuestro destino, pero no queremos cruzarnos con nadie. Algo imposible, y más ahora, con las autopistas, la AP-7 al frente, libres de peaje, hecho que ha provocado un aumento del número de vehículos en el asfalto.

Este aumento de usuarios ha tensado la siempre difícil convivencia entre conductores de camiones y de turismos. El problema es especialmente grave en las vías con solo dos carriles. Unos culpan a los otros del desastre. "La autopista es más peligrosa", coinciden todos. Pero el dedo acusador siempre señala hacia el volante ajeno.

Son las once de la mañana y las tormentas que han caído en buena parte de Cataluña este miércoles dan una amable tregua al municipio de Martorell (Baix Llobregat). En la autopista, aún quedan restos de lo que hace un año era un peaje. Un coche de color amarillo con una etiqueta de 'no fear' ('sin miedo') circula por el carril central y da varios volantazos. Trata de colocarse en el carril de la derecha, desierto, pero no termina de hacerlo. Transita en medio de ambos carriles durante varios minutos. Pura pachorra en la carretera. Al adelantarle, se entiende un poco más su conducción dispersa: está pendiente del teléfono móvil. Esta es una de las varias escenas que este diario se ha encontrado tras recorrer 270 kilómetros en la AP-7. La mayoría de imprudencias tienen que ver con un matrimonio que hace años que no se aguanta: el de los turismos y los camiones que juegan al gato y el ratón.

10 kilómetros con el intermitente

"Ahora la autopista es una ratonera", sentencia Benito Lago, transportista de productos químicos que cada dos semanas cruza media Europa en una ruta que va desde Almería hasta el Piamonte italiano. Culpa de la creciente inseguridad en el asfalto a la "ignorancia" de muchos turismos. Juan Manuel Esteve, con su 'trailer' aparcado en paralelo, se baja airoso al oír la conversación. "Yo he estado 10 kilómetros con el intermitente puesto pidiendo para adelantar pero los coches no te dejan pasar, es imposible. Te hacen luces, te insultan o te pisan los frenos, es horroroso", lamenta. Lago emite sus quejas desde el párking de camiones de un área de servicio del Penedès, cuyo suelo apesta a orín. "Ahora hay muchos más camiones en la carretera pero no han puesto más servicios: ni lavabos ni aparcamientos y no tenemos donde meternos. Por eso el suelo huele a lo que huele", comenta.

Un camión, visto en el espejo retrovisor de un turismo mientras circula por una autovía. Ricard Cugat

La ley del 'ceda el peso'

En cambio, desde un monovolumen negro, Josep Basets tiene otra versión de los hechos. Es pura autoridad en la carretera, tras más de 50 años dirigiendo una autoescuela. "Barbaridades he visto muchas en mi vida, pero justo acabo de ver una que explica muy bien lo que pasa", exclama. "Hemos visto un camión en el carril del medio, sin motivo, porque el carril de la derecha estaba libre. No saben lo que se hacen, aplican la ley del 'ceda el peso': un coche no se puede pelear con una bestia así, los camiones se meten en medio y nosotros no podemos hacer nada", clama. Esta es una de tantas. Hay más. "Viene uno por detrás, nos pasa por delante y frena en seco. Si mi alumno fuera solo, se mata", lamenta. Y hace un gesto con la nariz para explicar su porqué de tantos accidentes: los excesos y los vicios.

"Es una locura, muy caótico, la gente hace lo que le da la gana y se olvida de las normas", describe Gabriela Teodora junto a su marido, Adrián Florín. Llevan encima más de 3.000 kilómetros. Son de Almería, pero acaban de celebrar su boda en Rumanía. Vuelven para casa. "Me he salido de la autovía y me estaba incorporando a la autopista y justo se me mete uno enfrente, nos hubiéramos podido matar", se queja el marido, que ha cambiado bruscamente de carril para esquivar el golpe. "El problema con los camiones es que se les ve más, tienen más responsabilidad.. pero respetan más las normas, hacen más paradas, los coches van más cansados y hacen más imprudencias". El hombre echa un cable a los camioneros. Pero no es casual, él se gana la vida con este oficio.

Dos carriles, conflicto asegurado

En cuanto uno pasa de Tarragona, la convivencia se complica. La vía se estrecha y es de solo dos carriles. Los camiones se siguen avanzando, pero esto obliga a los turismos a frenar porque no hay más carriles. Otros vehículos se quedan pasmados en los carriles centrales a pesar de ir bastante por debajo de la velocidad máxima y estar totalmente vacío el carril de la derecha. "Hay que vigilar mucho a los camiones. Piensan que tienen derecho a adelantar y les da igual lo que venga por delante. No cuesta nada reducir y esperar un poco", replica Dani Callol, otro conductor que alquila neveras y traza, a diario, la ruta La Bisbal de l'Empordà- Tarragona. "El problema es que los coches no entienden la dinámica de los camiones. Nosotros tenemos el límite de velocidad a 90 kilómetros por hora, pero hay otros que van a 80. Vamos con el tiempo calculado y si no podemos avanzar llegamos tarde a las entregas", explica Codina, que implora más educación al volante.

El día a día de Codina muestra hasta que punto el egoísmo y el individualismo ha conquistado la carretera. "Antes dejaba espacio para que los coches se pudieran incorporar a la autopista. Pero muchos se ponían a acelerar para adelantarme y yo me quedaba en medio... ¡Me dejaban colgado! Y piensas... a ver, no cuesta nada esperar, un poco de educación. Al final, ¿sabes qué hago ahora? Paso yo, y ellos que se aguanten... ¡a tomar viento fresco!".

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