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Tribuna

El sistema educativo y la obesidad infantil

 

ANTONIO Simarro Rius
04/02/2018

Ocurre cada cierto tiempo. Cuando aparecen estudios sobre la incidencia del ejercicio en la salud. También cuando se acercan los juegos olímpicos. Incluso cuando se habla de los Presupuestos Generales del Estado, sobre todo cuando las Administraciones Públicas han de hacer frente al pago de pensiones y por ende al enorme gasto que supone la factura médico-farmacéutica… Cada cierto tiempo, caemos en la cuenta del deterioro físico y de salud en determinadas franjas de edad. En estas últimas semanas los medios de comunicación vuelven a hacerse eco de la obesidad en la infancia. Parece que 2 de cada 10 niños y niñas son obesos y 2 más presentan problemas de sobrepeso. Se hace necesario un análisis detallado para entender la verdadera dimensión de este fenómeno.

Hay dos factores esenciales que propician la obesidad. El primero es la falta de control en la ingesta de alimento (obesidad reguladora). Está controlada básicamente por la acción del hipotálamo, pero también por causas de origen psicológico o social. El segundo es el que produce la que conocemos como obesidad metabólica con un elevado índice de masa corporal IMC y que afectaría (según la OMS) a la hipertensión arterial, hipertrigliceridemia… También la presencia de diabetes del tipo 2, intolerancia a la glucosa o resistencia a la insulina.

Siempre se ha dicho que, el hecho de que una persona engorde, se debe básicamente al balance calórico de ingesta de alimentos, en relación al gasto que supone la carga diaria del gasto energético basal más el efecto térmico de los alimentos más la actividad física. En este sentido, por ejemplo, para sobrevivir y moverse una persona adulta necesita unas 2.200 kcal diarias. Si ingresa 2.500 kcal en una jornada, el resultado es que 300 kcal diarias se van a guardar en su organismo en forma de grasa. Siendo cierta esta afirmación, convendría aclarar que el factor genético, el estilo de vida, el medio ambiente, el sistema sanitario e incluso el modelo de enseñanza de un país pueden tener influencia en el desarrollo de la obesidad. Probablemente el más determinante sea el estilo de vida que cada persona adopte y por ello, la relación entre la actividad física y la alimentación.

Es una evidencia científica que la actividad física mejora la calidad de vida no solo desde el punto de vista socioafectivo, sino también metabólico, (mejora el colesterol bueno, disminuye la tensión arterial…). Colabora en la prevención de determinados tipos de cáncer. Incluso actúa positivamente en estados la depresión y de demencia senil. Por lo tanto, llegado a este punto, podríamos asociar o asimilar el ejercicio a una medicina de carácter preventivo (probablemente la mejor). De esta forma hablaremos a partir de este momento de dosis de ejercicio. Para edades comprendidas entre los 5 y 17 años (las que engloban, de forma aproximada, el sistema educativo obligatorio español) la OMS recomienda una dosis de ejercicio de 60 minutos diarios de ejercicio moderado o vigoroso. Incluso apostilla que más de 60 minutos puede considerarse como una carga óptima de trabajo. Si además dentro de esta carga de entrenamiento tres sesiones se dedican al desarrollo de la fuerza, el tratamiento es ideal. La dosis de ejercicio va, como es lógico, en función de las franjas de edades, pero para el argumentario de este artículo, nos quedaremos en la edad escolar.

De manera que ya tenemos clara la cantidad, orientación y frecuencia de ejercicio en la infancia y adolescencia si queremos evitar las tasas de obesidad que tenemos en la actualidad y que, por desgracia, aumentan cada día.

Se ha visto, por otra parte, que determinadas Comunidades Autónomas (como la andaluza) empiezan a tomar cartas en el asunto. Anuncian que prohibirán determinados alimentos hipercalóricos en centros escolares, y entre otras medidas, anuncian un aumento de la actividad física en los colegios. ¡Vaya! Buena noticia, si con estas medidas se acercan a los estándares que recomienda la OMS o incluso Unión Europea. También aquí, en la Comunitat Valenciana, está esbozándose el nuevo currículum de enseñanza en el sistema obligatorio y postobligatorio. Básicamente nos vamos a quedar igual, seguiremos con las dos horas de Educación Física por semana desde 1º de la ESO hasta 1º de bachillerato. Triste resultado si tenemos en cuenta la importancia del movimiento físico en estas edades. Hace tres cursos, en 2º de bachillerato existía la posibilidad de escoger la optativa de EF (cuatro horas semanales). Era una disciplina más, y por lo tanto, evaluable. El proyecto de la Conselleria consisteen convertirla en materia voluntaria, con lo que se debería hacer además de toda la carga docente de 2º, siendo, eso sí, evaluable. Quedará reducida de 4 a 2 horas semanales. Queda demostrado que cada vez nos alejamos más de las recomendaciones de carácter internacional que pretenden incidir en la salud de nuestros ciudadanos más jóvenes.

Puede que la asignatura de EF no necesite más carga lectiva. Pero lo que también resulta evidente es que los 45 minutos reales de clase dos veces a la semana poco o nada contribuyen a atajar el problema de la obesidad.

Probablemente coincidamos mayoritariamente en que no se debería incrementar la carga lectiva de nuestros escolares. Entonces, ¿donde está la solución?

Aceptamos que la asignatura de EF puede estar bien conceptuada solo si se crease una nueva cuyo nombre explicaría la filosofía y contenido de la misma. Se llamaría Condición Física y Salud. Serían 3 horas semanales (alternadas con la EF). El contenido de la misma abarcaría fundamentalmente aspectos relacionados con la mejora de las cualidades físicas básicas, educación sobre hábitos de alimentación y nutrición y, finalmente, nociones básicas de primeros auxilios. Con un marcado acento en el trabajo físico y, por consiguiente del gasto calórico, esta nueva asignatura paliaría con creces el tremendo problema de salud a que se enfrena la sociedad “moderna”. Debería ser impartida, como es lógico, por profesores titulares en los estudios de EF en sus diferentes especialidades.

Una persona joven sana, garantiza una persona adulta con buenos hábitos, y este estilo de vida, certifica una tercera edad con menos “dosis” de medicinas que tanto sangran el sistema sanitario español”.

La pregunta clave es: ¿quien podría sostener el gasto económico que supondría la aparición de esta nueva asignatura? Con una financiación autonómica justa por parte del Estado, no habría ningún problema (la valenciana es con diferencia una de las peor financiadas del país). Con el ahorro en medicinas, probablemente se sustentaría este nuevo servicio de salud. Incluso contando con la ayuda de diferentes administraciones, el gasto podría repartirse (pero este es un problema que tendrían que solucionar nuestros políticos).

*Catedrático en Educación Física. Miembro del grupo de trabajo de Fòrum de l’Esport

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