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Francesc Colomer

El ángel lector

La de mi padre es una historia corriente. Esa normalidad que solo alcanzan los limpios de corazón

Hace más de 20 años que suscribo esta tribuna de opinión. Un espacio que generosamente me ofreció este periódico para compartir ideas. Hoy acabo. He sido en todo momento muy consciente de una certeza. Iba a tener siempre un lector fijo, predeterminado, incondicional. Un lector fiel que no solo iba a leer y releer estos renglones, sino que los iba a recortar, ordenar y encuadernar con exquisito y artesanal celo. Centenares de artículos que, junto a otras incontables publicaciones de noticias personales, han sido el objeto de su particular fervor coleccionista.

A decir verdad, creo que en los últimos años esa fue mi principal motivación para mantener esta rutina de los lunes. Agradarle. Que ese ángel lector continuara su incombustible labor. Me reconfortaba saber que le causaba una suerte de entretenimiento extra que él asumía con orgullo indisimulado. Un pasatiempo solo comprensible desde el amor puro. Hoy hubiese cumplido 93 años. Clemente Colomer Blanchar. Descansa en paz desde hace una semana.

Hablar de un padre pudiera ser fácil pero resulta extraordinariamente complicado al mismo tiempo. Siempre me he prodigado en la admiración pública que le he profesado. Sé por lo tanto que no llego tarde ni forzado para recordar nada. Recordar es lo que nos queda a los huérfanos. Ya no soy un niño y ni siquiera un joven. Estoy en otro momento de la vida pero sé que la orfandad no caduca. Siento que es un estado mental que se instala y aprieta a perpetuidad. Algo que extorsiona desoyendo piedad alguna.

Le recuerdo amándonos. Tan solo eso. Tanto como eso. En cada paso, aliento, decisión, reto, problema y solución. Le recuerdo disfrutando y sufriendo. Esforzándose por comprender y descifrar todo cuanto la vida le reservaba. Ya saben que, a veces, la vida adopta forma de emboscada y caballo de Troya. No tuvo un camino empedrado de rosas aunque él se dedicara constantemente a sembrarlas para los demás. Nunca he conocido una persona tan íntegra, honesta y radicalmente buena. En serio. Sus virtudes eran corrientes pero las ejerció con tanta naturalidad y constancia que, sencillamente, logró identificarse y trascender con ellas. Solía tener una mirada curiosa de la gente. Su tendencia era sobrevalorarlo todo. Creo que no era consciente. Le brotaba así. Nos hacía mejores de lo que realmente éramos y somos. Tenía ese don. Bendito don. Así fluyó su vida. Entregándose. Así actuó en el mundo de las asociaciones cívicas que frecuentó. En el fútbol local, padres de alumnos, en la política, relaciones sociales y, sobre todo, en el negocio familiar. Un talante como el suyo parecía forjado para atender y dignificar al público. Tras el mostrador dando su mejor versión.

Aunque su verdadera razón de ser fue su familia. Sin duda, la gran causa y la bandera de su vida. Su auténtica patria. Su inseparable esposa María Teresa, hijos y nietos. La de mi padre es una historia corriente, normal. Esa normalidad que solo alcanzan los limpios de corazón. Puede sonar a bienaventuranza en el lago Tiberíades, pero si ese relato galileo es cierto, verá a Dios. Dicen que las amistades se escogen y la familia viene impuesta. Agradezco a la vida el regalo que me fue concedido, mis padres. He tenido mucha estrella. Te sentiremos muy cerca en cada momento bello que nos depare la vida, papá. Finalmente, despedirme de este espacio por si hubiere alguien más pendiente. Sin la fuente de inspiración, acaba la función. Muchas gracias.

*Hijo de Clemente. Doctor en Filosofía

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